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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Despedida

sábado, abril 1
Hace algún tiempo que he venido buscando la ocasión de despedirme. No sabía cómo hacerlo, así que me demoraba a propósito, evadiendo una sentada frente a la computadora que se me había convertido en una especie de responsabilidad no muy agradable. Supongo que ésa es la mejor descripción de mi experiencia con los blogs: la poca alegría que he podido sentir frente a ciertas notas, pocas, que finalmente me parecieron decentes tanto en el aspecto del contenido como en el aspecto visual, vino acompañada por una ansiedad leve y un poco triste (para mí, la típica sensación de publicar cualquier cosa) que pasado el tiempo convirtió esta alegría en un desgastante cóctel masoquista. Sin embargo, creo que formular la pregunta obvia - ¿por qué tienes un blog si en realidad te es difícil postear? - en este post de clausura resulta un poco tonto y hasta contradictorio.

Este blog tuvo dos etapas. Cerré una vez y ahora lo hago de nuevo. A lo largo de un año, he venido posteando notas sobre algunos libros y películas que me gustaron. A partir de una escena central, de un pequeño detalle sin importancia, de un personaje peculiar o de cualquier otra excusa que despertara mi interés, traté de elaborar textos breves que, con suerte, llegaron a transmitir mi emoción y mi entusiasmo frente al libro o la película que los motivó. En algunos casos, escribí varias notas sobre un mismo asunto, primero porque así salieron las cosas, y segundo porque cuando analicé mi propia conducta bloguera, lo que más me gustó fue esa tendencia a insertar hilos conductores, guiños recurrentes que crean la sensación de un trasfondo que lo sustenta todo: la personalidad de Antoine Doinel. Entonces, emocionado, me impuse metas, quise publicar una nota cada dos semanas, luego cada semana, luego cada día, y ¿qué pasa si abro un nuevo blog solo para Bergman, y otro dedicado al tema del padre visto en distintos textos?, y nada de esto ocurrió. Está bien así, porque todas estas ideas - que yo reconocía como ilusorias al instante de haberlas tenido - me pusieron en movimiento, me alegraron el día.

Ahora que el cuaderno de Antoine Doinel llega a la última hoja, se me ocurren frases famosas, despedidas célebres y en realidad bastante idiotas: "¿Por qué solo se tarda un minuto en decir hola, y toda una vida en decir adiós?" "Solo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor". "Cada vez que me despido de ti me muero por dentro. Y cada vez que me reencuentro contigo, siento que estoy en el cielo". Y tonterías por el estilo, que por alguna razón soportan con entereza la prueba del tiempo. No voy a decir, como Fanny Ardant en "La femme d'à côté", que la cursilería es lo auténtico, pero soy consciente de que si no pudiera burlarme de mí mismo - y permitirse el melodrama de vez en cuando, como Truffaut, es un despliegue de ironía - en una ocasión como esta, yo no estaría enteramente cuerdo. Así que adiós, amigos míos, nunca más los volveré a ver, y buenas noches, amado blog: avísame si pasas por esta ciudad.

Luis Hernán Castañeda