<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/plusone.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID\x3d10113008\x26blogName\x3dEl+diario+de+Antoine+Doinel\x26publishMode\x3dPUBLISH_MODE_BLOGSPOT\x26navbarType\x3dBLUE\x26layoutType\x3dCLASSIC\x26searchRoot\x3dhttp://luishernancastaneda.blogspot.com/search\x26blogLocale\x3des_ES\x26v\x3d2\x26homepageUrl\x3dhttp://luishernancastaneda.blogspot.com/\x26vt\x3d5526237926896174234', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Palabras desde la sombra

viernes, marzo 17
El escritor Johann Page, autor del libro de cuentos "Los puertos extremos", me ha enviado el siguiente texto sobre Juan Carlos Onetti y el compromiso del escritor.

Tres años faltan para celebrar el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti, uno de los escritores latinoamericanos más secretamente admirados. Ello, a pesar de que la sombra de los caballeros del Boom opacara en buena medida la recepción de textos exigentes como "El Pozo" o "Juntacadáveres". Sin embargo, estas últimas décadas no solo ha sido creciente la cantidad de lectores que recurren al evanescente maestro uruguayo sino que también ha aumentado considerablemente la bibliografía especializada sobre sus novelas y cuentos. Mucho queda por aprender entonces.

Llama la atención especialmente su carácter evasivo y decididamente mordaz –muchas entrevistas lo confirman-, así como su espanto hacia la llamada “literatura comprometida”. Y en estas épocas, en que los grandes compromisos, los demonios exigentes y los golpes de pecho afligen a escritores y críticos que buscan en los textos espejos de la realidad para lograr ver su propia pequeñez (el caso patético de la denuncia de supuestas “mafias” y la mezquindad peruana hacia La hora azul es solo una muestra de mayores resentimientos) las palabras de este escritor “malvado, terriblemente malvado e inhumano” –como fue calificado por alguien que padeció una entrevista a su lado- son más vigentes aún:

“Creo que no hay más compromiso que el que uno acepta tácitamente cuando se pone a trabajar o jugar. Es un compromiso con uno mismo. Se trata siempre de escribir lo mejor que nos sea posible; con total sinceridad. En todo lo que escribí he participado. Sólo los malos escritores creen que tal compromiso debe ser expresamente político.”

Lamentable es, pues, que existan casos como el denunciado por Coral. ¿Por qué un peruano debe ser el peor enemigo de otro peruano? ¿Por qué no mirar hacia dentro, explorar la intimidad hasta descubrir las razones de tanta miseria y envidia? Quizás se encuentren peores condiciones, pero al menos seremos coherentes. Como diría Onetti:

"Hay sólo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos."

El problema es que algunos piensan menos que un arbusto. Y otros tienen el espíritu enano. Con el perdón de los enanos.

Johann Page

Tommaso Mulé, un economista delirante

miércoles, marzo 15
Cuando era chico aprendí una máxima sobre el arte de contar historias que, como tantos otros lugares comunes de la “cocina literaria”, aparece aquí y allá cada cierto tiempo y con variada suerte: algunos escritores la aceptan, la incorporan a su baúl de creencias literarias y le rinden pleitesía; otros la rechazan, la incorporan a su baúl de sentencias prescindibles y sonríen un poco cada vez que los primeros la mencionan con respeto. Me refiero a la irritante “economía del lenguaje”, famoso mandamiento para la escritura de cuentos que trae a la mente otros conceptos preocupantes como la “brevedad”, la “condensación”, la “depuración”, y no menciono otros más en nombre de esa misma “economía” de la cual soy, aunque forzado, súbdito. El prestigio de tales ideas puede medirse por el número y la calidad de los grandes escritores latinoamericanos que las han recogido: en su Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga afirma que “un cuento es una novela sin ripios”; en su propio y no menos difundido recetario de consejos, Julio Ramón Ribeyro recomienda que “en el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada”, porque “cada palabra es absolutamente imprescindible”. El mismo Cortázar condensó estas reflexiones en su célebre imagen del “knock-out”. Incluso Borges, escribiendo sobre La invención de Morel, sugirió que la novela era “un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada”. Y por último, Ricardo Piglia los cifró a todos ellos en su tesis sobre las dos historias simultáneas que siempre relata cada cuento.

(seguir leyendo en los noveles.net)

Moleskine, una vez más

Morel II: en una jaula de hierro

El narrador de "La invención de Morel" casi nunca habla de su pasado. El tono objetivo y desapasionado del informe que está escribiendo, necesario para fijar con mediana nitidez su experiencia de una realidad cambiante que pone en crisis los sentidos, parece excluir – en teoría, pues el amor por Faustine niega este modelo rígido - la exposición de la subjetividad. Juzgando a partir de la escasa información disponible, sabemos que se trata de un perseguido, y que tiene graves problemas para aceptar los ritmos turbulentos de la modernidad. Su sorpresa horrorizada ante la aparición y desaparición de las figuras humanas, y su deseo de congelar el tiempo en un orden de repeticiones infinitas que excluya cualquier forma de ruptura, son pruebas de una incapacidad para confiar en la evidencia empírica cuando "todo lo sólido se desvanece en el aire", en palabras de Marx que dan título al libro de Marshall Berman.

Uno de los géneros reformulados por la novela es el relato policial. La fragilidad de la información empírica se convierte en enigma, y la tarea del narrador-detective es construir una explicación que restaure el cosmos en una isla tomada por el caos. Sin embargo, pronto queda muy claro que nos encontramos frente a un "mal detective", uno de esos seres "demasiado gordos, o demasiado flacos", que por alguna razón se despegan del modelo dupinesco y contribuyen, con su torpeza cómica, al desorden, lejos de ayudar a salir de él. En "La invención de Morel", la falla del detective es estar enamorado de Faustine. Sus graciosos desbordes de pasión burguesa, recatada y platónica, pueden resultar algo antipáticos o disforzados, pero son salvados por el humor. Finalmente, parece que llega a resolver el enigma, aunque no gracias a un esfuerzo de deducción sino por causa del azar. Presencia la escena en la que Morel lee para sus invitados aquellos papeles amarillos que lo explican todo (o que parecen explicarlo todo), pero lejos de asimilar los significados ocultos de la información que ha registrado, decide imitar el extravío Morel y seguirlo a un mundo de sombras donde asume que podrá descansar de la modernidad. Pero es en la docilidad de esta entrega a sus propios fantasmas donde reside su mayor ineptitud.

"A partir de este punto, se abrieron dos caminos. Uno fue la búsqueda de una vanguardia que estuviera totalmente "fuera" de la sociedad moderna: el substrato de los marginales y desclasados, los explotados y perseguidos de otras razas y otros colores, los parados y los inservibles. Estos grupos, ya estuviesen en los guetos o las cárceles de Norteamérica o en el Tercer Mundo, podrían calificarse como vanguardia revolucionaria puesto que supuestamente no habían sido alcanzados por el beso de la muerte de la modernidad. Desde luego tal búsqueda está condenada a la futilidad; no hay nadie que esté o pueda estar fuera del mundo contemporáneo". Todo lo sólido se desvanece en el aire.

La comprobación de que la modernidad es ubicua y de que es imposible escapar de ella, es la parte importante del enigma que el narrador nunca llega a resolver. Creyendo escapar de la justicia que le pisa los talones, de las policías, de los documentos, del periodismo, de la radiotelefonía y de las aduanas, se precipita directamente en lo profundo de sus temores, que están claramente encarnados en el terror a "la jaula de hierro". Esta metáfora de una modernidad oscura, que convierte a los seres humanos en marionetas desprovistas de agencia y sometidas a los designios de la tecnología, de la sociedad, del trabajo o de cualquier orden superior inescrutable, da la clave para entender las pesadillas del narrador, porque está en el corazón de su ideología y orienta su deseo de abandonar la ciudad para refugiarse en un espacio supuestamente incontaminado. Podríamos destacar su ingenuidad, pues, como afirma Berman, las islas Ellice también han sido tocadas por el beso de la muerte; en términos afines a Foucault, el "discurso del poder" penetra en todos los ámbitos de la realidad y obtiene sus mayores éxitos al fingir, demoníacamente, una seductora inexistencia. Pero antes de criticar la ceguera del narrador, tendríamos que retroceder algunos pasos para considerar esa otra forma de ceguera, más profunda y cuestionable, que genera metáforas cerradas para explicar la modernidad, como la del panóptico de Bentham.

La modernidad que quiere rescatar Berman, la de Marx, Nietzsche y otros grandes modernistas del siglo XIX, mantiene una gran confianza en los poderes del individuo para comprender la realidad que lo rodea, para actuar en función de su conocimiento y para producir cambios significativos en ese mismo "orden inescrutable" que pensadores como Foucault y otros del siglo pasado consideran impermeable a la acción libre del ser humano. Dentro de esta concepción, la misma idea de "acción libre" pierde sentido y el sujeto se torna unidimensional, prácticamente una "máquina de carne" o un prisionero que no comprende ni actúa. Digamos por ejemplo, para citar nuevamente a Borges, que el narrador de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" es un prisionero de la incomunicación, pues si bien posee un conocimiento subversivo acerca del régimen totalitario que pretende tomar el mundo, su lectura de esta crisis es incomunicable y por tanto inservible. Pero el problema no es pragmático: lo que importa no es la utilidad o inutilidad del conocimiento sino la naturaleza del objeto que define. La modernidad – nos dice Berman – no tiene que ser necesariamente una cárcel para el sujeto, pero lo será, sin duda alguna, si así este decide definirla. Tratando de evadirse de la "jaula de hierro" creada por la metáfora del fugitivo, el narrador de "La invención de Morel" se condena a sí mismo a una "jaula mental" – al igual que Morel, otro devoto de Foucault. La modernidad está en todas partes, pero su rostro está configurado por la mirada del observador.

Una confidencia inoportuna: hace algunos años, yo mismo me dediqué a leer, quizá con demasiado fervor, los libros de Foucault. Esas lecturas dejaron ciertas huellas en mi concepción del sujeto, huellas que fueron oportunamente denunciadas por algunos amigos entrometidos e inteligentes. Los rastros pueden verse en algunas cosas que he escrito; leer a Berman, y a otros como él, ha sido una especie de feliz liberación.