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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Morel: una máquina para evitar el futuro

El argumento de "La invención de Morel" (1940), novela de Adolfo Bioy Casares que Borges calificó de perfecta, no sufre ninguna parte injustificada: un fugitivo político abandona la ciudad de Caracas huyendo de una borrosa pero implacable maquinaria de persecución estatal, alcanza a duras penas las orillas de una de las islas Ellice, colonia inglesa ubicada al norte de Australia que proclamó su independencia en 1978, y, cuando mira a su alrededor, descubre que el supuesto espacio virginal al que acaba de llegar se parece, minuciosa y perversamente, a Caracas. La invención de Morel, ese oscuro hombre de genio que controla a sus prisioneros con sigilo de fotógrafo invisible, es la invención de una terrible y ubicua modernidad, enfocada por la lente de aumento de la ciencia ficción, de la que no se puede escapar. Tras la fachada del amor de Faustine, señuelo que captura fácilmente al narrador, se esconde el eterno retorno de un panóptico paradisíaco, veraniego, vacacional.

No es curioso comprobar que, a pesar de las grandes distancias que separan a un pueblo mexicano de una isla perdida en el Pacífico, hay una semejanza íntima entre Comala, el pueblo de "Pedro Páramo", y el escenario de "La invención de Morel". Ambos son espacios poblados por fantasmas que testimonian las secuelas de una modernización traumática. En Comala, los espectros que permanecen anclados en un limbo atemporal superpuesto a la realidad están ahí para declarar una ausencia, necesaria para generar el crecimiento urbano, y para dar cuenta de la violencia generada por la revolución, otro factor del despoblamiento rural. De forma similar, en el museo, la capilla y la pileta de natación que son las únicas construcciones de la isla de Morel, sobrevive una antigua y casi erradicada casta, que se niega a ver morir a la añorada ciudad barroca y se conforma con reflejarla en un microcosmos protegido del vértigo transformador, microcosmos en el que, secretamente, se instalan mecanismos de dominación moderna. En última instancia, el impulso conservador no es el único que mueve los hilos, pues la isla escenifica una modernidad exacerbada donde la condena pensada para los outsiders termina recayendo sobre la misma cabeza de Morel, el pequeño dictador local.

Morel es el líder de este grupo de amigos franceses cuyas vidas quedarán grabadas en un presente perpetuo de siete días de duración rebobinable. Es el autor de un sistema de control que pretende ser eterno, y también el alcaide que se pasea, hipócritamente, entre prisioneros ciegos, para mantener un orden fundamentado en la ignorancia colectiva. En la sociedad miniaturizada que él mismo ha propiciado cual experimento de laboratorio, Morel basa su superioridad en el manejo de un conocimiento exclusivo: es el único consciente de estar siendo grabado. Sabe que sus actos permanecerán indefinidamente, y tal vez sospecha que serán los últimos de su existencia natural, pero está dispuesto a arriesgar la conciencia (ya que es imposible saber si esta sobrevivirá) por las apariencias y cortesías de un amor no correspondido. De esta manera, Faustine es la fuerza motriz del sistema pero también su esquina frágil, el anzuelo que arrastra al mismo Morel hacia las fauces de una trampa. Buscando crear una utopía amorosa, el émulo del doctor Moreau termina atrapado en su propio laberinto.

De hecho, la relación de Morel con la modernidad es paradójica. Si bien parece que su invención fuera una máquina para evitar el futuro, estamos hablando de un científico que emplea medios tecnológicos para sustentar una utopía pasadista. Hay, pues, un movimiento pendular entre el rechazo y la bienvenida, un esfuerzo contradictorio por preservar una réplica a escala del pasado, utilizando virtuosamente unas herramientas cuya misma existencia niega ese pasado. ¿Se puede rechazar visceralmente el proyecto moderno y, a la vez, contribuir con un invento admirable al desarrollo de la ciencia? Insider y outsider en un mismo pellejo, Morel hace convivir una práctica y una ética irreconciliables, y termina convertido en víctima de sus propias contradicciones. Su valioso aporte científico allanará el terreno para un efecto "bola de nieve" que atraerá nuevos y peligrosos avances, fatales para el afán de permanencia: quizá la máquina capaz de reunir las presencias disgregadas que solicita el narrador al final de la novela.

Finalmente, tanto Morel como el narrador terminan siendo gemelos en la esclavitud, como lo fueron en la creación. El poder de la invención – llámese máquina creada o informe escrito – es más grande que ellos, y los incluye en sus calabozos, borrando la superioridad que soñaban construir.

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