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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Morel: una máquina para evitar el futuro

viernes, febrero 3
El argumento de "La invención de Morel" (1940), novela de Adolfo Bioy Casares que Borges calificó de perfecta, no sufre ninguna parte injustificada: un fugitivo político abandona la ciudad de Caracas huyendo de una borrosa pero implacable maquinaria de persecución estatal, alcanza a duras penas las orillas de una de las islas Ellice, colonia inglesa ubicada al norte de Australia que proclamó su independencia en 1978, y, cuando mira a su alrededor, descubre que el supuesto espacio virginal al que acaba de llegar se parece, minuciosa y perversamente, a Caracas. La invención de Morel, ese oscuro hombre de genio que controla a sus prisioneros con sigilo de fotógrafo invisible, es la invención de una terrible y ubicua modernidad, enfocada por la lente de aumento de la ciencia ficción, de la que no se puede escapar. Tras la fachada del amor de Faustine, señuelo que captura fácilmente al narrador, se esconde el eterno retorno de un panóptico paradisíaco, veraniego, vacacional.

No es curioso comprobar que, a pesar de las grandes distancias que separan a un pueblo mexicano de una isla perdida en el Pacífico, hay una semejanza íntima entre Comala, el pueblo de "Pedro Páramo", y el escenario de "La invención de Morel". Ambos son espacios poblados por fantasmas que testimonian las secuelas de una modernización traumática. En Comala, los espectros que permanecen anclados en un limbo atemporal superpuesto a la realidad están ahí para declarar una ausencia, necesaria para generar el crecimiento urbano, y para dar cuenta de la violencia generada por la revolución, otro factor del despoblamiento rural. De forma similar, en el museo, la capilla y la pileta de natación que son las únicas construcciones de la isla de Morel, sobrevive una antigua y casi erradicada casta, que se niega a ver morir a la añorada ciudad barroca y se conforma con reflejarla en un microcosmos protegido del vértigo transformador, microcosmos en el que, secretamente, se instalan mecanismos de dominación moderna. En última instancia, el impulso conservador no es el único que mueve los hilos, pues la isla escenifica una modernidad exacerbada donde la condena pensada para los outsiders termina recayendo sobre la misma cabeza de Morel, el pequeño dictador local.

Morel es el líder de este grupo de amigos franceses cuyas vidas quedarán grabadas en un presente perpetuo de siete días de duración rebobinable. Es el autor de un sistema de control que pretende ser eterno, y también el alcaide que se pasea, hipócritamente, entre prisioneros ciegos, para mantener un orden fundamentado en la ignorancia colectiva. En la sociedad miniaturizada que él mismo ha propiciado cual experimento de laboratorio, Morel basa su superioridad en el manejo de un conocimiento exclusivo: es el único consciente de estar siendo grabado. Sabe que sus actos permanecerán indefinidamente, y tal vez sospecha que serán los últimos de su existencia natural, pero está dispuesto a arriesgar la conciencia (ya que es imposible saber si esta sobrevivirá) por las apariencias y cortesías de un amor no correspondido. De esta manera, Faustine es la fuerza motriz del sistema pero también su esquina frágil, el anzuelo que arrastra al mismo Morel hacia las fauces de una trampa. Buscando crear una utopía amorosa, el émulo del doctor Moreau termina atrapado en su propio laberinto.

De hecho, la relación de Morel con la modernidad es paradójica. Si bien parece que su invención fuera una máquina para evitar el futuro, estamos hablando de un científico que emplea medios tecnológicos para sustentar una utopía pasadista. Hay, pues, un movimiento pendular entre el rechazo y la bienvenida, un esfuerzo contradictorio por preservar una réplica a escala del pasado, utilizando virtuosamente unas herramientas cuya misma existencia niega ese pasado. ¿Se puede rechazar visceralmente el proyecto moderno y, a la vez, contribuir con un invento admirable al desarrollo de la ciencia? Insider y outsider en un mismo pellejo, Morel hace convivir una práctica y una ética irreconciliables, y termina convertido en víctima de sus propias contradicciones. Su valioso aporte científico allanará el terreno para un efecto "bola de nieve" que atraerá nuevos y peligrosos avances, fatales para el afán de permanencia: quizá la máquina capaz de reunir las presencias disgregadas que solicita el narrador al final de la novela.

Finalmente, tanto Morel como el narrador terminan siendo gemelos en la esclavitud, como lo fueron en la creación. El poder de la invención – llámese máquina creada o informe escrito – es más grande que ellos, y los incluye en sus calabozos, borrando la superioridad que soñaban construir.

Bata japonesa

jueves, febrero 2
www.batajaponesa.invazores.org

Fresán: la soledad del escritor

miércoles, febrero 1
Gracias a un link del blog de Iván Thays, leí una entrevista muy reciente al escritor Rodrigo Fresán en la que este postula una poética personal que, si bien pretende rescatar a Borges como su antepasado más ilustre, resulta claramente antiborgeana en más de un sentido. Veamos por qué:

"D.d: ¿Cuál es tu idea del concepto de "escritor"?

R.F.: A mí me gusta divertirme escribiendo, y además no perder para nada la parte del lector. Siempre digo que a los escritores se los puede describir mediante dos grandes grupos: están los escritores que leen –que para mí son estos escritores modelos, tipo Saramago, Sábato, un poco "pontificantes"- y demasiado compenetrados, para mí, con el mundo de la no ficción, en el sentido de su relación con la realidad ... Y del otro lado, están los lectores que escriben. Yo me siento más un lector que escribe en ese sentido".

Fresán identifica la llamada "relación con la realidad" y el "ánimo pontificante", dos cosas que no tienen por qué estar unidas: para no ir muy lejos, la obra de Borges mantiene estrechas relaciones con la realidad de su tiempo, pero a nadie se le ocurriría decir que Borges pontifica. Más allá de esto, ¿qué está detrás de la borgeana afirmación de ser un "lector que escribe"? Hablando sobre su relación con Roberto Bolaño, Fresán desarrolla el punto:

"Nos repartíamos como "zonas": él leía Europa Oriental y yo leía Estados Unidos… pero éramos muy amigos, la verdad que sí. Igual que con Enrique (Vila-Matas), son escritores con los que yo me siento muy identificado, porque me parece que son lo que te digo, básicamente lectores, para los cuales las raíces de ellos no están puestas tanto sobre el terreno, sino sobre la biblioteca, ¿no? Creo que viene de (Jorge Luis) Borges, en el sentido de eso, de que la falta de tradición sea una forma de tradición, finalmente, y que pase la cosa por la biblioteca, por las lecturas. Eso del lector que escribe, es una cosa muy argentina también: está en (Ricardo) Piglia, está en (Julio) Cortázar… No es nada nuevo".

Decir que las "raíces" de la obra de Borges están puestas "más sobre la biblioteca" y "no tanto sobre el terreno" implica reproducir viejos prejuicios, como la identificación de la literatura argentina con el género fantástico, y las superadas dicotomías entre la ficción y la realidad, la biblioteca y la calle, los escritores intelectuales y los escritores vitalistas. Pero sobre todo, las afirmaciones de Fresán parten de una lectura parcial de Borges, un escritor para quien el laberinto de la biblioteca, imagen recurrente y obsesiva, tenía tanto que ver con la literatura como con los horrores de la vida social y política.

De otro lado, ¿cómo se puede hablar de "falta de tradición" en Borges, cuando la totalidad de su obra ha sido interpretada en clave paródica por escritores como el mismo Piglia, que sitúa a Borges entre la gauchesca y los manuales de filosofía? Finalmente, Borges rescata a Hernández para reformular sutilmente la oposición entre civilización y barbarie, y se burla también de esa pretensión europeísta profundamente latinoamericana de acceder a un mundo cosmopolita de sabiduría y sofisticación. Tampoco la obra de Cortázar se podría entender sin referencia a una o varias tradiciones, y prefiero no hablar de Piglia.

"Yo pienso en el escritor como un caballero de fortuna: cada uno por su lado, y que de repente tu galeón se puede cruzar con el de Vila-Matas y nos saludamos, lanzando cañonazos, pero cada cual va por la suya…

Básicamente, uno empieza a escribir porque le gusta estar solo. Uno empieza leyendo a solas, entonces quiere escribir a solas".

En conclusión, la soledad arriba descrita por Fresán, ¿es la utopía de todo escritor que desea dedicarse a la tarea que más ama, o la pesadilla de la literatura peruana actual, en la que ni escritores ni críticos tienen (o prefieren no tener) verdadera voz frente al público masivo para cumplir una de sus funciones principales, la de modelar, analizar y cuestionar los discursos que constituyen el tejido mismo de la realidad ?