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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

"Porque lo digo yo"

"Es mi opinión, respétala". "Finalmente, es mi lectura". "Así veo yo las cosas, lo siento". "El texto me dice a mí... no sé qué pienses tú". Estas frases que solemos oír una y otra vez resumen una actitud compartida por muchos lectores de textos literarios: la de pensar que todas las opiniones son igualmente válidas, porque no existe una autoridad superior capaz de distinguir las "buenas" de las "malas" lecturas. En consecuencia, todas las lecturas pasan a ser "buenas", es decir, generadoras de un sentido personal, intransferible. Significativamente, el objetivo de la lectura ya no es desentrañar ese "sentido oculto", único y verdadero, que el texto guarda en su interior, sino permitir que cada quien tome del texto aquello – sea lo que sea – que haya decidido encontrar en él. Esta creencia según la cual el texto es un espejo del propio rostro que "yo lleno de contenido" debe tener uno de sus orígenes – conjeturo, cual libérrimo lector - en una parcial(izada) interpretación de las ideas de Roland Barthes en el ensayo La muerte del autor (1977). Si el texto es un mosaico de citas, y si el espacio donde esta multiplicidad viene a congregarse es el lector y no el autor (extinto perro guardián del sentido obligatorio), parecería ser que este nuevo Súper Lector posee la atribución de reorganizar los materiales del texto según le venga en gana. Sin embargo, hay una sección del breve ensayo de Barthes que no ha alcanzado la suficiente popularidad: aquella en la que afirma que si bien el destino del texto es el lector, este destino no puede ser "personal". En otras palabras, este "lector" carece de individualidad, es simplemente un "alguien" neutro, una entidad receptora que acoge el texto – el único texto posible, léase aquí – y lo puede actualizar, pero no generar ni transformar.

Pero he escrito "el único texto posible" y esto también es ir en contra del espíritu de Barthes, presuponer la existencia de un "mensaje" y, fatalmente, la de un autor que estaría allí para cifrarlo.
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3:21 p. m.

Hay lecturas superficiales y poco serias, por supuesto; pero hay también lecturas autorizadas y contrapuestas. ¿Cómo se explican estas?
Interesante nota la tuya, aunque parece el fragmento de algo más extenso.    



11:42 a. m.

Si decimos que cada interpretación del texto es una "re-escritura" del mismo, entonces podemos presuponer la existencia de algunos requisitos para que esta se dé efectivamente: si un texto requiere verosimilitud (mas no necesariamente realismo), una intepretación requerirá consecuencia interna (mas no necesariamente una correspondencia absoluta). Entre una perspectiva de la interpretación idealista (digamos Nueva Crítica Inglesa) y una más pluralista, me quedo con la segunda (aunque reconozco que ambas tienen puntos a favor y pueden también caer en excesos). Tal vez a lo que Barthes se refería -conjeturo yo también- es a la imposibilidad de una interpretación privada pura, sabiendo que esta se da en el lenguaje, fenómeno absolutamente social.    



11:51 p. m.

Saludos, Javier. Así como Julio, mi respuesta solo puede ser - por el momento - intuitiva y personal. Creo que un lector como el que parece desprenderse de las ideas de Barthes (por lo menos las que se presentan en este ensayo corto) repite los vicios del "culto al autor" de los que Barthes quiere prescindir. Nace un lector, pero ¿de qué lector estamos hablando? ¿De uno atemporal, universal, esencial? Esta es mi respuesta por ahora. Buscaré una respuesta coherente con el pensamiento de Barthes.    



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