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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Ciudad en mi ombligo

Las típicas ciudades barrocas fundadas por los conquistadores en el Nuevo Mundo tenían un diseño en forma de damero, y crecían desde un punto central o foco de poder hacia las zonas cada vez más oscuras, desconocidas y peligrosas de la periferia. La forma de la ciudad representaba la forma de un orden social, una jerarquía que encontraba su perfecta expresión en el plano y en el acta fundacional. Estos eran espejos escritos del poder que organizaba las calles, marcando una nítida separación entre la civilización y la barbarie que transitaba por una escala decreciente de “urbanidad”.

“En Busardo el mar emana sin sutilezas un olor metálico que forma parte del paisaje desde el tiempo de la batalla o incluso antes. La arena blanca, que anteriormente se extendía desde la orilla de la playa hasta las casas del pueblo, hasta el límite mismo de la ciudad, y barría los pies de los primeros árboles del bosque de Busardo, esa arena ahora cede su terreno a la asfaltada carretera que los habitantes llaman Vía Dolorosa en homenaje a la caminata a rastras y nocturnidad que hicieron los rebeldes al mando de su héroe para sorprender al ejército de Coso Verisse” (Iván Thays, “El viaje interior”).

Creo que la característica central de la ciudad interior, de la ciudad sentimental, es evadir toda representación del poder. La forma de la ciudad no es la analogía de una jerarquía social sino una metáfora de la historia personal, especialmente literaria y romántica, del escritor-urbanista. Los hitos urbanos, que normalmente conmemoran hechos significativos para la comunidad, pasan a ser signos (heridas de guerra en campo de plumas) únicamente descifrables para el sujeto que los recibió en la piel. Así, el centro de la ciudad no está ocupado por los ojos vigilantes de un Argos (si queremos ser benévolos con los pobres virreyes), sino por las ruinas de una batalla donde se alza el mausoleo del héroe sentimental. Este monumento no recrea una historia colectiva: se limita a remitir, simbólicamente, al turbio pasado amoroso del creador de Busardo.

“Y en la cima de un pequeño monte, en medio del célebre bosque, dominando el cuadrilátero de la ciudad y el montículo de las ruinas, (está) el palacete de concreto que se mandó construir años atrás Salvador Dicent, cazador de pájaros, donde disfruta de la silenciosa soledad de su exilio”.

La única “autoridad” en Busardo no es de naturaleza política, sino estética y casi sacerdotal. Salvador Dicent, el artista por excelencia, vive volcado hacia su vida interior y observa el trajín de la ciudad con una indiferencia absoluta. Mezcla de Gran Gatsby y de Nabokov, tampoco posee una existencia autónoma fuera de su rol de maestro-guía para el aprendiz de escritor, que lo ha generado como un espejo modelador en el cual quiere y no quiere reconocerse. Finalmente, Dicent y todo el elenco de personajes secundarios está subordinado, cual emanación imaginaria, al aprendizaje artístico-amoroso del yo central, el ombligo prodigioso (“busarda” significa “estómago”) que se erige en núcleo de la ciudad imaginada, verdadero “parto de la inteligencia” en palabras de Ángel Rama.

A pesar de todo, no es tan fácil separar el trigo de la paja. Es extraño comprobar que la ciudad barroca es un modelo de resistencia insospechada que termina por infiltrarse discretamente en la ciudad interior, creando un clima de aristocracia espiritual que remeda las prácticas de exclusión de la “otra aristocracia”. Vemos que, “casi escondidas entre las rendijas que dejan las enormes casas de extranjeros, pidiendo permiso, se encuentran las viviendas de la gente del pueblo (los padres pescadores y sus hijos comerciantes que atienden los puestos de venta ambulatoria, que trabajan en los hoteles o que son mozos de restaurantes)”. A fin de cuentas, es “la plebe tan extremo plebe”.

Una intrusión parecida ocurrió, como si fuera una fatalidad, cuando pensé en el plano de San Andrés, el pueblo pretendidamente indeterminado donde se desarrolla la trama de “Hotel Europa”. Repetí casi sin darme cuenta el diseño del damero, influido seguramente por lecturas de Rulfo, García Márquez o Arguedas. La diferencia es que en San Andrés no hay un centro, o mejor dicho, el centro es móvil y la posición hegemónica puede ser usurpada temporalmente por una serie de aspirantes que compiten sin mucha lealtad ni respeto por la ley en el juego del mercado: basta decir que en la Plaza de Armas, el sitio que podría corresponder al Palacio de Gobierno está ocupado por un Prostíbulo que cambia de dueño con bastante rapidez.
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8:23 p. m.

Querido Luis Hernán: acuérdate de la Báltica en el Juanito cuando te dije que la ciudad debia tener el diseñoi tìpico de pueblo de la sierra ;). No vayas a ponerte como El Chacal, que´, según él, no conversó con nadie para mejorar Catedral, salvo Manuel Fernández.
Un abrazo.
Alexis    



8:35 p. m.

Ah, al César lo que es del César: tu descripción de lo que llamas "la ciudad interior" me parece muy sugerente y útil para revisar a los dos autènticos maestros del tópico: a Italo Calvino (Las ciudades invisibles), que inventó no una, sino decenas de ciudades, y a Lawrence Durrell, (El cuarteto de Alejandría), cuya portentosa Alejandría, con su Poeta Cavafis, es, sin duda, el modelo y aspiración de la Busardo de El viaje interior.
Alexis    



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