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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Adiós a Borges

El hecho que divide en dos la vida de Nick, el protagonista de Oracle night, es la caída de una gárgola a pocos centímetros de su cabeza mientras camina por la calle. La pesada figura de piedra se hace añicos contra la vereda y el impacto deja a Nick desorientado, pero ileso. Está vivo, pero también podría estar muerto, y ninguna de las dos posibilidades ha dependido en lo más mínimo de él. Reconocer su absoluta impotencia le permite descubrir la brutalidad del azar. Como los habitantes de Babilonia en el cuento de Borges, Nick aprende que su existencia está subordinada a una “intensificación” del azar, que parece responder a los secretos y corruptos designios de una Compañía todopoderosa. Pero a diferencia de los bibliotecarios borgeanos que agotan su existencia buscando la clave del incomprensible orden superior, Nick no es un Stephen Albert. Ahora sabe que está en el laberinto temporal de los hechos aleatorios, pero no intentará escapar del caos. Al contrario, se hundirá en él voluntariamente, aceptará la condena sin oponer resistencia y expondrá su vida como una ofrenda para los dioses.

Dentro de su programa de aceptación radical del azar, Nick viajará de Manhattan a Kansas City dejándolo todo atrás: su mujer, su trabajo, una posible amante, el mundo que ha conocido hasta entonces. Kansas City no es un destino, sino el nombre de una ciudad que aparece y acoge al personaje sin ninguna razón real. Con su ética del abandono, Nick nos recuerda a Fanshawe, el escritor protagonista de La habitación cerrada. Pero a diferencia de Fanshawe, Nick no es un detective intelectual, su búsqueda no se reviste de un halo libresco: es más un héroe desesperado al estilo de Nashe en La música del azar (por supuesto, la suprema síntesis de ambos modelos se da en Peter Stillman de Ciudad de Cristal). En Kansas City, Nick conoce a un taxista llamado Ed Victory que lo invitará a conocer la “Oficina de preservación histórica”, una extraña institución subterránea (en los dos sentidos de la palabra, pues la oficina está escondida bajo tierra, en un viejo refugio antinuclear) que él preside. Nick se hace empleado de la Oficina, un inmenso sótano atiborrado de miles de guías telefónicas de casi todas las ciudades del mundo. La colección empieza en 1927 con una guía de Baltimore. Ed Victory explica que fundó la Oficina después de la Segunda Guerra, como una manera de mantener vivo el recuerdo de los muertos. De hecho, reflexiona Nick, la mayor parte de las personas listadas en las antiguas guías son fantasmas de la guerra. Pero esta intuición sobre el significado de la Oficina no llega a desarrollarse. No se establece un vínculo claro entre la experiencia individual del azar y el horror de la guerra. Nada de esto sucede porque la historia de Nick queda trunca. Días después del descubrimiento de la Oficina, Victory sufre un ataque cardiaco y es llevado al hospital. Nick permanece solo en el sótano, en el cubículo personal que le sirve de dormitorio. Entonces el azar interviene de nuevo y Nick olvida las llaves de la puerta. Ahora está encerrado bajo tierra, y de pronto la luz del único foco se apaga.

Esta es la trama inconclusa de la novela que Sidney Orr está escribiendo. Oracle night es el título de la novela dentro de la novela, que también se llama Oracle night. En otro post he aludido al mecanismo de cajas chinas que organiza los distintos niveles de la narración. Ahora quisiera concentrarme en la última imagen de Nick esperando en la oscuridad. En este punto, Sidney se ve obligado a dejar de escribir porque no encuentra una manera satisfactoria, verosímil y rica en signficados de rescatar a su personaje de esta cárcel subterránea. Victory no puede ayudarlo, pues – nos enteramos con tristeza – ha muerto en el hospital. La esposa de Nick, que ha venido desde Nueva York para buscarlo, todavía está muy lejos. Una posibilidad es que Rosa Leightman, la mujer de la que Nick está enamorado, llegue al sótano y lo salve de algún modo. Pero todas estas soluciones son demasiado fáciles para Sidney, que se ve obligado a abandonar la novela en este punto muerto. Nick tendrá que esperar eternamente en el cuarto oscuro, que se convierte en una vívida metáfora del bloqueo del escritor, de la imposibilidad de sentirse satisfecho con los méritos del propio trabajo, pero también de la frustración del individuo frente al todopoder del azar.

También esta imagen tiene un antecedente. Así como la idea inicial de la historia – un hombre que decide enfrentarse al azar – tiene su origen en una cita de Hammett, y así como Fantasmas – la segunda novela de la Trilogía de Nueva York – parte de Wakefield de Hawthorne, la imagen del hombre encerrado en una cámara oscura nace en Poe pero también en una novela sobre la que Auster escribió un artículo en su juventud, Hambre de Knut Hamsun. Prefiero no referirme a la vinculación de Hamsun con el nazismo (hay un interesante artículo al respecto en el New Yorker de enero), quiero detenerme en algunos párrafos de Auster sobre un pasaje de esta novela que se asemeja mucho a la triste situación de Nick en la “Oficina de preservación histórica”:

“(El personaje) espía en la oscuridad que el hambre ha creado para él y encuentra un vacío de lenguaje. La realidad se ha convertido en una confusión de nombres sin objeto y objetos sin nombre. La conexión entre su identidad y el mundo se ha roto (...) Quizá éste sea el episodio más triste del libro, pero es sólo uno de los numerosos ejemplos de la enfermedad lingüística del héroe”. Auster, Paul. El arte del hambre.

La situación descrita – dos hombres en una sala sin luz – es exactamente la misma, pero en Oracle night falta la reflexión sobre el lenguaje que Auster destaca como lo central en este episodio de Hamsun. Permanece, entonces, la idea del laberinto, pero no de un laberinto de palabras como La biblioteca de Babel. El significado de la presencia de esos miles de nombres de las guías telefónicas no ha sido explotado adecuadamente, y así la riqueza del símbolo del laberinto tiende a perderse, a diferencia de lo que ocurre en el laberinto de Daniel Quinn. Decía más arriba que Nick no es un Peter Stillman, y ahora añadiré que Oracle night no es Ciudad de cristal. Estas carencias no la convierten en una novela menor dentro de la producción austeriana, pero sí en una novela menos borgeana – y a decir verdad, ambas cosas parecen ser la misma en el caso de un escritor como Paul Auster, cuya obra siempre ha tenido a Borges como uno de sus referentes más enriquecedores.
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6:01 p. m.

me ha interesado un montón leer la novela.
quedams un día y la fotocopio (con unas chelas).

chino chang    



3:15 p. m.

Hola, Luis Hernán. Interesante el suave análisis de la novela de Paul Auster y la sugerida reflexión que haces a propósito de ella. Sólo una observación, no hubieras contado el argumento de la novela inmersa o detalles de qué sucede. Por fortuna ya había leído la novela; pero conozco gente que si les recomiendo tu post, me matan.
Eberth    



11:54 p. m.

Saludos, Eberth. Lo mismo digo yo cuando me cuentan los finales de las novelas. Primero reniego, pero luego - cuando las leo y las termino - me doy cuenta de que cada final contado es un final reinterpretado, por más objetiva que sea la narración del aguafiestas. Así, escuchar varios finales es enriquecer la experiencia de lectura. Pero comprendo que igual algunas personas quieran matarme.    



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