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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Hotel Europa

Estas son las memorias del Movimiento Romántico por la Salvación de San Andrés.

No diré mi nombre. Es irrelevante.

Soy una especie de redactor oficial, un escribidor autorizado por los altos mandos para transmitir nuestra versión de los hechos, la única que podrá sobrevivir.

Dios me ha encargado la honrosa tarea de escribir la historia de nuestra organización.

La reciente asignación me llena de orgullo, aunque claro, no me sorprende que me hayan elegido a mí.

Nadie en esta tropa de ineptos sin cerebro, Mujeres Falsas disfrazadas y trepadores de baja estofa domina las palabras como puedo hacerlo yo: Apocalipsis, el Señor de las Perras.

Siempre supe que esto pasaría. Yo, señalado entre todos mis compañeros, marcado de por vida con el más dulce de los estigmas, saltaría la valla de la urbanización Aruba con cuidado y con destreza, me colaría en las calles como un hombre sin pasado y orientaría mis pasos hacia el Barrio Prohibido, la Tierra Final: donde nadie sabe de ti, donde todos dicen adiós.

Recuerdo perfectamente que, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un Romántico. Entre las innumerables opciones que te ofrece la vida, siempre estuve convencido: no había otra para mí, fue amor a primera vista. En mi opinión, y no he visto a un chiquillo con mejor juicio que el mío, ser un Romántico era infinitamente superior que ser el Oso Gris, el Padre de San Andrés. Desde siempre, incluso antes de haber comprendido las razones profundas, el mayor de mis deseos fue formar parte de la organización, pertenecer al grupo, ser uno más de ellos, un Romántico verdadero. Nunca quise hacer otra cosa. Si alguien me lo hubiese preguntado, yo habría respondido que ser un Romántico significaba ser alguien en un vecindario lleno de pobres diablos, ignorantes, pobretones. Los Románticos no eran como los demás. Podían hacer lo que quisieran y nadie se animaba a criticarlos. Durante el verano, cuando permanecían toda la noche jugando al póker frente a la Casa de la Alegría, nadie llamaba a la policía, ni siquiera se atrevían a asomarse por la ventana, porque los respetaban. Gracias a ellos podía ir donde quisiera, comprar lo que se me antojara, y, por supuesto, tirarme a todas las perras del barrio. Conocía a los personajes más influyentes del medio y todos ellos me conocían a mí, pero lo más importante de todo es que nosotros, y solamente nosotros, sabíamos la verdad; para ser más exacto, la inventábamos, la prostituíamos, nos la culéabamos. ¿Qué podía importarnos que los santurrones del pueblo se machacaran el cerebro tratando de explicar la supuesta desaparición de las mujeres, que los enfermos habitantes del Barrio Prohibido se amputaran el miembro y pasearan por ahí en perfecta impunidad, ofreciendo la raja del culo, si nuestros negocios se deslizaban suavemente a través de sus quejas, lloriqueos y perversiones, como una verga cortando océanos de deliciosa vaselina con sabor a victoria? Ellos, los Románticos, guardaban silencio ante todo esto, pero si por casualidad veían pasar un rostro inquieto, y si el dueño de aquel rostro parecía tener suficientes chits, nadie perdía el tiempo y la pregunta se formulaba sola: "hey, ¿estás interesado?", y también "oiga, escuche, ¿busca compañía, quiere divertirse esta noche, o acaso tiene miedo?" Los Románticos no hacían diferencias entre sadomasoquistas, menores de edad o sacerdotes, sólo entre pobres y ricos, entre buenos clientes y basura sin crédito; a mí me trataban como a un adulto con plenos derechos, me encargaban trabajos serios y me dejaban manejar sus autos, a pesar de los escasos diecisiete años que tenía cuando ingresé a sus filas. Nadie se cruzaba en mi camino, y yo, como es obvio, me sentía algo así como el rey del universo.

Quizá por esa razón siento la necesidad de pagar una deuda. Todos lo hacen, es común entre los más experimentados y nadie pregunta si está o no obligado. Cuando alguno de los chicos nuevos decide contarme la historia de su relación personal con nuestra casona, lo menos que puedo hacer es pedir dos whiskies, ofrecerle un cigarrillo – los novatos se excitan cuando ven un cigarrillo – y dejar que fluyan los recuerdos. El edificio donde habitamos, y esto no es un secreto para nadie, solía ser un prostíbulo de tradición reconocida en el pueblo. Sin ánimo de exagerar, podría decirse que los antiguos usos de esta vetusta casona de paredes derruidas y cañerías rotas, ubicada en el área más tugurizada del centro que algunos todavía llaman el Barrio Prohibido, llegaron a granjearle el nombre de auténtica institución, ello debido a las sabrosas anécdotas que solían relatar nuestros padres, cuando la voluntad de contar historias no había sucumbido ante el apremio de las necesidades básicas. Aquí tenían de todo: viejas asquerosas con tetas de elefante, culos inmensos con espacio para dos o tres puños y niñitas recién escapadas de su casa de muñecas que se dejaban golpear y llamaban "papá" al complacido cliente. La Casa de la Alegría, como ya se le conocía entonces, perturbó mi imaginación desde la niñez, aunque entonces sólo existiera para mí como una fuente de ensoñación que transformaba mis pesadillas en puentes hacia la oscuridad. Tarde en la noche, mi padre salía conmigo en su hermoso Cadillac negro y se sonrojaba al contar sus propias historias. Recuerdo con nostalgia particular los pálidos, gordos, húmedos muslos de una desvaída damisela nórdica que se perdía en lo oscuro de su memoria adolescente, una puta de lujo que le hablaba en extraños idiomas imposibles de comprender. De todos aquellos cuentos fragmentarios, recurrentes, y de las películas "calientes" que se vendían en los alrededores de la plaza, yo me valía para dotar de profundidad a las puertas siempre cerradas y a las ventanas indescifrables que me veían pasar todas las mañanas camino al colegio, sin revelar aún el misterio que lentamente he podido ir descubriendo.

Cada vez que me preguntan quién soy, me agrada percibir el desconcierto en los rostros de los recién llegados cuando me escuchan decir que Apocalipsis es el barquero. Llevo la cabeza afeitada, como todos mis predecesores, y todo aquel que ve mi reluciente penacho negro descubre al instante que no está tratando con cualquiera. Mi labor consiste en realizar visitas guiadas a las instalaciones, responder preguntas básicas sobre el Movimiento y conducir a los muchachos hasta la pieza que les han asignado. Muchos se cogen de las puntas de mi camisa y se resisten a mirar a su alrededor mientras avanzamos por las callejuelas del laberinto; no me atrevo a censurar su temor, aunque debería hacerlo, pues está estipulado en el reglamento que una de mis tareas será detectar tempranamente a los cobardes y orientarlos con amabilidad hacia la salida más cercana. Si dejo pasar esos indicios de inaptitud es por una sencilla razón, es porque me recuerdan el día de mi llegada, el sobresalto que experimenté cuando mi barquero de turno señaló la escotilla del sótano y me hizo pasar a la cámara subterránea donde conservamos a las prisioneras. Ver a todas esas mujeres cautivas, algunas incluso menores que yo, casi niñas, a esos pequeños y delicados seres, a esos ángeles llenos de belleza y amor más que suficiente para aliviar las penas de todos los imbéciles de San Andrés, vilmente encerrados en unas minúsculas celdas, privados de luz solar, sin ductos de ventilación ni calentadores de agua para las frías madrugadas invernales, equipadas únicamente con un agujero para cagar y unas frazadas pulgosas para las noches de insomnio, en las que todas se preguntarían, presas de la incertidumbre, qué hago yo aquí, qué piensan hacer conmigo, dónde estás, padre querido, madre de mi corazón, dónde te has ido, atormentadas por la crueldad del mundo en esas preciosas madrigueras de las que sólo podrán salir cuando alguien vea una foto que lo encandile y afloje sus bolsillos; en fin, ver todo aquel sufrimiento me provocó una gigantesca erección y le pregunté a mi barquero si le permitían probar la carne antes de haberla vendido, crasa equivocación, pues el hombre me miró con desprecio y respondió, llanamente, que sólo los cazadores tenían ciertos derechos y yo era un novato de mierda. Algún rato después, ya instalado en la pieza que me ha tocado habitar hasta el día de hoy, me alegró observar que las paredes estaban empapeladas con fotos de mujeres desnudas; si mi condición de aprendiz me impedía divertirme como los cazadores, al menos podría fabricarme una aventura imaginaria. No era un consuelo desdeñable: gracias a aquel tesoro facilitado liberalmente por la organización, en lo sucesivo no tendría que lidiar con los pornógrafos informales, esos halcones malditos que toman ventaja de su monopolio en el mercado sexual para imponer precios inverosímiles a sus productos. Quedé prendado de una morena de piernas largas que aparecía cabizbaja, vestida con una ligera túnica blanca, y parecía venir hacia mí a través de la imagen. La proyecté en todas las posiciones, me proyecté a mí mismo tumbado sobre un sofá, y sobre mis piernas, inclinada, abrevándose, la negra tremenda, yo mirando, por encima de su ondulante y sudorosa espalda pespunteada por la ristra dorsal, su hermoso culo moreno, redondo, cuya fina piel estaba por desgarrarse de lo tensa y apretada. Entre ambas nalgas corría la raya dotada de fresco vello oscuro. Mi barquero preguntó si hubiese deseado ser el fotógrafo que había capturado a la apetitosa modelo en esa postura, y yo, que no venía desprevenido y conocía la naturaleza de la organización, mentí que encontraba mucho más atractiva la pura, abstracta lejanía de la imagen representada, pues de esa manera me sería posible convocar a placer, ayudado por la fantasía, cada vez que yo quisiera, a mi morena ideal, eterna, indestructible. El barquero sonrió con satisfacción y afirmó que mi respuesta era excepcional y merecía un premio por la precocidad que evidenciaba. No me sorprendió, pues he recibido cierta educación, y la que no me brindaron las instituciones oficiales la obtuve a mi riesgo. Esa misma noche me trajeron a una muchacha de piel oscura, idéntica a la de la fotografía, que se acostó en mi cama y separó tímidamente sus rodillas para dejarme entrar. Era la primera mujer de carne y hueso que tenía realmente a mi disposición: pensé que mis sueños se habían cumplido, pero no fue así aquella noche, no todavía; aún no conocía a Duval. Yo estaba desempacando mi maleta y no le presté mayor atención, pero cuando sentí sus manos acariciando mi cintura logré fingir, aunque con gran dificultad, que experimentaba una repugnancia invencible y le rogué amablemente que se retirase de mi habitación. Nunca más fui molestado por nadie, jamás escuché un comentario sobre mi actitud de aquella noche, pero poco después comprendí que de haber tasajeado el cuerpo de la morena como realmente deseaba, de haberlo, literalmente, destruido y vuelto a destruir para luego atragantarme con los trozos de sus órganos sangrientos, calientes, humeantes, mi permanencia en la Casa de la Alegría se hubiese visto comprometida. Todos los días expulsamos de aquí a jóvenes incautos que sólo tienen ojos para sus propios deseos, o que son incapaces de ocultarlos frente a los superiores jerárquicos. Ley número uno: proteger la mercancía de todo peligro, y, sobre todo, de uno mismo.

Hotel Europa (Peisa, 2005). Fragmento del tercer capítulo.
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