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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

El otro espejo del realismo

- Julio, con la violencia que vive el país - terrorismo, delincuencia y una crisis económica mucho más aguda que la de los años 50 -, ¿qué situaciones imaginas que protagonizarían tus personajes si vivieras ahora en Lima?

Tendría evidentemente que modificar mi galería de personajes. Para empezar, figuraría en uno o en varios relatos el personaje del narcotraficante, pequeño o grande; luego, el hampón, las bandas de secuestradores y, desde luego, la gente vinculada al terrorismo. Son situaciones reales, graves. Ciertamente en mi obra hay violencia; puede detectarse una violencia contenida y una violencia explícita, pero no refleja lo que acontece hoy en el Perú. En uno de mis cuentos aparece un pequeño delincuente, un carterista. ¿Qué significa este sujeto frente a una banda organizada?
(fragmento de entrevista a Julio Ramón Ribeyro de 1986).

El espejo como metáfora de la imaginación realista tiene una larga historia en la tradición y ha sido utilizada con diversos propósitos. Que Julio Ramón Ribeyro asuma su conveniencia no sorprende a nadie: no por gusto hablar de Ribeyro y del "realismo" en una sola oración es la marca obligada de todo texto escolar sobre literatura. Tampoco es ningún secreto que el realismo, y específicamente una cierta línea de realismo político y antropológico, aparece considerado como la matriz de la narrativa nacional, ante la cual todo rumbo distinto tiende a ser minoritario: se me ocurre mencionar, por ejemplo, la obra antipódica de Mario Bellatin. Por más que muchos libros suyos me parezcan brillantes, debo pensar que las palabras de Ribeyro merecen un oído atento.

¿Qué entendemos por una literatura "personal"? Voy a dar una imagen exagerada para poder plantear ciertas preguntas. Cuando un escritor afirma que el contenido de su literatura es una copia de la imagen que le devuelve el espejo y nada más, una exploración de su yo íntimo y de sus demonios interiores, con exclusión de la sociedad y de todos los demás seres humanos que pueblan el mundo que lo rodea, yo me pregunto: ¿entonces, por qué debo yo, como un lector cualquiera, leer sus libros? ¿Qué hay en ellos que me pueda interesar? Quizá, si se trata de un libro muy bien escrito, pueda dejarme llevar por la belleza de la prosa, por la eficacia de la estructura, pero en última instancia, ¿qué diferencia esta lectura hedonista de cualquier otra forma de contemplación inocua, de cualquier otro pasatiempo entretenido? Si el contenido de un libro es solamente el retrato de su autor, y si este autor se concibe a sí mismo como una entelequia separada de la realidad, de los lectores y de todo lo que escape a los límites de su yo, entonces podemos afirmar que la experiencia de lectura de un libro semejante tampoco podrá – ni siquiera intentará – trascender las fronteras de esa misma experiencia. En otras palabras, cuando abramos un libro semejante, ingresaremos en terra incógnita, en un universo fantástico que nada tendrá que ver con nuestras vidas, y cuando lo cerremos, nuestras ideas sobre el mundo no habrán sufrido el menor impacto. Con suerte, habremos logrado divertirnos un rato y punto final. La ficción y la realidad serán islas autónomas que jamás podrán tocarse.

Me gustaría dejar clara la absoluta compatibilidad entre dos frases comunes que suelen estar disociadas. La primera es "yo escribo sobre mí", y la segunda "yo escribo para mí". Si escribo "sobre mí", el contenido de mis ficciones seré yo mismo. Si escribo "para mí", podemos entender la frase en dos sentidos: el primero, que mi único lector soy yo mismo; y el segundo, que escribo libros como un medio para lograr ciertos objetivos personales: ser respetado por los demás, ganar notoriedad, acceder a alguna forma de poder y, si se puede, obtener dinero gracias a mi trabajo literario. No estoy en contra de los escritores profesionales, los que pueden vivir de sus libros, sea, por ejemplo, a través de las ventas o de los concursos. Pero algo que sí me molesta profundamente, y que además resulta antiliterario, es reducir la creación literaria a la condición de medio para obtener algo más, sea lo que fuere. Ahora bien, si yo escribo sobre mí exclusivamente, no estoy escribiendo ni sobre, ni para los demás. Y si no escribo ni sobre, ni para los demás, ¿para qué escribo? Quizá, algunos lo hagan para la posteridad, para sumar su nombre al canon histórico; sin embargo, en la gran mayoría de los casos, la escritura tiene su punto de partida y de llegada aquí y ahora. Entonces, la pregunta es: ¿para qué escribo, aquí y ahora, si no escribo para los demás? La única respuesta posible es que escribo para mí: es decir, para obtener algo a cambio, algo que trasciende la esfera literaria. Como dije, no es mi intención atacar a quienes toman este camino. Después de todo, el deseo de vivir gracias a la literatura es perfectamente legítimo, y muchas veces a los escritores no les queda otra opción, si quieren hacer de la escritura el centro de su vida y además tienen cuentas que pagar. No obstante, estos efectos secundarios del oficio son solo eso, efectos secundarios. Si fueran lo central, estaríamos perdidos. Aquellos escritores que hacen de estos fines secundarios el centro de su carrera, están, lamentablemente, perdidos para la literatura. La única respuesta lógica y honorable es que existe una necesidad primordial, patente aquí y ahora, de escribir para los demás, si es que alguien desea ser verdaderamente un escritor.

Naturalmente, esto no implica que la literatura deba ser un espejo de la realidad ni que esté obligada a producir reflejos inmediatos. Como un lector peruano, me gustaría leer una novela que sea, al mismo tiempo, la descripción de un mundo interior y el relato – no necesariamente realista – de la odisea aeronáutica de Fujimori en su camino triunfalista de regreso al Perú. Por supuesto, es posible escribir sobre Fujimori y todo lo que él implica sin mencionar su nombre: basta trabajar sobre el discurso que está detrás del personaje, que puede ser transformado, parodiado, resituado y hasta desfigurado por la imaginación. Es posible escribir sobre Lima sin que los personajes de una hipotética novela recorran todos los días la avenida Javier Prado. Incluso me aventuraría a decir que las mejores novelas "realistas" no son realistas, en el sentido de que logran dar cuenta de las estructuras más profundas de la realidad mediante otros métodos, siguiendo otros caminos. El truco es crear espejos distintos. Se puede escribir sobre el terrorismo, el narcotráfico, las bandas de secuestradores y la violencia sin que una gota de sangre sea derramada sobre la página en blanco. En sus mejores libros, Bellatin alcanza esta difícil síntesis entre imaginación y realidad con gran maestría.
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