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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

El hablador III

La pregunta inicial que formula Benedict Anderson en su análisis de El hablador es de dónde proviene la voz del supuesto contador de historias machiguenga que comparte el protagonismo discursivo con el narrador occidental que puede ser identificado como un alter ego de Vargas Llosa. ¿Es este discurso un producto de la imaginación transculturadora de Mascarita, o es el mismo Mascarita un personaje ficiticio creado por el otro narrador?

Pasando por alto que el texto no da una respuesta terminante, Anderson se permite acoger la primera posibilidad y concluye que la novela propone un diálogo imposible entre civilización y barbarie dentro de un proyecto nacionalista integrador fallido que, aunque ha perdido la fe en sí mismo, tiende a incorporar (y a destruir) las identidades periféricas. El signo de esta incoporación es para Anderson el escepticismo.

En realidad, la pregunta por la fuente del discurso del hablador es fruto de una ambigüedad narrativa que no continúa en el plano ideológico. Sea que consideremos a Mascarita el emisor del pseudo-discurso machiguenga, o que lo tomemos por un personaje ficticio, la posibilidad de identificarlo con una utopía arcaica es inevitable. La vacilación del narrador occidental, sus aparentes dudas con respecto al futuro de las culturas periféricas al ser incorporadas a la modernidad, es sólo una apariencia que debe ser atribuida a la simpatía personal que lo une a la institución tradicional del hablador mediante la analogía con la institución literaria occidental. Así, la seguridad con que Vargas Llosa plantea la necesidad de incorporación en sus textos no-ficcionales está replicada en la novela. Se encuentra velada, naturalmente, pero esto no afecta su poder de afirmación.
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