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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Tarkovsky

viernes, noviembre 18
(Todo un sacrificio para los amantes de la diversión).

Catedral de José Miguel Herbozo

jueves, noviembre 17
Ayer se presentó también el poemario Catedral de mi querido amigo José Miguel Herbozo (Lima, 1984), publicado bajo el sello Estruendomudo. José Miguel es un cachorro por derecho propio, como Johann Page y Edwin Chávez. No pude estar ahí - las horas se cruzaban -, y él tampoco pudo estar en mi presentación, pero afortunadamente logramos reunirnos horas más tarde en Neverland. No quiero hablar de la calidad del libro, que hace algún tiempo llegó a convertirse en una suerte de mito para los jóvenes autores de Estruendomudo, porque eso ya lo descubrirán ustedes. Pero puedo adelantarles que no saldrán decepcionados.

Como invitación a la lectura, aquí va mi poema favorito, un texto solo para fumadores:

[sombra]

Buscábamos
alguna forma útil de la prisa,

porque siempre la blancura deja un rastro
que se acerca
y nos saluda

sin posibilidad de padecer
algún debilitamiento,

teniendo en cuenta el valor
y la velocidad de las horas,

resumiendo la consunción del mundo
que el tiempo reserva para su propia hornacina

entre pequeños instantes de quietud
y desesperación.

Por ello siempre recurrir al humo.

Toda autodestrucción es una forma de blancura
que del humo nace

y con el humo
se disipa.

Presentación

Anoche se realizó la presentación de mi novela Hotel Europa. Ya la suerte está echada, pero quiero agradecer una vez más las generosas palabras de los presentadores, Alonso Cueto, Iván Thays y Germán Coronado. Como les dije ayer, creo que la fuente de sus elogios ha sido, sobre todo, la amistad, antes que un juicio claro y objetivo de la obra. Gracias a ellos, a mis amigos, a todos los asistentes y a los que no pudieron estar.

Ya caerás

martes, noviembre 15
(Si no en manos de la justicia, por lo menos en las redes de alguna novela).

El vigía calvo

Esta imagen apareció hoy en el blog de Gustavo Faverón con motivo de la publicación de Hotel Europa. El sujeto pelado y barbón que aparece en la ventana superior es nada menos que Antoine Doinel, el autor de este blog. Acabo de recibir un contradictorio email del joven escritor francés, donde agradece efusivamente el interés despertado por su obra y también se queja con explicable furia del "vil" y "tendencioso" fotomontaje: "por lo menos, que me pongan un bisoñé".

(desde aquí, saludos a Gustavo).

El otro espejo del realismo

lunes, noviembre 14
- Julio, con la violencia que vive el país - terrorismo, delincuencia y una crisis económica mucho más aguda que la de los años 50 -, ¿qué situaciones imaginas que protagonizarían tus personajes si vivieras ahora en Lima?

Tendría evidentemente que modificar mi galería de personajes. Para empezar, figuraría en uno o en varios relatos el personaje del narcotraficante, pequeño o grande; luego, el hampón, las bandas de secuestradores y, desde luego, la gente vinculada al terrorismo. Son situaciones reales, graves. Ciertamente en mi obra hay violencia; puede detectarse una violencia contenida y una violencia explícita, pero no refleja lo que acontece hoy en el Perú. En uno de mis cuentos aparece un pequeño delincuente, un carterista. ¿Qué significa este sujeto frente a una banda organizada?
(fragmento de entrevista a Julio Ramón Ribeyro de 1986).

El espejo como metáfora de la imaginación realista tiene una larga historia en la tradición y ha sido utilizada con diversos propósitos. Que Julio Ramón Ribeyro asuma su conveniencia no sorprende a nadie: no por gusto hablar de Ribeyro y del "realismo" en una sola oración es la marca obligada de todo texto escolar sobre literatura. Tampoco es ningún secreto que el realismo, y específicamente una cierta línea de realismo político y antropológico, aparece considerado como la matriz de la narrativa nacional, ante la cual todo rumbo distinto tiende a ser minoritario: se me ocurre mencionar, por ejemplo, la obra antipódica de Mario Bellatin. Por más que muchos libros suyos me parezcan brillantes, debo pensar que las palabras de Ribeyro merecen un oído atento.

¿Qué entendemos por una literatura "personal"? Voy a dar una imagen exagerada para poder plantear ciertas preguntas. Cuando un escritor afirma que el contenido de su literatura es una copia de la imagen que le devuelve el espejo y nada más, una exploración de su yo íntimo y de sus demonios interiores, con exclusión de la sociedad y de todos los demás seres humanos que pueblan el mundo que lo rodea, yo me pregunto: ¿entonces, por qué debo yo, como un lector cualquiera, leer sus libros? ¿Qué hay en ellos que me pueda interesar? Quizá, si se trata de un libro muy bien escrito, pueda dejarme llevar por la belleza de la prosa, por la eficacia de la estructura, pero en última instancia, ¿qué diferencia esta lectura hedonista de cualquier otra forma de contemplación inocua, de cualquier otro pasatiempo entretenido? Si el contenido de un libro es solamente el retrato de su autor, y si este autor se concibe a sí mismo como una entelequia separada de la realidad, de los lectores y de todo lo que escape a los límites de su yo, entonces podemos afirmar que la experiencia de lectura de un libro semejante tampoco podrá – ni siquiera intentará – trascender las fronteras de esa misma experiencia. En otras palabras, cuando abramos un libro semejante, ingresaremos en terra incógnita, en un universo fantástico que nada tendrá que ver con nuestras vidas, y cuando lo cerremos, nuestras ideas sobre el mundo no habrán sufrido el menor impacto. Con suerte, habremos logrado divertirnos un rato y punto final. La ficción y la realidad serán islas autónomas que jamás podrán tocarse.

Me gustaría dejar clara la absoluta compatibilidad entre dos frases comunes que suelen estar disociadas. La primera es "yo escribo sobre mí", y la segunda "yo escribo para mí". Si escribo "sobre mí", el contenido de mis ficciones seré yo mismo. Si escribo "para mí", podemos entender la frase en dos sentidos: el primero, que mi único lector soy yo mismo; y el segundo, que escribo libros como un medio para lograr ciertos objetivos personales: ser respetado por los demás, ganar notoriedad, acceder a alguna forma de poder y, si se puede, obtener dinero gracias a mi trabajo literario. No estoy en contra de los escritores profesionales, los que pueden vivir de sus libros, sea, por ejemplo, a través de las ventas o de los concursos. Pero algo que sí me molesta profundamente, y que además resulta antiliterario, es reducir la creación literaria a la condición de medio para obtener algo más, sea lo que fuere. Ahora bien, si yo escribo sobre mí exclusivamente, no estoy escribiendo ni sobre, ni para los demás. Y si no escribo ni sobre, ni para los demás, ¿para qué escribo? Quizá, algunos lo hagan para la posteridad, para sumar su nombre al canon histórico; sin embargo, en la gran mayoría de los casos, la escritura tiene su punto de partida y de llegada aquí y ahora. Entonces, la pregunta es: ¿para qué escribo, aquí y ahora, si no escribo para los demás? La única respuesta posible es que escribo para mí: es decir, para obtener algo a cambio, algo que trasciende la esfera literaria. Como dije, no es mi intención atacar a quienes toman este camino. Después de todo, el deseo de vivir gracias a la literatura es perfectamente legítimo, y muchas veces a los escritores no les queda otra opción, si quieren hacer de la escritura el centro de su vida y además tienen cuentas que pagar. No obstante, estos efectos secundarios del oficio son solo eso, efectos secundarios. Si fueran lo central, estaríamos perdidos. Aquellos escritores que hacen de estos fines secundarios el centro de su carrera, están, lamentablemente, perdidos para la literatura. La única respuesta lógica y honorable es que existe una necesidad primordial, patente aquí y ahora, de escribir para los demás, si es que alguien desea ser verdaderamente un escritor.

Naturalmente, esto no implica que la literatura deba ser un espejo de la realidad ni que esté obligada a producir reflejos inmediatos. Como un lector peruano, me gustaría leer una novela que sea, al mismo tiempo, la descripción de un mundo interior y el relato – no necesariamente realista – de la odisea aeronáutica de Fujimori en su camino triunfalista de regreso al Perú. Por supuesto, es posible escribir sobre Fujimori y todo lo que él implica sin mencionar su nombre: basta trabajar sobre el discurso que está detrás del personaje, que puede ser transformado, parodiado, resituado y hasta desfigurado por la imaginación. Es posible escribir sobre Lima sin que los personajes de una hipotética novela recorran todos los días la avenida Javier Prado. Incluso me aventuraría a decir que las mejores novelas "realistas" no son realistas, en el sentido de que logran dar cuenta de las estructuras más profundas de la realidad mediante otros métodos, siguiendo otros caminos. El truco es crear espejos distintos. Se puede escribir sobre el terrorismo, el narcotráfico, las bandas de secuestradores y la violencia sin que una gota de sangre sea derramada sobre la página en blanco. En sus mejores libros, Bellatin alcanza esta difícil síntesis entre imaginación y realidad con gran maestría.

Hotel Europa

domingo, noviembre 13
Estas son las memorias del Movimiento Romántico por la Salvación de San Andrés.

No diré mi nombre. Es irrelevante.

Soy una especie de redactor oficial, un escribidor autorizado por los altos mandos para transmitir nuestra versión de los hechos, la única que podrá sobrevivir.

Dios me ha encargado la honrosa tarea de escribir la historia de nuestra organización.

La reciente asignación me llena de orgullo, aunque claro, no me sorprende que me hayan elegido a mí.

Nadie en esta tropa de ineptos sin cerebro, Mujeres Falsas disfrazadas y trepadores de baja estofa domina las palabras como puedo hacerlo yo: Apocalipsis, el Señor de las Perras.

Siempre supe que esto pasaría. Yo, señalado entre todos mis compañeros, marcado de por vida con el más dulce de los estigmas, saltaría la valla de la urbanización Aruba con cuidado y con destreza, me colaría en las calles como un hombre sin pasado y orientaría mis pasos hacia el Barrio Prohibido, la Tierra Final: donde nadie sabe de ti, donde todos dicen adiós.

Recuerdo perfectamente que, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un Romántico. Entre las innumerables opciones que te ofrece la vida, siempre estuve convencido: no había otra para mí, fue amor a primera vista. En mi opinión, y no he visto a un chiquillo con mejor juicio que el mío, ser un Romántico era infinitamente superior que ser el Oso Gris, el Padre de San Andrés. Desde siempre, incluso antes de haber comprendido las razones profundas, el mayor de mis deseos fue formar parte de la organización, pertenecer al grupo, ser uno más de ellos, un Romántico verdadero. Nunca quise hacer otra cosa. Si alguien me lo hubiese preguntado, yo habría respondido que ser un Romántico significaba ser alguien en un vecindario lleno de pobres diablos, ignorantes, pobretones. Los Románticos no eran como los demás. Podían hacer lo que quisieran y nadie se animaba a criticarlos. Durante el verano, cuando permanecían toda la noche jugando al póker frente a la Casa de la Alegría, nadie llamaba a la policía, ni siquiera se atrevían a asomarse por la ventana, porque los respetaban. Gracias a ellos podía ir donde quisiera, comprar lo que se me antojara, y, por supuesto, tirarme a todas las perras del barrio. Conocía a los personajes más influyentes del medio y todos ellos me conocían a mí, pero lo más importante de todo es que nosotros, y solamente nosotros, sabíamos la verdad; para ser más exacto, la inventábamos, la prostituíamos, nos la culéabamos. ¿Qué podía importarnos que los santurrones del pueblo se machacaran el cerebro tratando de explicar la supuesta desaparición de las mujeres, que los enfermos habitantes del Barrio Prohibido se amputaran el miembro y pasearan por ahí en perfecta impunidad, ofreciendo la raja del culo, si nuestros negocios se deslizaban suavemente a través de sus quejas, lloriqueos y perversiones, como una verga cortando océanos de deliciosa vaselina con sabor a victoria? Ellos, los Románticos, guardaban silencio ante todo esto, pero si por casualidad veían pasar un rostro inquieto, y si el dueño de aquel rostro parecía tener suficientes chits, nadie perdía el tiempo y la pregunta se formulaba sola: "hey, ¿estás interesado?", y también "oiga, escuche, ¿busca compañía, quiere divertirse esta noche, o acaso tiene miedo?" Los Románticos no hacían diferencias entre sadomasoquistas, menores de edad o sacerdotes, sólo entre pobres y ricos, entre buenos clientes y basura sin crédito; a mí me trataban como a un adulto con plenos derechos, me encargaban trabajos serios y me dejaban manejar sus autos, a pesar de los escasos diecisiete años que tenía cuando ingresé a sus filas. Nadie se cruzaba en mi camino, y yo, como es obvio, me sentía algo así como el rey del universo.

Quizá por esa razón siento la necesidad de pagar una deuda. Todos lo hacen, es común entre los más experimentados y nadie pregunta si está o no obligado. Cuando alguno de los chicos nuevos decide contarme la historia de su relación personal con nuestra casona, lo menos que puedo hacer es pedir dos whiskies, ofrecerle un cigarrillo – los novatos se excitan cuando ven un cigarrillo – y dejar que fluyan los recuerdos. El edificio donde habitamos, y esto no es un secreto para nadie, solía ser un prostíbulo de tradición reconocida en el pueblo. Sin ánimo de exagerar, podría decirse que los antiguos usos de esta vetusta casona de paredes derruidas y cañerías rotas, ubicada en el área más tugurizada del centro que algunos todavía llaman el Barrio Prohibido, llegaron a granjearle el nombre de auténtica institución, ello debido a las sabrosas anécdotas que solían relatar nuestros padres, cuando la voluntad de contar historias no había sucumbido ante el apremio de las necesidades básicas. Aquí tenían de todo: viejas asquerosas con tetas de elefante, culos inmensos con espacio para dos o tres puños y niñitas recién escapadas de su casa de muñecas que se dejaban golpear y llamaban "papá" al complacido cliente. La Casa de la Alegría, como ya se le conocía entonces, perturbó mi imaginación desde la niñez, aunque entonces sólo existiera para mí como una fuente de ensoñación que transformaba mis pesadillas en puentes hacia la oscuridad. Tarde en la noche, mi padre salía conmigo en su hermoso Cadillac negro y se sonrojaba al contar sus propias historias. Recuerdo con nostalgia particular los pálidos, gordos, húmedos muslos de una desvaída damisela nórdica que se perdía en lo oscuro de su memoria adolescente, una puta de lujo que le hablaba en extraños idiomas imposibles de comprender. De todos aquellos cuentos fragmentarios, recurrentes, y de las películas "calientes" que se vendían en los alrededores de la plaza, yo me valía para dotar de profundidad a las puertas siempre cerradas y a las ventanas indescifrables que me veían pasar todas las mañanas camino al colegio, sin revelar aún el misterio que lentamente he podido ir descubriendo.

Cada vez que me preguntan quién soy, me agrada percibir el desconcierto en los rostros de los recién llegados cuando me escuchan decir que Apocalipsis es el barquero. Llevo la cabeza afeitada, como todos mis predecesores, y todo aquel que ve mi reluciente penacho negro descubre al instante que no está tratando con cualquiera. Mi labor consiste en realizar visitas guiadas a las instalaciones, responder preguntas básicas sobre el Movimiento y conducir a los muchachos hasta la pieza que les han asignado. Muchos se cogen de las puntas de mi camisa y se resisten a mirar a su alrededor mientras avanzamos por las callejuelas del laberinto; no me atrevo a censurar su temor, aunque debería hacerlo, pues está estipulado en el reglamento que una de mis tareas será detectar tempranamente a los cobardes y orientarlos con amabilidad hacia la salida más cercana. Si dejo pasar esos indicios de inaptitud es por una sencilla razón, es porque me recuerdan el día de mi llegada, el sobresalto que experimenté cuando mi barquero de turno señaló la escotilla del sótano y me hizo pasar a la cámara subterránea donde conservamos a las prisioneras. Ver a todas esas mujeres cautivas, algunas incluso menores que yo, casi niñas, a esos pequeños y delicados seres, a esos ángeles llenos de belleza y amor más que suficiente para aliviar las penas de todos los imbéciles de San Andrés, vilmente encerrados en unas minúsculas celdas, privados de luz solar, sin ductos de ventilación ni calentadores de agua para las frías madrugadas invernales, equipadas únicamente con un agujero para cagar y unas frazadas pulgosas para las noches de insomnio, en las que todas se preguntarían, presas de la incertidumbre, qué hago yo aquí, qué piensan hacer conmigo, dónde estás, padre querido, madre de mi corazón, dónde te has ido, atormentadas por la crueldad del mundo en esas preciosas madrigueras de las que sólo podrán salir cuando alguien vea una foto que lo encandile y afloje sus bolsillos; en fin, ver todo aquel sufrimiento me provocó una gigantesca erección y le pregunté a mi barquero si le permitían probar la carne antes de haberla vendido, crasa equivocación, pues el hombre me miró con desprecio y respondió, llanamente, que sólo los cazadores tenían ciertos derechos y yo era un novato de mierda. Algún rato después, ya instalado en la pieza que me ha tocado habitar hasta el día de hoy, me alegró observar que las paredes estaban empapeladas con fotos de mujeres desnudas; si mi condición de aprendiz me impedía divertirme como los cazadores, al menos podría fabricarme una aventura imaginaria. No era un consuelo desdeñable: gracias a aquel tesoro facilitado liberalmente por la organización, en lo sucesivo no tendría que lidiar con los pornógrafos informales, esos halcones malditos que toman ventaja de su monopolio en el mercado sexual para imponer precios inverosímiles a sus productos. Quedé prendado de una morena de piernas largas que aparecía cabizbaja, vestida con una ligera túnica blanca, y parecía venir hacia mí a través de la imagen. La proyecté en todas las posiciones, me proyecté a mí mismo tumbado sobre un sofá, y sobre mis piernas, inclinada, abrevándose, la negra tremenda, yo mirando, por encima de su ondulante y sudorosa espalda pespunteada por la ristra dorsal, su hermoso culo moreno, redondo, cuya fina piel estaba por desgarrarse de lo tensa y apretada. Entre ambas nalgas corría la raya dotada de fresco vello oscuro. Mi barquero preguntó si hubiese deseado ser el fotógrafo que había capturado a la apetitosa modelo en esa postura, y yo, que no venía desprevenido y conocía la naturaleza de la organización, mentí que encontraba mucho más atractiva la pura, abstracta lejanía de la imagen representada, pues de esa manera me sería posible convocar a placer, ayudado por la fantasía, cada vez que yo quisiera, a mi morena ideal, eterna, indestructible. El barquero sonrió con satisfacción y afirmó que mi respuesta era excepcional y merecía un premio por la precocidad que evidenciaba. No me sorprendió, pues he recibido cierta educación, y la que no me brindaron las instituciones oficiales la obtuve a mi riesgo. Esa misma noche me trajeron a una muchacha de piel oscura, idéntica a la de la fotografía, que se acostó en mi cama y separó tímidamente sus rodillas para dejarme entrar. Era la primera mujer de carne y hueso que tenía realmente a mi disposición: pensé que mis sueños se habían cumplido, pero no fue así aquella noche, no todavía; aún no conocía a Duval. Yo estaba desempacando mi maleta y no le presté mayor atención, pero cuando sentí sus manos acariciando mi cintura logré fingir, aunque con gran dificultad, que experimentaba una repugnancia invencible y le rogué amablemente que se retirase de mi habitación. Nunca más fui molestado por nadie, jamás escuché un comentario sobre mi actitud de aquella noche, pero poco después comprendí que de haber tasajeado el cuerpo de la morena como realmente deseaba, de haberlo, literalmente, destruido y vuelto a destruir para luego atragantarme con los trozos de sus órganos sangrientos, calientes, humeantes, mi permanencia en la Casa de la Alegría se hubiese visto comprometida. Todos los días expulsamos de aquí a jóvenes incautos que sólo tienen ojos para sus propios deseos, o que son incapaces de ocultarlos frente a los superiores jerárquicos. Ley número uno: proteger la mercancía de todo peligro, y, sobre todo, de uno mismo.

Hotel Europa (Peisa, 2005). Fragmento del tercer capítulo.

Longino y lo sublime

martes, noviembre 8
"Ahora, al escribirte a ti, queridísimo, con tu conocimiento de todos los estudios liberales, casi me siento también dispensado de explicar con detalle que lo sublime es como una elevación y una excelencia en el lenguaje, y que los grandes poetas y prosistas de esta forma y no de otra alcanzaron los más altos honores y vistieron su fama con la inmortalidad. Pues el lenguaje sublime conduce a los que lo escuchan no a la persuasión, sino al éxtasis. Ya que en todas partes lo maravilloso, que va acompañado de asombro, es siempre superior a la persuasión y a lo que sólo es agradable".

Longino explicará, en las siguientes páginas de su tratado, que el lenguaje sublime puede ser alcanzado mediante ciertas estrategias retóricas. Sin embargo, hay algo en él que permanece sin explicación, pues proviene de los dioses y por tanto no puede ser categorizado.

Me pregunto si cabe la siguiente posibilidad: incluso cuando no nos sentimos persuadidos por la retórica ideológica de un texto cualquiera, ¿no sucede que en ocasiones la cualidad de lo sublime - si es que está presente - excede nuestra capacidad de desacuerdo y nos llena de asombro por lo maravilloso, a pesar de que lo consideremos moralmente execrable?

Alonso Cueto ganador del Premio Herralde

Desde aquí, felicitaciones.

El hablador III

jueves, noviembre 3
La pregunta inicial que formula Benedict Anderson en su análisis de El hablador es de dónde proviene la voz del supuesto contador de historias machiguenga que comparte el protagonismo discursivo con el narrador occidental que puede ser identificado como un alter ego de Vargas Llosa. ¿Es este discurso un producto de la imaginación transculturadora de Mascarita, o es el mismo Mascarita un personaje ficiticio creado por el otro narrador?

Pasando por alto que el texto no da una respuesta terminante, Anderson se permite acoger la primera posibilidad y concluye que la novela propone un diálogo imposible entre civilización y barbarie dentro de un proyecto nacionalista integrador fallido que, aunque ha perdido la fe en sí mismo, tiende a incorporar (y a destruir) las identidades periféricas. El signo de esta incoporación es para Anderson el escepticismo.

En realidad, la pregunta por la fuente del discurso del hablador es fruto de una ambigüedad narrativa que no continúa en el plano ideológico. Sea que consideremos a Mascarita el emisor del pseudo-discurso machiguenga, o que lo tomemos por un personaje ficticio, la posibilidad de identificarlo con una utopía arcaica es inevitable. La vacilación del narrador occidental, sus aparentes dudas con respecto al futuro de las culturas periféricas al ser incorporadas a la modernidad, es sólo una apariencia que debe ser atribuida a la simpatía personal que lo une a la institución tradicional del hablador mediante la analogía con la institución literaria occidental. Así, la seguridad con que Vargas Llosa plantea la necesidad de incorporación en sus textos no-ficcionales está replicada en la novela. Se encuentra velada, naturalmente, pero esto no afecta su poder de afirmación.

Antimilitarismo

"Mi novela favorita es Cien años de soledad".
(y su personaje favorito ¿no será Arcadio Buendía?).

¿Quién mató a José Arcadio?

miércoles, noviembre 2
"José Arcadio siguió disfrutando de las tierras usurpadas, cuyos títulos fueron reconocidos por el gobierno conservador. Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perros montunos y su escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la montera. Una tarde de setiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano que de costumbre. Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para salarlos más tarde y fue al dormitorio para cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese tal vez fue el único misterio que nunca se esclareció en Macondo".

(De Cien años de soledad).

Borges y el pueblo


¿Es Borges un Antoine Doinel latinoamericano, un escritor consagrado a sus pequeños juegos mentales y literarios?

"Habitualmente se considera a Borges inmune a la realidad, y a su obra disociada de su coyuntura histórica, de vínculos con su tiempo. El status de escritor para escritores, el carácter de sus ficciones como metaficciones, cuando no como elaboraciones sostenidas en la trama de los discursos filosóficos, es poco menos que la verdad oficial sobre el escritor argentino. Pero ¿qué cantidad de abstracciones habría que hacer para suponer que la obra de un escritor, que la obra de cualquier hombre o mujer, no tiene una entraña real por necesidad, un puente ineludible con el mundo, que un hombre no es - permítaseme el lugar común - siempre un hombre de su tiempo?".

Esta extensa cita resume el objetivo de un polémico ensayo de Gustavo Faverón sobre las relaciones entre Borges y la historia: demostrar que la mencionada versión oficial sobre el autor argentino es parcial y simplificadora. La tesis de Faverón es que las ficciones de Borges generan un espacio crítico intermedio, que es a la vez frontera y enclave, entre la civilización y la barbarie, que el crítico llama "la orilla". Desde esta orilla, se descubre una paradójica identidad entre los términos de la oposición, lo cual equivale a postular que en la visión escéptica de Borges todo orden social amparado en la modernidad occidental contiene una potencial entraña "bárbara", una violenta semilla de dominación.

En efecto, hay que recordar que la obra de Borges está contextualizada en tiempos del surgimiento y posterior caída del fascismo y el nacional-socialismo, que pueden ser concebidos como formas extremas de un mal inherente a la modernidad.

En la misma línea, Daniel Salas ha publicado en el blog de Ficciones tres ensayos breves que contribuyen a reconfigurar la asimilación de Borges como un escritor ascéptico, consagrado a los juegos intertextuales. El ensayo Dos versiones del Tercer Reich: El milagro secreto y Deutsches Requiem analiza dos cuentos del autor a partir de su preocupación por el nazismo. Que esta existió y tuvo un gran impacto en su creación artística son dos hechos que no admiten duda. Sin embargo, ¿es posible sostener que más allá del debate entre civilización y barbarie, que se encuadra dentro de una perspectiva continental latinoamericana, existió en Borges un fondo específicamente argentino?

Según Ricardo Piglia en el libro Crítica y ficción, este fondo es la gauchesca. Nadie cuestionará que Borges siguió esta línea de la literatura nacional argentina; no obstante, la tesis de Piglia no se limita a señalarla como una de las vertientes de la obra borgeana (la otra sería la "filosófica", la "intertextual"). Para Piglia, lo popular es la columna vertebral de todas sus ficciones, incluso las que parecen alejarse drásticamente del contexto. La diferencia entre los textos "populares" y los "occidentales" es que en estos últimos lo popular "pasa, podría decirse, del léxico a la sintaxis y al ritmo de la frase", pero no desaparece, solo se oculta a la mirada superficial.

A propósito, recuerdo que mi primera lectura de El sur, uno de los mejores si no el mejor de todos los cuentos de Borges, tendía a destacar que tanto la representación de la ciudad como la de la periferia delataban un origen literario. Esto es cierto, pero tampoco hay que olvidar que la gauchesca, molde que sirve para dar forma a la imagen del territorio sureño, tiene nítidas vinculaciones con el proyecto nacionalista decimonónico, así que tarde o temprano la relación especular entre texto e historia tendrá que verificarse. Entonces, en la línea de Gonzáles Echevarría y sus ficciones de archivo, habrá que decir que la vertiente popular en Borges es una reelaboración de viejos mitos sobre el origen y el carácter de la nación. La conclusión es que Borges no solo "está manchado", sino raigalmente inserto en la historia de la nación y la literatura argentinas.

Sobre el tema, Iván Thays ha publicado una nota de la que se desprende la siguiente aspiración para el escritor: este debe ser un "hombre de su tiempo", pero también "algo más que eso", y sus obras también deben superar esta presunta "limitación". La pregunta es ¿en qué consiste ese "algo"? ¿Es una esencia literaria suprahistórica? No lo creo.

Incluso el mismo Antoine Doinel aseguraría que él sí tiene algo que decir sobre Francia.

* Publiqué en Ficciones un breve artículo sobre las relaciones entre Borges y el escritor colombiano Germán Espinosa.

Parker digital

Edwin Chávez, autor peruano nacido en Iquitos en 1983, acaba de reabrir su blog (www.edwinchavez.blogspot.com), que estuvo cerrado durante un par de meses. Los invito a visitarlo.