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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Poeta Cedrus

Es verdad, esta noche vendrá el poeta Cedrus, cruzará el umbral de mi casa su espigada figura de negros cabellos y todos la verán, por todos será vista. Puedo sentirlo, ya está viniendo, es ligero como el miedo que bufa a mis espaldas y hiela mi futuro con la frigidez de la certeza. No voy a sobrevivir, es imposible seguir viviendo, y sin embargo, debo reconocer que pude haberme salvado ... cómo llegué hasta aquí, hasta el borde del descalabro, y sin embargo, parece mentira, y sin embargo: las tantas maniobras de evasión de que dispuse en determinado punto, neciamente desaprovechadas, las tantas, tantas tretas que pude haber tendido entre mi alma vulnerable y la llegada del poeta Cedrus. Por ejemplo, si no me hubiese despertado temprano esa mañana, si por la noche hubiese bebido más cerveza de la cuenta, si el café se hubiese derramado en mis pantalones, si un loco hubiese cruzado las murallas de Esparta de las Palmeras y lo hubiésemos hallado destrozando las plantas ornamentales, yo no habría podido llegar a tiempo, no habría podido simplemente, los automóviles — y peor las carrozas fúnebres — no vuelan, habría llegado tarde a mi clase de Narrativa Peruana y, de ser así, adiós poeta Cedrus; si González—Vigil hubiese retrasado el final de su perorata, prolongando indefinidamente sus hiperbólicas alabanzas de Vallejo (sin duda, el mayor poeta del siglo), o si, más consecuente con su fervor, se hubiese demorado en la adoración de Trilce hasta altas horas de la madrugada, y la clase de Narrativa Peruana hubiese tenido que cancelarse por ausencia del profesor, y los alumnos hubiésemos sido despachados sin más explicación a nuestras casas, adiós poeta Cedrus; o si, después de escuchar y entender y aceptar una vez más los incuestionables argumentos que entronizan definitivamente a Vallejo, porque nadie existe en el firmamento de las letras peruanas y universales además de Vallejo, carajo, porque Vallejo es el único poeta y a la mierda la narrativa peruana, si al terminar la homilía vallejiana yo hubiese sido interceptado por la amistad, si me hubiese encontrado con Shylock, claro que sí, con Shylock saliendo de Ceprepuc con un costal de tareas por corregir al hombro, o si hubiese caído en los brazos de Laertes, por supuesto, los brazos de Laertes regresando de perseguir a Ofelia en la Cafetería de Derecho, nos habrían anudado las palabras de la charla, arponeando nuestros labios, conduciendo nuestros pasos al bar La Cabañita y después de unas cervezas, adiós poeta Cedrus; pero no; no fue adiós poeta Cedrus; fue ¿cómo estás, poeta Cedrus?, ¿me das la mano, poeta Cedrus?, ¿qué haces por aquí, poeta Cedrus?, ¿qué quieres de mí, poeta Cedrus? La fuerza magnética de la Cafetería de Letras me golpeó, me arrastró, me revolcó con su marea hacia la playa, me borró la cara de González—Vigil tras humaredas de arena gris y me depositó, braziabierto y perniexpanso, a los pies de ¿quién eres tan espigado, quién eres cabellos negros, acaso el poeta Cedrus, qué quieres de mí, poeta Cedrus? Alcé la vista, me cubrió su sombra, cerré los ojos, recé oraciones vanas. Estaba sentado en una mesa repleta de viandas, rodeado de su corte de juglares y poetas jóvenes, y yo, al reconocer su negra cabellera de copa arborífera, me había acercado desde lejos, desde el otro extremo de la cafetería, solo para saludarlo y retirarme de inmediato, por pura cortesía y aburrimiento pues no encontraba a mis amigos y no conocía mucho al poeta Cedrus; pero desde que me vio llegar, ya era demasiado tarde, la pregunta nació sola y había que responderla, fue como un feto monstruoso y aborrecido que cayó entre sangres sobre la comida y yo empecé a temblar como palúdico, aterrorizado por la mirada soñolienta del poeta Cedrus y su tranquila espera de respuesta.
— ¿Y tú dónde vives, Pierre Menard?
Es mentira, poeta Cedrus. Por lo que más quieras, poeta Cedrus. Yo no te vi, yo nunca te vi, nunca estuviste ahí y tampoco yo, tampoco yo pasé esa mañana de funestos presagios por la desierta Avenida de los Pantanos, conduciendo mi negra carroza de playera apariencia sobre la húmeda pista por los desagües bañada, yo no estaba esa vez cuando tú saliste muy temprano de tu casa, debías de tener alguna clase importante, previste la lentitud del ómnibus y te duchaste rápidamente, mojaste en pocos segundos tu esponjoso cabello convirtiéndolo en una selva de mechas chorreadas. Desayunaste como los ascetas, solo un pequeño pan sin mantequilla y un té en taza desportillada, en compañía de tu familia paupérrima, que te miraba con susto pensando en la poesía, por qué es poeta y no ingeniero pensaban, somos una familia humilde y modesta y encima nuestro hijo viene a ser el poeta Cedrus. Por culpa tuya, poeta Cedrus, tu familia siempre sufrió la pobreza, porque, desde antes de tu nacimiento, había ya nacido el futuro negro de tu inminencia maldita, oscuros presagios que eran oscuras cornejas que eran oscuros presagios picoteaban a tu padre, y dos días después de la boda, a tu madre, a tu pobre madre la asaltaron las náuseas y cayó enferma de cáncer, maldita sea, penó tu padre, parece que el cáncer ama mis bolsillos mientras que yo adoro a mi esposa, de manera que, desvalíjame, cáncer, es todo el amor que puedo darte. Nadie, por supuesto, intuyó en aquel momento que el cáncer no era más que tu señal, tu anuncio, poeta Cedrus; el esplendor del apartamento nuevo en Miraflores, la serenidad perfecta, de la vista hermosa, del mar azul, de la ventana feliz, de la elegante recámara nupcial, fueron tristemente sumergidos en la inmundicia de los pantanos verdes que hierven a las afueras de Esparta de las Palmeras: las miserias que el cáncer les dejaba para sobrevivir, los traía moribundos tan cerca de la vida. Gracias al costoso tratamiento neoplásico, su madre llegó a curarse, es cierto, pero de esa casita desgraciada nunca pudo curarse. La casita al borde del pozo infecto no era tan pobre, era pequeña, nadie lo negaba, y estaba construida exclusivamente de cemento, pisos de cemento, paredes de cemento, hasta ventanas de cemento tenía la casita de los pantanos que, aún nadie lo sabía, estaba destinada a ser el hogar del poeta Cedrus. Una noche tormentosa en la que Lima acogió una fuerte nevada, en la Asistencia Pública de Elsinor, tras un parto sin dolor que la historia médica suele asociar con el nacimiento de los seres excepcionales, bajo la sonrisa ingenua de sus padres que no podían adivinar el tormento que les esperaba, vino al mundo un niño de largas piernas y largos brazos, tan largos que parecían tentáculos, anormalmente grande para sus nueve meses de gestación, que lucía una imposible cabellera de frondosos bucles negros que caían por su espalda como las ramas de algún árbol. Apenas escupido por el útero de su madre, empezó a bramar "¡A escribir! ¡A escribir! ¡A escribir!" a voz en cuello, demostrando una precocidad increíble en el dominio del lenguaje, y a las dos semanas de haber sido llevado a la casa de los pantanos, ya había escrito su primer poemario de cuna. Lo bautizaron con el nombre "Cedrus" en honor a su arboleda capilar, y porque demostraba una mítica inclinación hacia un enorme cedro del Líbano que extendía su coposa sombra a orillas de las marismas. En su niñez, aunque llamar niñez a los primeros años de su vida es solo un eufemismo, el joven Cedrus gestó una revolución literaria con su mano derecha y la superó con la izquierda, demasiado voluntarioso, demasiado impaciente como para esperar mil años más hasta el nacimiento de otro poeta de genio comparable al suyo. Creció con el amor de sus padres, como es natural, pero diez poemarios, diez libros de cuentos y diez novelas más tarde, cuando la décima vela de la décima torta de su décimo cumpleaños, se apagó, murió también ese amor, opacado por el lógico temor de su padre a que su hijo se volviera maricón. El chiquillo andaba escribiendo todo el día y jamás se le veía jugar a la pelota con sus amigos del barrio, así es como llega la mariconada, cuando no hay nadie que la vea aparecer y acercarse de puntillas hacia la espalda desprevenida de su próxima víctima. El adolescente Cedrus se mantenía apartado, sintiendo bullir un odio creciente por todos sus semejantes, resistiendo con valentía las golpizas que le propinaba su padre para virilizar su espíritu, tolerando los llantos de su madre asediada por la amenaza del cáncer y por el dolor que el sufrimiento de su hijo le causaba; hasta que al cumplir los quince años, cuando, tras una velada poética en la que estuvo departiendo hasta altas horas de la noche con otros poetas jóvenes, salió borracho a la calle y vio más claro que nunca entre las nubes del alcohol. La claridad de esta visión lo aterró y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. ¿Qué habías visto, qué habías comprendido, poeta Cedrus? El mismo paisaje desolado, el mismo paisaje desolado que yo no te vi recorrer cinco años después, cuando saliste de tu casa aquella mañana, después de prensar tus ramas bajo el chorro de la ducha y de ingerir tu magro desayuno de asceta y de ser insultado mentalmente por tus padres, para dirigirte al paradero de autobús. La asquerosa laguna del pantano, el inmenso páramo gris sembrado de islotes de basura, de viejas vacas muertas y de garzas negras escarbando en la caca, el símbolo perpetuo de la pobreza, de la infelicidad, de la marginalidad y la degradación que traen los poetas al mundo, que tú percibiste con demasiada agudeza, con demasiado dolor de corazón y sobre todo culpa, mucha culpa, porque eras tú el único poeta de la familia, aquella noche tras aquella velada poética y todos y cada uno de los días transcurridos hasta aquél en que yo no pude verte ni saber de ti, juro que no te conocía, caminando solitario entre las ratas, rabioso contra ti mismo y contra el mundo, con tu espigada figura de filósofo y tu negra cabellera de cedro, desde la ventanilla de mi negra carroza de playera apariencia sobre la húmeda pista por los desagües bañada, que salía de las murallas de la próspera urbanización Esparta de las Palmeras donde está prohibida la entrada a los poetas.
— ¿Y tú dónde vives, amigo Pierre?
No es verdad, no es verdad, yo nunca fui llevado en el núbil vientre de mi madre a conocer antes de mi nacimiento la casa nueva que me perdería, la enorme residencia comprada por mi padre el señor abogado para la felicidad de la familia, el inmenso domicilio que no quedaba frente a un antiguo hipódromo, pero sí a un yermo de extensa verdura que podría haber cobijado uno, el palacio de paredes blancas y tejas rojas con terrazas sombrías, cocheras tripartitas para autos de lujo y jardines inútiles con perros guardianes, cuyo deteriorado casco había sido restaurado y hermoseado, incluso algunas dependencias reconstruidas, para restituirle los resabios de un ilusorio esplendor colonial. Esa casa me perdería, me ahogaría en su laberíntica oscuridad interior. En el húmedo jardín posterior que los años degradarían a terral de los perros, los gráciles cuerpos de las cucardas violetas protegían, bajo un techo de sombra culpable, el cementerio abandonado de los esclavos negros que un centenar de años atrás habían elevado sus caras hoscas entre ondulantes espigas verdes, porque vivimos sobre una hacienda, dijo mi padre, aquí se plantaba caña de azúcar, dijo mi padre, los esclavos muertos eran enterrados atrás, cerca de tu cuarto, era por ello que mi hermano Enrique y yo solíamos hallar monedas oxidadas en la tierra, espuelas y morrales de caballos, lamparines rotos, una campana de oro hirviendo de caracoles, pero nunca la temida calavera negra. Enrique y yo siempre supimos, siempre fuimos educados para saber que a pesar de no contar con bisabuelos presidentes, ni generales, ni clérigos, nuestra familia se había levantado del anonimato mesocrático gracias al trabajo honesto y a la profesión de nuestro padre, viva el arribismo, y por esa razón nuestra casa figuraba entre las más bellas e ilustres de Esparta de las Palmeras, una urbanización exclusiva diseñada para poquísimas familias, erguida sobre antiguos cañaverales frente al mar, donde los jardines son como parques y las viviendas como haciendas, donde al principio de los tiempos era posible asomarse a las ventanas de cualquier residencia y ver desde allí las olas grises reventando en la playa, la cara bruna de las fuertes murallas que enclaustran la urbanización y la protegen de los pantanos vecinos; hoy en día, el auge urbanístico cubre las murallas tras nuevas y modernas construcciones y algunos hasta olvidan que están ahí, y sin embargo, es verdad, es verdad que existe una garita de vigilancia, umbral del paraíso, donde un guardia de aspecto feroz enseña a los visitantes su nariz grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, y, elevando la tranquera, decide quién entra, quién no, tú entras, tú no. Entran los residentes y los invitados de los residentes, identificados por la extravagancia de sus vehículos, pero quedan fuera los automóviles más viejos y deslucidos, seguramente conducidos por sujetos pobres y en consecuencia peligrosos, ladronzuelos, agentes del estupro, envidiosos profesionales y habitantes del pantano. Habitantes del pantano, poeta Cedrus; habitantes de tu pantano, poeta Cedrus; pero ¿por qué preguntas, poeta Cedrus, dónde vivo, si no es cierto?, porque no lo es; yo no crecí, poeta Cedrus, en esa casa de pálidas paredes y encarnadas tejas; yo no jugué en esos jardines sembrados de tesoros y recuerdos quizás falsos; es mentira, poeta Cedrus, por lo que más quieras, poeta Cedrus, yo no te vi, yo nunca te vi, nunca estuviste ahí y tampoco yo, tampoco yo pasé esa mañana de funestos presagios por la desierta Avenida de los Pantanos trasponiendo las brunas murallas, cambiando un gesto canalla con el guardia, con dirección a la Universidad Católica, conduciendo mi negra carroza de playera apariencia, uno de los vehículos cuya entrada es casi agradecida, sobre la húmeda pista por los desagües bañada, yo no estaba esa vez cuando tú saliste muy temprano de tu casa y percibiste con demasiada agudeza que yo salía de Esparta de las Palmeras, oigan, ¿no conozco a ese tipo de la carroza, no lo he visto antes en la Cafetería de Letras, no pronunciaron aquella vez sus labios, sus hipócritas labios la frase poeta, gusto de conocerte, poeta, mi nombre es Pierre Menard y soy un poeta como tú, poeta Cedrus?
— ¿Y tú dónde vives, amigo Pierre, Pierre Menard?
— No es verdad, no es verdad.
El poeta me miró sin comprender.
— ¿Qué cosa?
— No es verdad, no es verdad.
El poeta me miró sin comprender.
— Yo no soy poeta, yo no soy poeta.
— Tranquilo. Nadie está acusándote de nada. Sabemos que eres narrador, no poeta.
— Yo no soy poeta.
— Pero escribes como poeta. El cuento que me diste a leer aquella vez tiene mucho aliento lírico, ojos y oídos de poeta. Me gustó mucho esa imagen: "barbas de niebla". Eres un maldito preciosista, virtuosista, formalista, un mariconcito autotélico que desprecia la lucha armada y las justas reivindicaciones de las masas oprimidas por una ideología alienante. Sin ofender, por supuesto.
— No es verdad. Yo no soy poeta.
— Para mí que eres un poeta encubierto. Anda, reconócelo. No te haré nada.
— No es verdad.
— Bueno. Ya caerás. Pero te había hecho una pregunta y te la vuelvo a hacer: ¿dónde vives?
— Lo siento. Estoy apurado.
— ¡Espera! Dame tu teléfono. Quiero hablar contigo, Pierre. Quiero que seamos amigos.
— Lo siento. ¿Dónde lo anoto?
— Aquí.
El poeta Cedrus se limpió la boca con una servilleta, la puso sobre la mesa y me alcanzó una estilizada pluma de ganso.
— Me la obsequió un amigo. También es poeta.
— Ah ...
Escribí mi número junto a la sombra grasosa de unos labios.
— ¿Veinticinco, cuarenta, siete, tres, ocho?
— Sí. Veinticinco. Cuarenta. Siete. Tres. Ocho.
— ¡Dios mío, tú vives en Elsinor!
— No es verdad.
— ¡Claro que sí, es el mismo código de mi número telefónico!
— ¿Tú tienes teléfono ...? ¡No es verdad!
— ¡Es inaudito! ¿En qué zona del distrito está tu casa?
— En la urbanización ...
— ¿Esparta de las Palmeras?
— ¡No, por favor! En los Pantanos.
— ¿Segunda etapa?
— ...
— ¿Por la Avenida de los Pantanos?
— Sí, maldita sea, sí.
— ¡Entonces somos vecinos! ¡Vivimos prácticamente en la misma calle!
— ¿Tú también vives en los pantanos, poeta Cedrus?
Una sombra de mortificación cruzó rápidamente su cara.
— Sí, ¿por qué? Siempre he vivido allá. Es mi conden ... perdón, mi orgullo. Y ahora que sabemos que somos vecinos, deberíamos entablar lazos de fraternidad. Voy a visitarte, Pierre Menard, falso narrador, poeta en la sombra. ¿Cuál es tu dirección?
— No tengo.
— ¿No tienes?
— Está bien, carajo. Déjame recordar. Ciento veintidós, Avenida de los Poetas Populares.
— ¿Ciento veintidós, Avenida de los Poetas Populares?
— Ciento veintidós, Avenida de los Poetas Populares.
— ¿Frente a las brunas murallas de Esparta de las Palmeras?
— Frente a ... las brunas murallas, las brunas murallas de Esparta de las Palmeras.
— ¿Frente al puesto del guardia de aspecto feroz, que enseña a los visitantes su nariz grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, y ...
— ... decide quién entra, quién no, tú entras, tú no.
— ¡Exacto! ¿Sabes cuál es mi dirección?
— No, no sé cuál es tu dirección.
— Mi dirección es: Ciento veintitrés, Avenida de los Poetas Populares. La casa pequeña, pobr ... digo verde, que está entre el ciento veintiuno de los Poetas Populares y el ciento veintidós de los Poetas Populares, es mía, es mía, es mía.
— ¿Tuya, tuya, tuya?
— Ya basta. Es un milagro que nunca nos hayamos visto en el paradero de autobuses, en la panadería, en el mercado, en la peluquería, en tantos años. ¿Tú has vivido en los Pantanos desde que naciste, como yo? Claro que sí, su lugar de origen lo lleva uno en la sangre, como la poesía, como la poesía. Desde que te conocí, sentí que había algo más, una relación ignota que secretamente nos unía. Pero el secreto acabará esta noche. Las distancias serán salvadas. La verdad será esclarecida. Esta noche iré a verte, Pierre Menard. Y leeremos, y escribiremos, y viviremos en poesía.
Sí, es verdad, esta noche vendrá el poeta Cedrus, cruzará los umbrales de mi casa su espigada figura de cabellera negra y me punza reconocer que pude haber hecho tantas, tantas cosas para impedir esa llegada. Puedo sentirlo, ya está viniendo, es ligero como el miedo que bufa a mis espaldas y hiela mi futuro con la frigidez de la certeza. No voy a sobrevivir, es imposible seguir viviendo, y sin embargo, debo reconocer que pude haberme salvado ... corrí lejos, corrí lejos de la Cafetería de Letras pero no sirvió de nada, no sirvió de nada abordar mi negra carroza de playera apariencia, regalo de Navidad que recibí de mi padre y que debe de ser más costosa que la misma casa del poeta Cedrus, que el cáncer de su madre, que la vida de su padre o que la memoria de sus antepasados en pleno, y volé, volé, volé por la Avenida Costanera cabe el mar trazada, con la ventana baja y el brazo velludo fuera, el sol golpeando mis lentes, la música atronando mi mente, obstruyendo mi garganta la certeza de la muerte y a lo lejos, a lo lejos, a lo lejos el espejismo de la laguna caquienta, las casas pobres de los pantanos y las murallas brunas y el guardián de la garita — cómo sonríes, hijo de puta — y la recta hasta mi casa y el palacio y las paredes blancas y las tejas rojas y las terrazas sombrías y las cocheras tripartitas y los autos de lujo y los jardines inútiles y los perros guardianes y las campanas doradas y las cucardas violetas y la vergüenza del dinero y la poesía y la culpa y el poeta Cedrus ...
— No es verdad, no es verdad, jamás abordé la negra carroza de playera apariencia, jamás llegué a la fuerte Esparta de las Palmeras ...
Mi padre me observaba desconcertado desde el vano de la puerta. Tenía una lámpara de minero colgada al cuello. No lo había sentido entrar a mi cuarto, yo estaba tendido en la cama, inconsciente, y la computadora encendida encendida encendida ...
—¿Qué escribes ahí? — preguntó.
— Escribo mi libro de cuen... ¡Nada! — salté de la cama y la apagué de un zarpazo —. Trabajos de la universidad. Yo no soy poeta, yo creo en Esparta.
Mi padre me observaba desconcertado desde el vano de la puerta. Tenía una lámpara de minero colgada al cuello. En ese momento quise con toda mi alma ser huérfano, que mi padre hubiera fallecido antes de mi nacimiento y que mi madre buena, mis tías, mis abuelos me hubieran enseñado la persistencia de los sueños.
— Pero tenía que ser el superyó de mierd...
— ¿Qué estás diciendo?
— Nada, papá. Estoy un poco cansado, ¿me disculpas?
— Tenías que ser un hijo de tu madre.
— ¿Otra vez la heráldica, papá?
— Todo es culpa de tu madre y de su sangre maldita.
— Por supuesto, papá.
— Bueno; te llamó un amigo por teléfono. Tenía un nombre raro, creo que se llamaba... Cerdus. ¿Dónde vive, quién su padre, cuánto gana, es blanco?
— ¿Por qué preguntas eso?
— ¿Por qué? ¿Qué te pasa? ¿Estás cojudo? Obviamente, para saber si sus cualidades personales ameritan que sea tu amigo. El hecho es que llamó hará unas dos horas y preguntó por ti. Le dije que estabas dormido y él dijo no importa, más tarde vuelo a llamar. ¿Quién es ese sujeto? Es raro, tiene voz de poeta.
— ¿Poeta? ¡Por favor, Cedrus, poeta! Claro que no, él es ... ingeniero forestal, quiere plantar cedros en la selva. No importa, papá, no importa. ¿Qué hora es? Las once de la noche, ¡qué tarde!, descuida, ya no creo que llame. Mejor vete a dormir. Pero antes quería preguntarte: ¿por qué tienes esa lámpara de minero colgada al cuello?
Los ojos de mi padre ardían de nostalgia.
— La compré en Cañete, al borde de la carretera, cuando regresaba de Ica una vez hace diez años. ¿Nunca te la enseñé? Un serrano que vendía antigüedades de hacienda me la rebajó a cinco soles, serrano ignorante, baratear así un objeto tan valioso. Es una lámpara de piedra de carburo, de esas que se usaban en el socavón. ¿Te he contado que antes tu abuelo y nosotros teníamos una mina de cobre? En fin; en el fondo eres un Arévalo y no un Menard, un ser inferior que no entiende de estas cosas. Hasta mañana y arregla tu asunto con el Cerdo. Más te vale que no sea un poeta pobre que vive en los Pantanos y añora la riqueza de las murallas brunas.
— Hasta mañana, papá.
El sueño tardó y vino trayendo mortíferas imágenes de Cedrus. La muerte, la muerte venía con él, él era la muerte y la casa vacía, Cedrus aparecía una noche de tormenta pero no me asesinaba, él era la muerte pero no me asesinaba, lo único que hacía era inspeccionar la casa vacía, su mirada de poeta recorría los objetos y después me acechaba, miraba un objeto y ¡zas! me acechaba, su acechanza era su tristeza y su tristeza, su acechanza y los objetos mirados perforaban mi corazón, perforaban mi corazón como culpas y espinas y el poeta miraba y miraba nada más, solo eso hacía ...
¿Cuánto fue que timbró el teléfono? Calculo que una hora después, sí, una hora pues ya había alcanzado una capa profunda del sueño, y habría seguido hundiéndome de no ser por el garfio del teléfono.
— No es verdad, no es verdad, jamás abordé la negra carroza de playera apariencia, jamás llegué a la fuerte Esparta de las Palmeras ... ¿Aló ...? ¿Quién habla ...? ¿Aló ...?
Mi sonambulismo respondió por mí. Al otro lado de la línea, alguien respiraba.
— ¿Quién habla? — insistí, aterrado —. ¿Eres tú?
— La pobreza — dijo la voz.
— ¿La pobreza?
— Ay no quieres, te asusta la pobreza ...
— ¿Perdón?
— Ay no quieres, te asusta la pobreza, no quieres ir con zapatos rotos al mercado, y volver con el viejo vestido ...
— No es verdad ...
— Amor, no amamos, como quieren los ricos, la miseria. Nosotros la extirparemos como diente maligno que hasta ahora ha mordido el corazón del hombre.
— No es verdad ...
— Pero no quiero que la temas. Si llega por mi culpa a tu morada, si la pobreza expulsa tus zapatos dorados, que no expulse tu risa que es el pan de mi vida. Si no puedes pagar el alquiler, sal al trabajo con paso orgulloso, y piensa amor, que yo te estoy mirando, y somos juntos la mayor riqueza que jamás se reunió sobre la tierra.
— Por favor ...
— Soy yo. Sé que mientes, sé dónde vives, sé quién eres y sé que escribes un libro de cuentos titulado Casa de Islandia. Cuidado; ay de aquellos que me buscan. Ningún arma puede hacerme daño. Yo solo tendría que abrir la boca para que tu cadáver fuese arrebatado por la carroza negra, la negra carroza de playera apariencia ...
Tiré el teléfono con rabia. Me abalancé sobre el ropero y me embutí los primeros pantalones que encontré, metí los brazos en la primera camisa que encontré, me calcé las primeras botas que encontré. Abandoné mi cuarto, me dirigí a la sala, pieles curtidas de otorongo, el dóberman embalsamado, escopetas antiguas y cuadros de gallos de pelea adornaban las paredes de ladrillo, vi el sable colgado junto a la chimenea, salté sobre los sillones y caí de narices, me arrastré maltrecho hacia el sable, mi mano trepó la pared como una araña, mi mano cogió la empuñadura y lo descolgó de su clavo y pesaba mucho el sable, era de la época de Independencia, mi padre lo había comprado, la funda lucía opaca, pero cuando desenvainé la hoja era curva, y tensa, y larga y reluciente como la plata pura, salí al jardín nocturno de canoros grillos revoleando mi sable, el brillo de luna bailaba ardiente en su azulado filo, la negra carroza reposaba en paz, el verde corcel reposaba en paz, la blanca carreta reposaba en paz, salí a la calle y en la desierta avenida empecé a correr con los puños apretados y las suelas quemantes, las palmeras se mecían en la oscuridad, las olas lejanas retumbaban en mis sienes, las luces de las casas me acribillaban los rabillos y el sable de mi mano repartía zumbidos, corrí largamente y pronto se dibujó la oscura faz de las murallas, la luz de la garita me cegó, vi la cara soñolienta del guardia, qué hace por aquí señor, despierto a estas horas señor, qué lleva en la mano señor, blandí furibundo mi sable y el cobarde se apartó, crucé la tranquera y corrí y las sombras se abatieron sobre mí y vi una valla de arbustos y cerré los ojos y salté, y salté, y salté y caí entre las aguas pútridas, una máscara acuosa para mi cara, botas de barro para mis pies, mi boca probó la tierra y rodé empapado entre juncos altos, un patillo chilló y alzó vuelo hacia la noche y yo seguí chapoteando hasta el final, perdí piso y nadé, tragué agua y nadé, turbios peces suaves rozaron mis manos y seguí nadando, ya se divisaban las luces de las casas, ya llegaba a la otra orilla, ya el frío me calaba los huesos y mis pies tocaron tierra y seguí corriendo, salí chorreando mierda, por suerte no había nadie, aún conservaba el sable y pude recordar con facilidad, ciento veintitrés, Avenida de los Poetas Populares recordé, la casa pequeña, pobr ... digo verde recordé, entre el ciento veintiuno de los Poetas Populares y la ciento veintidós de los Poetas Populares recordé, sacudí las algas de mi cuerpo, sequé mi cabeza mojada y empecé a correr otra vez, conocía la urbanización, no estaba muy lejos, no estaba muy lejos y había pasado antes por allí, ahuyenté a un gato con el sable, saqué chispas de una pared y llegué a una calle desierta, luces apagadas, números en las casas y el ciento veintitrés, en alto relieve el ciento veintitrés, gracias, Dios mío, no toqué la puerta, no presioné el timbre, no grité, alcé la vista, una enredadera, una madreselva de florecillas plomizas trepaba el balcón, mi rostro se vistió de hojas fragantes y mis manos asieron las ramas nudosas y hallé una ventana sin correderas y pude empujarla y hallar la entrada, algo en la oscuridad me rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro?, recorrí hipnotizado el corredor bañado de luna, pulsé una puerta y esta cedió, un niñito dormido en su cama, pulsé otra puerta y esta cedió, un hombre maduro y su triste mujer, pulsé por vez tercera y mi sangre se detuvo. Estaba en bata de dormir, sentado frente a un escritorio de caoba, la espalda encorvada sobre unos papeles, la mano escribiente girando la pluma y la cabellera arbórea electrizada de poesía. Empuñé con decisión el sable, encomendé a los dioses la docilidad de mi lengua, las palabras resonaron en la calma mortal: he venido por ti, le anuncié al poeta Cedrus; he venido a matarte, le susurré; esperé un momento, mi saliva parecía hervir, nada sucedía, nada sucedía, de pronto la pluma dejó de rasgar; Cedrus se volvió y pude ver su cara; sus ojos chillaban odio; sujetaba una rosa en la mano, una rosa roja, me la arrojó al rostro.
Me derrumbé.
Habló sobre mi cuerpo: dijo, tranquilamente, que había terminado, que volviera a casa. Dijo que yo era un poeta y que todos los poetas se aman.

(Fragmento de Casa de Islandia).
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