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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

La peste, el lenguaje y la soledad

En Macondo, como en muchos otros pueblos desperdigados en los cuentos y novelas de García Márquez, la peste es un fenómeno usual pero carente de significación unívoca. Puede traer aparejada una intensa carga sociopolítica, como ocurre con la peste de las rosas en el cuento El mar del tiempo perdido, donde el aroma pertubador de las flores anuncia el arribo del señor Herbert, una prefiguración de los agentes imperialistas que instalarán la máquina del tiempo de la Compañía Bananera en el seno de la sociedad premoderna. Sin embargo hay otras pestes, más benéficas si se quiere, que actúan como un resorte de la imaginación colectiva y como una fuerza activadora del lenguaje. La peste del insomnio que llega a Macondo poco después de la aparición de Rebeca, la enésima mujer "más bella del mundo", está indesligablemente asociada al regreso de Melquíades y a su función pedagógica en el ámbito de los Buendía. Esta imagen de un Borges redivivo, inserto en el corazón del archivo donde se gesta el universo imaginario, es sinónimo del poder mismo de la escritura que volverá al pueblo para conjurar la corrupción que impone el olvido.

Recordemos que Rebeca se comunica en lengua guajira, la cultura que aporta un marco concreto a las ensoñaciones realmaravillosas, y que para efectos de la solidaridad familiar es un ser asocial y prelingüístico. Ella es la primera víctima del insomnio, descubierta en plena noche "en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad". El resto de la familia no tarde en contagiarse y luego sucumbe el pueblo entero. En un principio, José Arcadio Buendía le resta importancia al mal, cuya evolución es descrita de este modo: "Cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado". Como se ve, lo nefasto es la pérdida de la historia entendida como depósito de la identidad, y del instrumento que permite preservarla: el lenguaje, "el nombre y la noción de las cosas". Pero no se trata de una afasia, pues los personajes siguen hablando y comunicándose aun después de estar enfermos. Pilar Ternera sigue leyendo la baraja, ya no para pronosticar el futuro sino para inventar el pasado, y sus clientes pueden comprenderla, así que no han perdido el saber semántico. Entonces, aquello de lo que carecen no es la facultad del lenguaje, sino la capacidad de este lenguaje para designar las cosas del mundo: su poder referencial.

Veamos un ejemplo. Un día, Aureliano está buscando el pequeño yunque que se utiliza para laminar los metales, y descubre que no recuerda su nombre. Entonces, decide escribirlo en un papel que luego pega con goma en la base del objeto: "tas". Llama la atención que recuerde qué es un yunque, es decir una posible intensión: "objeto que se utiliza para laminar los metales". Donde habita el olvido es en la conexión entre esa información recordada y el objeto del mundo para cuyo uso es pertinente. Así, no es inverosímil que Aureliano pudiera llamar "lápiz" al yunque, y que tratara de escribir valiéndose de él. Pero la peste evoluciona, y "y poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad". En otras palabras, el fenómeno inverso: recordar la referencia pero olvidar la intensión. Así, diseña una nueva solución, colgando de una vaca el siguiente cartel: "Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche". Lo ingenuo de este recurso es que no contempla la naturaleza circular del lexicón, el hecho de que las palabras tengan que definirse a través de otras palabras ad infinitum. Y sin embargo, el plan de Aureliano rinde fruto por lo menos de momento, y la vida continúa sin tropiezos. Pero Macondo se ha convertido en un pueblo en cuarentena, una célula incapaz de comunicarse con el mundo exterior y de acoger el progeso añorado por Jose Arcadio Buendía y representado por las caravanas de gitanos: en definitiva, la carencia de un lenguaje útil conduce a la soledad.

El fin de la peste coincide con la llegada de Melquíades, que ha regresado de la muerte precisamente porque "no soportaba la soledad". La cura del mal es la escritura, a la que el gitano se lanza furiosamente, garrapateando con sus finas manos de gorrión la historia de Macondo y del linaje de los Buendía. El episodio se tiñe de un significado más profundo si lo situamos en el contexto de una visión política de la literatura, que incluye además una misión para el escritor. Por más desprestigiada que esté la noción de "compromiso", prescindir de ella en este caso es empobrecer la ficción y cancelar uno de sus varios niveles. Me pregunto si la trillada analogía entre palabras y actos es solo parte del bagaje crítico, de la información que manejamos para generar lecturas de textos precozmente arcaicos, o si por el contrario aún nos puede interpelar, como ha sugerido Mario Vargas Llosa en más de una ocasión. De ser así, tendría que hacerlo de un modo completamente inédito, que respete la libertad estética y la identidad que cada creador elige para sí mismo.
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10:37 a. m.

Good post    



11:25 p. m.

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4:47 p. m.

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