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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

El viaje de Sergio Pitol

¿Qué es un viaje literario? Sea lo que fuere, no se trata de visitar casas de escritores en ciudades extranjeras, así como visitaríamos un museo poblado por fantasmas. Cuando Sergio Pitol conoce la casa de Gógol en Leningrado, y se anima a escribir sobre esa experiencia enriqueciendo el simple acto turístico de pescador de souvenirs con sus lecturas del autor ruso, sus opiniones políticas acerca de la URSS y su propia concepción del viajero como un hombre sin patria fija, lo que el lector se lleva es la impresión de estar ingresando, con ojos y oídos prestados, al corazón de la narrativa de Gogol y no al edificio físico, que la escritura ha reemplazado por uno imaginario.

Entre mayo de 1983 y setiembre de 1988, Sergio Pitol vivió en Praga ocupando un cargo diplomático y durante ese periodo viajó a Moscú, Leningrado y Tbilisi como escritor invitado por la Unión de Escritores de Georgia. La experiencia del viaje quedó plasmada en una serie de cuadernos que, veinte años más tarde, el autor mexicano se decidió a publicar en forma de libro. Puede hablarse de un viaje sentimental, un viaje "hacia adentro", pero en la Rusia de la perestroika, encontrarse con la literatura es una forma de encontrarse con la política. Es como si hubiera dos viajeros, uno que pasa los días en su hotel releyendo a Tsvietáieva, y otro que se comporta como un sociólogo frenético. Como en un cuento borgiano, al final cada uno descubre que el otro es su reflejo.

Para el primer Pitol, el viajero literario, la Unión Soviética no forma parte del tiempo ni del espacio. El viaje dura quince días pero el escritor casi no se aparte de su hotel, y si lo hace, no le parece importante contarlo. La aventura no consiste en agotar el espacio, sino en profundizar, casi verticalmente, en unas pocas experiencias inquietantes que suceden gracias a la página escrita o leída. Leer a Tolstoi o a Dostoievski, asistir a representaciones de las obras de Chéjov y, por supuesto, dejar constancia literaria de todo esto, son las actividades predilectas. Por momentos uno se pregunta qué hace Pitol, por qué no aprovecha la ocasión para salir de sí mismo y de sus autores favoritos, y es que hacerlo sería una pérdida de esfuerzos. ¿Cuál es la diferencia entre leer a Gógol en México y leer a Gógol en Rusia? Estoy tentado de decir que ninguna, pues no resulta fácilmente expresable. Sin embargo, un buen día el viajero literario Sergio Pitol abandona su hotel para comprar cigarrillos, o solo para respirar un poco de aire fresco, y se encuentra con una escena gogoliana que está desarrollándose frente a sus ojos. ¿Quiere decir que estamos todos locos, y que Gógol era un escritor realista? En el fondo, ver a Gógol en las calles es una forma de prolongar la lectura, de proyectarla en el mundo gracias a una especie de sugestión mágica que cancela los límites entre lo vivido y lo leído. Entonces, ¿hay alguna diferencia objetiva entre leer a Gógol en casa de lector y hacerlo en casa del escritor? "No tiene que haberla", parece decir Pitol, y sin embargo queremos creer que así sucede.

Hasta aquí tenemos un viaje enteramente solipsista, que convertiría a Pitol en un defensor del arte puro. Pero hay que recordar que la escena gogoliana que he mencionado tuvo lugar en la misma casa donde Gógol pasó sus últimos años. Junto a un pequeño grupo de espectadores y turistas que incluye a un sordomudo (una declaración política en sí mismo), Pitol escucha las explicaciones que va formulando la directora del museo mientras recorren el lugar: "La vieja señorita nos contaba episodios intrascendentes de la vida de Gógol, tiñéndolos de una tonalidad moralista y didáctica; lo convertía en un escritor "positivo", "realista en la forma y nacional en el contenido", "progresista como el que más". Esta imagen errónea, falseada y politizada por el mismo discurso oficial que condenó a los artistas y escritores de carne y hueso al exilio, el silencio y la muerte, es vigorosamente celebrada por un "viejo malencarado" que forma parte de la comitiva, y al que no es difícil imaginar como un pequeño Stalin de la literatura, un emisario del poder que pretende transformar al escritor ruso en un prócer pero solo consigue despertar la risa. Cada vez que alguien hace una pregunta, este hombre grita "¡Las preguntas al final!", pues sabe que cualquier intromisión podría desbaratar a su frágil héroe inventado, y todo el mundo calla. Pero su reinado no durará mucho, parece decirnos Pitol, pues nadie se burla impunemente de un escritor como Gógol.

Frente a la represión y la censura, esa misma vieja señorita que al principio se nos presentó como una abanderada del régimen, empieza a minar poco a poco su propia construcción discursiva mediante un inusitado despliegue de humor e insolencia: "De repente dijo que Gógol escribía de pie como Hemingway, para que la sangre le irrigara mejor el cuero cabelludo". El pequeño Stalin la reprende, dice que se ha pasado de la raya al comparar al glorioso escritor con un simple norteamericano, pero ella insiste y "comenta que algunos contemporáneos de Gógol, durante los años de Roma, insinuaban que era un depravado sexual, no porque les temiera a las mujeres, que eso era lo de menos, sino porque estaba marcado por obsesiones terribles, como la de enamorarse de jóvenes agonizantes". Estos sabrosos datos biográficos, que Bajtín entendería como carnavalescos, no solo destruyen la primera imagen del Gógol positivo para rescatar a un Gógol más auténtico, sino que ridiculizan la seriedad del poder y desencadenan su propia transformación en parodia: "Todos aplaudimos con entusiasmo. El vejete atrabiliario comenzó a patear el suelo. Abrió una puerta y dijo: "La conmino, ciudadana, a que me confiese qué guarda usted aquí", y en ese instante el sordomudo la empujó y las dos mujeres de mediana edad, que no se habían manifestado de ninguna manera, cerraron la puerta".

Mientras el hombre encerrado se desgañita pidiendo respeto, Pitol y los demás huyen muertos de risa. De esta manera, la microrevuelta popular se vale del espíritu cómico de Gógol para alzarse contra el poder, cuya altivez queda transformada en rabia, frustración y locura. De héroe soviético a revolucionario festivo, el escritor ruso abandona la tumba del museo para inmiscuirse en la cruda realidad del presente, empleando los recursos más celebrados de su narrativa como armas políticas, mientras Sergio Pitol, el viajero literario que solo había salido a comprar cigarrillos, acepta esta súbita resurrección con talante risueño y secretamente complacido, y cuando vuelve al hotel anota lo siguiente en su diario:

"Ahora que escribo, creo que exagero, que todo entonces fue muy rápido, muy cotidiano, más loco y gogoliano, muchísimo más divertido, y no tan pretencioso y efectista, como lo he escrito ahora. ¡Las preguntas al final!".

Luego lanza una carcajada.
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6:40 a. m.

Blog agréable.

Je devrai revenir plus tard.    



4:40 p. m.

iza    



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