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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Fårö

En un artículo que recorre la filmografía completa de Bergman, Hamish Ford apunta que Persona (Manniskoätarna, 1966), La hora del lobo (Vargtimmen, 1967) y La vergüenza (Skammen, 1968) conforman una especie de trilogía sobre la "responsabilidad social" del artista, sobre las relaciones entre el creador (ser único, acosado por imágenes, habitante de una esfera superior consagrada a la belleza) y el mundo de las "personas comunes" (masa sometida a la realidad social, la política y las guerras). Una idea que Bergman detestaba con especial ensañamiento era precisamente esta división entre el artista y los demás, la creencia de que el artista goza de una "nobleza espiritual" que lo distingue y le permite desentenderse de la realidad más pedestre para ocuparse de "la obra", suprema creación del espíritu que nace del genio individual, que no le debe nada a las circunstancias inmediatas y, naturalmente, tampoco está obligada a representarlas. La propuesta de Ford no parece descabellada, pues si revisamos el argumento de las tres películas descubrimos que los protagonistas tienen una relación directa con el arte: en Persona, Liv Ullman es una actriz; en La hora del lobo, Max Von Sydow es un pintor; y en La vergüenza, tanto Ullman como Von Sydow son violinistas. En los tres casos, estos artistas pasan por un proceso de desintegración que los fuerza a cortar amarras, a perder la conciencia de su yo, a internarse en el reino de sus propias fantasías perturbadas o a caer en la animalidad premoral, una suerte de estado salvaje donde la solidaridad es reemplazada por el instinto de supervivencia. Claramente, no son "personas comunes", pero esto no es algo de lo que puedan enorgullecerse.
Otro de los hilos que vincula estas tres películas es la recurrencia de los personajes. Como en los cuentos de Carver, la trama gira en torno a una pareja que, a pesar de ligeras variantes, es siempre la misma, reconocible y familiar, y enfrentada a circunstancias que se repiten. En Persona se trata de una pareja femenina (Bibi Anderson y Liv Ullman), pero en las dos siguientes películas (y también en La pasión de Anna) aparece la pareja esencial de Bergman formada por Ullman y Von Sydow. Los nombres, las profesiones y las personalidades de los personajes cambian (por ejemplo, es casi extraño descubrir que la impetuosa Liv Ullman de La vergüenza es la misma tímida mujer de La hora del lobo), pero hay algo que persiste, un núcleo fundamental. Es la percepción del espacio que los rodea. En 1965, Bergman sufrió un colapso nervioso que lo mantuvo en un hospital psiquiátrico el tiempo suficiente para escribir el guión de Persona. Después se trasladó a una isla del Báltico donde filmó la trilogía, entre 1966 y 1968. Para llegar a Fårö, hay que tomar un vuelo desde Estocolmo a otra isla del archipiélago Gotland, y abordar el ferry para alcanzar la pequeña isla de Bergman, que tiene poco más de 500 habitantes y es un lugar casi inhóspito. El cruce de una isla a otra aparece, por ejemplo, en La vergüenza, cuando Ullman y Von Sydow van a buscar provisiones a la isla más grande y encuentran a su amigo anticuario que ha sido llamado al ejército. Pero también en Persona y La hora del lobo, la naturaleza agreste de Fårö, las silenciosas playas de roca, los bosques oscuros y las colinas barridas por la brisa son una constante, crean un telón de fondo, una especie de escenario natural donde el drama de la pareja Ullman – Von Sydow, o Anderson – Ullman se repite una vez tras otra con ligeros cambios de identidad que dejan intacto lo sustancial, la permanencia de estos dos seres que observan, taciturnos, la lenta desintegración de la armonía y ven naufragar todas sus esperanzas por culpa de la guerra, la locura o la dedicación malsana al arte. El paso de una película a otra es algo natural, un simple reajuste de papeles que no altera esa suerte de continuidad, esa reaparición agradecida de los rostros de siempre (y sin embargo, distintos en cada ocasión), inevitablemente unidos a la atmósfera de Fårö, la sensación creada por la combinación del paisaje marino y los bosques que rodean la cabaña de la pareja. Max Von Sydow es el Antoine Doinel de Bergman, un alter ego que le permite insertarse en infinitos universos paralelos junto a Liv Ullman, la pareja real de Bergman durante el período que tomó filmar la trilogía. El parecido físico entre Bergman y Von Sydow resulta escalofriante, así como la carga autobiográfica de todas estas películas. El actor nacido en Suecia representa, también de forma inevitable, al artista vanidoso, egoísta y perturbado que es el mismo Bergman. En una escena de La vergüenza, Von Sydow y Ullman viajan en un automóvil a través de las colinas de Fårö y en determinado momento Von Sydow – que va conduciendo – se detiene junto a un arroyo para que Ullman baje. Mientras ella conversa con un hombre que está pescando en el arroyo, Von Sydow la observa, en realidad la espía. La cámara da un primer plano del rostro del actor y captura los dos instantes en que nace y muere una sonrisa, la sonrisa despreocupada de quien se detiene a admirar la belleza de su mujer mientras ignora la desgracia que se avecina. Detrás de la cámara, detrás de la imagen, está Bergman agazapado, proyectando su identidad sobre el actor, mirándose a sí mismo en la actitud de mirar. En otras palabras, observando discretamente su propia mirada.

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