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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Auster

Paul Auster aún no había cumplido los 23 años cuando obtuvo su primer trabajo serio. Por aquel entonces era un joven poeta desconocido que escribía reseñas de arte y literatura para revistas estudiantiles de corto tiraje y se preparaba para realizar el primer gran viaje de su vida, una travesía en transatlántico que lo llevaría a Francia, donde pasaría tres años trabajando como traductor y negro literario. Pero nada de ello ha ocurrido todavía, porque ahora mismo, a sus 22 años, ha dejado de ser un simple estudiante de literatura de la Universidad de Columbia para convertirse en profesor suplente durante tres días. Mr. Reznikoff ha tenido que viajar por motivos familiares y ha decidido encargarle el curso de Narrativa Española del S.XVII, con más de 120 alumnos matriculados. La tarea no es sencilla y Auster no sabe si será capaz de cumplirla: consiste en enseñarles todo lo que se puede decir sobre Cervantes y el Quijote en tres módicas sesiones de clase de 120 minutos de duración cada una.

"Cerré los ojos y empecé a rezar", cuenta Auster en una entrevista de 1987. " Le pedí a Dios que me iluminara, y como no respondió, lo intenté con Satanás. Le hablé de mis alumnos: todos tenían entre 19 y 21 años y eran futuros abogados, ingenieros en potencia o físicos nucleares. Sospecho que sabían tanto de literatura como Sancho Panza, y ninguno había leído el Quijote. Ni siquiera querían hacerlo. De eso me di cuenta el primer día de clases. De modo que mi estrategia pedagógica tendría que ser extraordinaria. ¿Cómo empezar a hablarles sobre Cervantes en esas condiciones?"

Pero Satanás tampoco escucha sus oraciones, así que no le queda otra salida que abrir su libro del Quijote y suplicarle una respuesta a Rocinante. Así es como llega a un famoso episodio de la segunda parte, el encuentro de Don Quijote con Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán. Al leer las siguientes líneas, se le ocurre una idea: "En estas razones estaban, cuando los alcanzó (a Don Quijote y Sancho) un hombre que detrás de ellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido con un gabán de paño fino verde, jironeado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo". ¿Qué habrá pensado - se pregunta Auster - este rico y elegante caballero al ver a Don Quijote en su traje de harapos, convertido en un mendigo loco que recorría los caminos montado sobre un caballo famélico, creyendo que enfrentaba gigantes en vez de molinos de viento? Su locura debió de hacérsele evidente a Don Diego, pero, como muchos otros personajes de la segunda parte, decidió seguirle la cuerda. Incluso se animó a contarle cosas de su vida: en aquel tiempo se sentía preocupado porque uno de sus hijos, un muchacho que debía tener 18 ó 19 años (es decir, la edad de los alumnos de Auster), había decidido dedicarse a la poesía en vez de emprender un oficio más seguro y provechoso. En ese momento, Don Quijote lo hace callar y le ruega que no se preocupe por su hijo, pues la poesía no es oficio para hombres de poco entendimiento. A continuación, inicia uno de sus discursos más famosos, un discurso de alabanza y celebración de la poesía y la literatura.
"En mi segundo día de clases, leí este discurso en voz alta. Mis alumnos me escucharon hablar como si yo fuera Don Quijote. Dije que los padres deben permitir que sus hijos elijan la ciencia que más les guste. Que la poesía es menos útil que deleitable, pero no suele deshonrar a quienes hacen de ella su señora. La poesía - dice Don Quijote -, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella". Después de leer, Auster les pregunta a sus alumnos si ellos creen que un mendigo loco sería capaz de decir cosas tan ciertas, inteligentes y bellas. Y les revela su teoría. Les dice que él siempre ha pensado que Don Quijote es un fantasma. Un hidalgo como él, heredero de una España decadente que lucha contra sí misma para sobrevivir, sabe perfectamente que la realidad siempre puede ser más que ella misma. "Y un fantasma se define, principalmente, como un ser incompleto, alguien que ha perdido su identidad y solo puede vivir en las regiones de la memoria, o de la literatura, que en realidad son lo mismo. El mundo que ve a su alrededor ya no le pertenece, es como un país extranjero". Aunque es imposible determinarlo, supongo que Auster habla de estas cosas durante, más o menos, media hora. Cuando termina la clase - y esto ya es especulación -, podría jurar que ve algunos ojos vagamente interesados al fondo del salón. Eso es suficiente para mantenerlo contento durante el resto del día. Incluso llega a pensar que ha triunfado, les da las gracias a Dios, a Satanás y a Rocinante, y aquella noche se acuesta tranquilo. No recuerda si ha tenido una pesadilla especialmente cruel, pero a la mañana siguiente despierta con un extraño malestar que no se le quita en todo el día, ni en toda la semana, ni en todo el mes, ni siquiera en todo el año. Es un malestar que lo acompaña todavía en 1985, cuando publica una de sus novelas mayores, City of glass. Conoce perfectamente la sensación porque viene acompañada de una duda. A veces se pregunta si esos ojos vagamente interesados que creyó ver después de su discurso, si esas sonrisas de alegría y comprensión, no eran, en el fondo, una huella de burla e ironía como las que tuvo que soportar Don Quijote en su entrevista con Don Diego de Miranda.
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2:23 a. m.

Carlos Fuentes tiene un ensayo sobre el Quijote y la etapa histórica en que se publica la novela. Se llama: Cervantes o la crítica de la lectura.
Es un libro muy bueno.
Hace unos minutos fui al librero, busqué el ensayo, lo abrí y pude leer, subrayado por mi pluma negra, lo siguiente:
"...las posibilidades que negamos son sólo las posibilidades que no conocemos."
Auster: Posiblemente esas miradas sí eran de ironía.    



11:25 a. m.

Paul Auster es el mejor narrador que he leído desde 1923.    



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