<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/plusone.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID\x3d10113008\x26blogName\x3dEl+diario+de+Antoine+Doinel\x26publishMode\x3dPUBLISH_MODE_BLOGSPOT\x26navbarType\x3dBLUE\x26layoutType\x3dCLASSIC\x26searchRoot\x3dhttp://luishernancastaneda.blogspot.com/search\x26blogLocale\x3des_ES\x26v\x3d2\x26homepageUrl\x3dhttp://luishernancastaneda.blogspot.com/\x26vt\x3d5526237926896174234', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Amor perdurable

"Querido Joe: siento que la felicidad me invade como una descarga eléctrica. Cierro los ojos y te veo como estabas ayer en la lluvia, en la otra acera, con el amor callado entre los dos tan sólido como un cable de acero. Cierro los ojos y doy gracias a Dios en alta voz por haberte dado la existencia, por consentir que yo viva en el mismo tiempo y lugar que tú, y por permitir que exista esta extraña aventura entre los dos".
La extraña aventura de la que habla Jed Parry, el autor de esta carta, no es una aventura erótica convencional, un sencillo asunto de infidelidad o un secreto affaire homosexual. El tema de la novela de Ian McEwan es una fijación enfermiza, una infatuación (en las dos acepciones de la palabra) peligrosa y, al parecer, estrictamente imaginaria que ha llevado a Parry a inventarse un "amor perdurable" que lo une de forma clandestina a Joe, un escritor cuarentón al que apenas conoce y que ni siquiera parece admitir la existencia de ese amor. Joe es un escritor de libros científicos que un buen día decide ir de paseo al campo con su esposa Clarissa y presencia por casualidad la caída de un globo aerostático cuyo tripulante muere trágicamente. Jed Parry es uno de los curiosos que ven el accidente junto a Joe y Clarissa, pero, a diferencia de los demás testigos, la contemplación de la muerte le deja una profunda secuela: el súbito nacimiento de un amor sin causa aparente que termina convirtiéndose en una obsesión cargada de metáforas religiosas y poesía romántica barata. Después del accidente del globo, a pesar de que no han cruzado más de dos palabras, Jed empieza a seguir a Joe, a acosarlo sistemáticamente. Lo espera en la esquina de su departamento, lo espía en sus recorridos por Londres, le escribe cartas amorosas y promete "guiarlo a la luz divina a través del amor". Lo curioso es que Jed afirma que Joe es el culpable de sus sentimientos, que le deja mensajes secretos para avivar su pasión, que se muestra duro con él únicamente para hacerlo sufrir, y que, en el fondo, Joe también está enamorado, pero no se atreve a admitirlo. La interpretación de Joe es fría y racional: Jed Parry es nada más que un fanático religioso, un loco en trance místico que deforma la realidad para adecuarla a sus deseos, una víctima del síndrome de Clérembault (definido como una obsesión homoerótica con matices religiosos) que ha decidido destruir su vida (bastante normal hasta la aparición de Jed), poner en peligro su relación con Clarissa (un matrimonio maduro y feliz) y probar su paciencia con un despliegue irracional de imaginación perturbada. Joe mantiene esta versión hasta el final de la novela, cuando decide comprar un arma y solucionar su problema de acoso disparándole un tiro al culpable de todo. Así que le dispara a Jed Parry en su propio departamento (Parry ha forzado su entrada y tiene de rehén a Clarissa) y, una vez que la amenaza ha desaparecido, empieza a recoger uno a uno los fragmentos de su vida destrozada.
Al citar una carta escrita por Parry, quizá he dado la impresión de que la novela está narrada a través de su voz. En realidad, las cartas de Parry son excepciones, capítulos interpolados en la trama de orden y sensatez que define la prosa de Joe, el narrador central de la historia. Si Parry aparece descrito como un simple lunático que no sabe distinguir los sueños de los hechos, se debe a la participación de Joe, que también aporta una visión bastante subjetiva del problema a pesar de sus declaraciones de amor por la objetividad. Para entender la visión de este personaje hay que recordar su pasado: un ex estudiante de física que jamás pudo dedicarse a la investigación académica seria, Joe tuvo que conformarse con el periodismo y empezó a escribir "libros de divulgación científica", en otras palabras, "obras literarias" tan importantes y complejas como El código Da Vinci, La conspiración y una serie de novelas históricas de gran acogida en la actualidad. Esta actividad le trajo éxito económico, pero también una gran frustración personal y una tendencia creciente a odiarse a sí mismo con el paso de los años. La escritura de Joe está contaminada por sus sueños universitarios de convertirse en científico. Cada acto de la vida cotidiana, cada descripción de un lugar o de un estado anímico es para él motivo de una extensa digresión sobre los agujeros negros, las teorías evolucionistas o el genoma humano. McEwan consigna, como apéndice de la novela, una bibliografía de textos que le sirvieron para crear el discurso de Joe, una voz que se debate entre la ternura pseudolírica hacia su mujer, Clarissa, y un complejo de erudito genial que muchas veces termina entorpeciendo la lectura, sea por la cantidad de párrafos prescindibles dedicados a los hábitos nocturnos de los dinosaurios en Hungría, o por lo detestable que puede llegar a ser la personalidad del narrador. Más allá del mérito de haber adaptado ciertos elementos del lenguaje científico a una obra literaria, el mayor acierto de Amor perdurable es precisamente la creación de Joe, este personaje insufrible, y no por sus habilidades como observador de la conducta humana, sino por el lado cómico que empieza a desarrollar con el avance de los capítulos. Joe se transforma en una especie de payaso de la racionalidad que nos sorprende y divierte con su admiración por la ceguera. La forma en que ridiculiza el amor de Parry es una técnica de autofagia retórica, pues lo único que consigue es poner en duda la demencia del fanático religioso y despertar sospechas en torno a su propia salud mental. El hecho de que transforme una historia con gran potencial no desarrollado en una aventura policial sin mayor brillo es una prueba más de que su lectura de la realidad es parcial y poco satisfactoria, a pesar de su supuesta hegemonía, de poseer un respaldo científico frente a los desvaríos mistico-poéticos de Parry. Lo más interesante está, sin duda alguna, en la confrontación de estos dos lenguajes cerrados, el de Joe y el de Parry, tan contradictorios y excluyentes, tan seguros de su propia solidez y legitimidad para establecer una verdad indestructible. Finalmente, ninguno de los dos escucha al otro, ambos tergiversan el discurso ajeno y lo convierten en objeto de burla o rechazo sin darle crédito alguno. No sé cuál de los dos discursos es el original y cuál es la parodia, pero en todo caso ambos padecen del mismo carácter exagerado y auto-evidente de la caricatura deliberada. En cierto momento, Clarissa acusa a su esposo de haber inventado a Jed, de haber imaginado que alguien lo acosa para traer un poco de emoción y romanticismo a su vida de divulgador científico o ratón de bibliotecas prestadas. Me parece más verosímil pensar que Clarissa ha creado a Jed, que le ha dado forma a un personaje fanatizado con la intención de demostrarle a su esposo, a través de la inteligencia y la imaginación, cuán limitado es su punto de vista y cuánta ceguera contiene su objetividad. Sería el mejor ejemplo de "amor perdurable" que se pueda encontrar en esta novela sobre la incomunicación y los malentendidos.
« Home | Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »
| Next »

12:20 p. m.

Me parece que tu temor a criticar abiertamente un libro que no te ha gustado (pero que es de un autor consagrado) te impulsó a disfrazar lo que consideras "defecto" de "virtud". No has mentido sobre lo que "hay" en el libro, pero se nota que la valoración que le das en tu post encuentra su exacto contrario en tu mente. Valor, autores jóvenes!    



1:09 a. m.

Amor perdurable me gustó, pero Expiación me pareció mejor, no se si ya la leiste, es excelente.

Me gustó mucho tu reseña.
Saludos    



10:10 a. m.

Leí Niños en el tiempo y Amor perdurable. Me he comprado Amsterdam. No encuentro Expiación, seguiré buscando.    



» Publicar un comentario