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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Presentación de 1922


















Imagino que todo escritor joven que publica por primera vez debe sentirse como un ave migratoria. Ha sido, durante la mayor parte de su vida, un lector, alguien que observa en silencio a los escritores y se limita a alzar la voz para comentar sus libros. Sin embargo, llega un momento para algunos de estos jóvenes lectores en el cual su experiencia de la literatura se dilata para sumar una nueva actividad, la de someterse a la mirada ajena en calidad de creadores. Y no es tarea fácil. Implica someterse al juicio de los otros, pero sobre todo, a la autocensura, y lo que es aun peor, la autocensura retrospectiva. Publicar un libro, dejar que pasen algunos meses o años, y volver a él para apreciar los aciertos y los errores puede ser un ejercicio humillante. Uno descubre que las frases que antes creyó bellas o apropiadas, están sencillamente mal escritas. Advierte que no es tan bueno como pensaba, que ha vivido engañado, confiando ciegamente en la imagen que solía tener de sí mismo y de su obra, para luego darse cuenta de que esa imagen mentía. Ha sido reemplazada por otra. El autor reconoce que el libro que escribió, no es realmente el libro que creía estar escribiendo. Peor aun, que esa nueva lectura de su obra, la que realiza tiempo después, transcurridos los meses o los años, no es, necesariamente, más verdadera o precisa que la que prevaleció en el pasado. Es una lectura más, contingente, frágil y condenada a nuevos cambios. Finalmente, uno aprende a desconfiar sistemáticamente de su propio juicio, porque todas las verdades están sometidas a un devenir incontrolable. No ha escrito un solo libro, como antes pensaba, sino muchos: uno distinto para cada etapa de su vida. 1922 acompañará a Edwin Chávez hasta que cumpla treinta o cincuenta años. Las cosas que ha escrito no pueden ser borradas. Aunque quiera olvidarlas, es imposible. Ni siquiera incinerando los quinientos libros que componen el tiraje de esta primera edición, y prohibiendo reediciones futuras podría conseguirlo. Todas y cada una de las palabras que ha escrito continuarían existiendo en su memoria. Uno puede disculparse, decir "era joven, tenía derecho a equivocarme", pero esta excusa es menos poderosa que la íntima convicción de que las palabras son más reales y duraderas que quien las ha producido. Edwin Chávez está perdido, y para siempre. Él mismo ha decidido condenarse. Se ha puesto la soga al cuello, y lo más extraño es que parece disfrutarlo. Le da placer. En conclusión, es demasiado valiente para su propia debilidad.
Me parece que este es el tema de los cuentos de 1922. Su intención es hacer literatura sobre la literatura. En cierta forma, toda línea escrita con la intención de crear un efecto literario remite a una tradición, pero la idea de Chávez parece sutilmente distinta. El propósito es hablar, explícitamente, de los libros del pasado, de las vidas de otros escritores, y reflexionar, a partir de ellos, sobre el acto mismo de escribir, el significado de la literatura para la existencia de ciertas personas. No se trata de buscarle un peso social, una función revolucionaria o concientizadora, sino de internarse, cada vez más, en un mundo apartado, casi secreto, una región donde el único deber moral es el de sopesar las palabras, imprimirle forma a una historia o encontrar el hilo que da coherencia al perfil de un personaje. Por esa razón, existe una afinidad entre Chávez y escritores como el mismo Iván Thays, o el español Vila Matas, autor del libro Bartleby y compañía. Esta novela es una especie de enciclopedia de las biografías de ciertos narradores y poetas que han declarado su propia muerte literaria al renunciar a su oficio. Aparece, por ejemplo, Westphalen, para hablar de peruanos. El narrador que cuenta las historias es un viejo novelista fracasado, que escribe sobre los demás porque no tiene nada que decir sobre sí mismo. Ha perdido o quizá nunca tuvo el don de la palabra original. Mi pregunta siempre ha sido, ¿será que Chávez se identifica con este narrador, o acaso lo considera un anti-modelo, un personaje repudiable a quien censura por su falta de coraje, pero temiendo secretamente convertirse en él? ¿Edwin Chávez teme dejar de escribir, o hacerlo mal, o de ser un mediocre? Y si es así, ¿por qué esto le parece tan terrible e importante? Si estoy en lo cierto, imagino su pavor al enfrentarse al libro de Vila Matas, pero también el morbo que lo impulsó a exorcizar sus propios temores a través de la lectura de esta novela. Algo así como asomarse al abismo sin caer en él, presenciar la caída de alguien más para entender cómo evitarla en carne propia. Porque Edwin Chávez quiere vivir, de eso estoy seguro, y sobre todo seguir escribiendo. Para mí, es la encarnación del entusiasmo, pero también de la disciplina necesaria para concretarlo en un texto. No conozco a una persona más convencida de la necesidad de transformarse a sí mismo en un escritor, y tampoco mejor preparada para asumir los arduos trabajos, las noches de insomnio y los días de ansiedad que semejante tarea implica.
Dos cuentos suyos desarrollan esta idea. Me refiero a 1922, el cuento que abre la colección, y Los escribas de AE, el relato final. Ambos son relatos extensos, de más de veinte páginas, que no cumplen el requisito del knock-out cortazariano, sino que ganan por puntos. Son historias que se contradicen entre sí, que presentan situaciones diametralmente opuestas. En 1922 hay cuatro fragmentos, y cada uno narra un episodio de la biografía de Rilke, Proust, Joyce y Kafka. Vemos a estos grandes escritores en el punto culminante de sus vidas, mientras escriben o están a punto de escribir las obras que les dieron renombre. Nos enteramos, también, del precio que han tenido que pagar para lograrlo: han renunciado al mundo, a la vida cotidiana de los seres humanos comunes y corrientes, y a todo contacto con sus semejantes. Están completamente solos. Pero son creadores, y eso los redime. En el otro cuento, Los escribas de AE, conocemos la otra cara, la del escritor frustrado. Es la historia de un grupo de estudiantes universitarios que han asumido las identidades de sus autores favoritos: por ejemplo, uno se hace llamar Poe, otro es conocido como Homero. Bajo estos seudónimos, tratan de publicar una revista literaria, pero fracasan en el intento y finalmente todos dejan de escribir. Muchos años después, se vuelven a ver en una reunión para recordar la muerte de su líder, un personaje misterioso que ha fallecido en extrañas circunstancias. La intriga se resuelve siguiendo un modelo de corte policial, pero eso no es lo más interesante. Quisiera decir que, cuando leí este cuento, y llegué a la escena de la reunión de los ex-escritores, tuve la impresión de estar presenciando un encuentro de almas en pena. Me sentí en Comala, en una especie de infierno literario. En un sentido metafórico, todos los personajes son espectros que viven del pasado, recordando a la menor excusa su existencia previa a la renuncia, el momento en que abandonaron la literatura. Están ahí, presentes, pero su lenguaje los contradice, las anécdotas que relatan tiene veinte, treinta años de atraso. Las siento impregnadas de una nostalgia feroz, no plácida y contemplativa, sino rencorosa, amarga. Es obvio que se odian a ellos mismos. Su discurso se divide en tres dimensiones: el pasado de la escritura, el instante doloroso de la muerte y el presente inmóvil de quien mira hacia atrás para confesar sus faltas sin esperar ninguna clase de perdón. El escriba Kafka, por ejemplo, es un triste remedo del Kafka real, un doble negativo, una parodia desesperada que ha hecho todo lo posible por identificarse con el modelo original, pero sin éxito. En el segundo cuento, Kafka no es un escritor, es sólo un hombre desgraciado, y lo mismo es cierto para los demás personajes. 1922 y Los escribas de AE plantean dos mundos paralelos que comparten una pálida semejanza y una trágica diferencia.
No quiero hacer psicología, pero la relación es evidente. Hay un vínculo inevitable, casi autobiográfico, entre Edwin Chávez y sus personajes. Sugiero que el autor nos ha hablado de sí mismo en tercera persona. Se trata de un proceso bastante normal en los escritores jóvenes, una forma de mirarse al espejo y comparar dos imágenes: la presente y la futura. Cuando hablo con él, la mitad de los verbos que emplea suelen estar en tiempo futuro. Le gusta tomarse a sí mismo como personaje y colocarse en situaciones hipotéticas. En algunas, es un escritor, y en otras un Don Nadie. También se desdobla, como los escribas de su cuento. Ha querido imaginar los dos resultados posibles de la aventura que emprende hoy con la publicación de este libro: fracasar en el intento, o seguir escribiendo para contarnos cómo escapó de sus propios temores. Escribir sobre tiempos pasados, ciudades imaginarias, o personas que jamás hemos conocido, son formas de anticiparse al futuro y de contemplarse a uno mismo vicariamente, a través de experiencias ajenas que sólo son lejanas en la superficie. Haber nacido en Iquitos, en Lima o en Londres son datos congelados en una reseña biográfica: la materia prima de una metamorfosis que tiende a lo nuevo, a la creación. Espero que Edwin logre atar los cabos de todas sus proyecciones, unificar los opuestos a través de la literatura y reconciliarse, de este modo, con las expectativas que se ha forjado. Si continúa trabajando con la misma dedicación y fortaleza de siempre, estoy convencido de que algún día llegará a su propio infierno, el único lugar donde un escritor puede sentirse satisfecho. Y cuando llegue, seguramente no se quejará.
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7:44 p. m.

Que tal, Luis. He llegado a tu blog por casualidad. Me da gusto encontrar a gente de mi edad comprometida con la literatura y que además, escriba bien.
Ese libro, 1922, tiene una portada hermosa. Por lo que dices, me gustaría más leer el cuento que le da nombre al libro, el cual me parece muy bueno "1922".
Coincido contigo, los jóvenes de ahora escribimos, y quizá excesivamene, en tercera persona. También creo (eso no lo dices y me gustaría saber tu opinión) que la novela Bartleby y compañía se está convirtindo poco a poco en uno de los libros contemporáneos más leídos de nuestra generación. La visualizo como un directorio, como una catalogo de escritores, como una advertencia de que esa "enfermedad" existe. Pero creo que más que enfermedad, es una etapa que todo escritor tiene que experimentar tarde o temprano.
Te invito a mi blog, a compartir puntos de vista, a estar en contacto.

Un saludo desde México,
Josué Barrera    



10:19 a. m.

Definitivamente, el libro de Vila Matas es una novela para escritores. Gracias por la invitación. Está bueno tu blog. Saludos desde aquí.    



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