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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Gángsters de biblioteca

Recuerdo perfectamente que, desde que tuve uso de razón, siempre quise pertenecer a una mafia literaria. Entre las innumerables opciones que te ofrece la literatura peruana, yo siempre estuve convencido: la argolla era lo mío, fue amor a primera vista. En mi opinión (y los cachorros solemos tener buen juicio para estas cosas), ser un mafioso era infinitamente superior que ser un Joyce de bolsillo. Desde siempre, incluso antes de haber comprendido las razones profundas, el mayor de mis deseos fue formar parte de la organización, pertenecer al grupo, ser uno más de ellos, un mafioso verdadero. Nunca quise hacer otra cosa. Escribir, el hecho de escribir siempre quedaba en un segundo plano. Lo que deseaba en realidad, en el fondo de mi negro corazón, era que los grandes de la argolla peruana me aceptaran en sus filas, que me contaran como a uno de los suyos, para luego poder gozar de los beneficios del poder, de la hermosa corrupción: fotos en las revistas más leídas de Lima; elogios de la crítica especializada; entrevistas en los diarios; conferencias, presentaciones y lecturas, no importa sobre qué temas o asuntos, con tal de que haya un auditorio para escuchar mis palabras y alimentar mi profundo deseo de figurettismo intelectual; y sobre todo, claro está, dinero, mucho dinero, todo el dinero que es capaz de producir la industria literaria en el Perú. Esa fue mi opción. Si alguien me hubiese preguntado el porqué, yo habría respondido que ser un mafioso significaba ser alguien en un ambiente literario lleno de pobres diablos. De otra manera, ¿cómo haría yo para hacerme notar en esa oscura turba de poetas, narradores y dramaturgos (que no los hay, parece) mediocres que publican en editoriales de mala muerte y jamás aparecen en televisión? La otra posibilidad era escribir, tratar de escribir bien, pero claro, hubiese sido una pérdida de tiempo con la que no estaba dispuesto a correr. Además, ¿acaso basta escribir bien? No, claro que no, escribir bien, o escribir mal, son asuntos completamente ajenos, completamente distintos de aquello que nos interesa de verdad: el control. Porque, a fin de cuentas, los argolleros no eran como los demás y no estaban sujetos a ninguna limitación ética o moral. Podían hacer y decir lo que quisieran y nadie se animaba a criticarlos, y si por casualidad alguna voz limpia, clara y honesta hacía escuchar su protesta, la mafia no tardaba en enviar a sus esbirros para lavarle el cerebro al santurrón desubicado. Fuera de estos payasos de la moralidad, todos los respetaban. Gracias a ellos yo podía ir a donde quisiera, publicar cualquier bodrio que se me antojara y, por supuesto, burlarme de todos los fracasados que todavía pensaban que una carrera literaria se hace con talento, trabajo y dedicación, todo con el afán de que algún erudito del siglo XXV les haga justicia al incluirlos en algún apéndice de su Canon Occidental. Conocía a todo el mundo y todos me conocían a mí, pero lo más importante de todo es que nosotros, solo nosotros los mafiosos, estábamos en condiciones de construir la "verdad"; para ser más exacto, no la construíamos, sino que la inventábamos, la prostituíamos, la hacíamos trabajar para nosotros. ¿Qué podía importarnos que los criticones locales se machacaran el cerebro tratando de elaborar argumentos complejos, sutiles y contundentes para desenmascararnos, si finalmente a ellos nadie los iba a escuchar (porque nosotros no publicábamos sus cartas, artículos y ensayos)? Nosotros, los mafiosos, guardábamos silencio ante sus chillidos, nos sonreíamos con elegancia y con pudor, porque sabíamos que nada iba a cambiar. Mientras tuviéramos el poder en nuestras manos, el Perú seguiría siendo un buen país donde vivir.
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