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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

El telón invisible

Duval fue mi primera presa. La primera mujer que encontré, luego de haber ensayado inútilmente durante años. En el fondo, si hubiera dependido exclusivamente de mí jamás la hubiera reconocido. Ella tuvo que forzar nuestra reunión, destrozarme para lograr que mis ojos abandonaran su vieja costumbre de invertir el camino, de explorar mi interior como si se tratara de una región vasta, interminable, llena de habitaciones sombrías para los espectros, burdos reflejos de los rostros que me rodeaban. Las otras mujeres, las que capturaba bajo las órdenes de Dios, eran sólo simulacros, tristes muñecas inflables cuya única función era prepararme para la hecatombe. Yo era un cazador de espejismos que un mal día tropezó con un descubrimiento. Algo sólido, palpable, definitivo. Una mujer de carne y hueso, ya no una imagen proyectada sobre una pantalla por mi linterna mágica. Y antes de que acabara de comprender el sentido de ese magnífico cambio de papeles, perdí a Duval. Era una situación sin salida: para evitar la ruptura, hubiera sido necesario que yo comprendiera la verdad, pero el requisito indispensable para poder comprenderla era experimentar antes aquella ruptura. Me transformé en algo frágil, un títere manipulado por circunstancias que escapaban a mi control. A mi maldita inteligencia, a mi maldita vanidad, a la maldita creencia de que dominar las palabras como nadie era suficiente para dirigir los hechos, para imprimirles un sello inapelable, como si fuera un gran director, otro Dios. Perdí a Duval. Fue mi culpa, y al mismo tiempo culpa de alguien más, no sé de quién. La parte de culpa que me correspondió se concentraba, ahora lo entiendo, en esa incurable propensión a regresar siempre al reino de las hadas nocturnas. Mis adoradas perras, aquellas putas invisibles. Un mundo de seres vacuos, complacientes, fácilmente manipulables. Algo así como ingresar a una pecera repleta de bellos animales muertos, maniquíes perfectos, cadáveres impecables cuya apariencia me recordaba su forma viva. Sombras incapaces de articular una palabra. Duval era como una ciudad desconocida. Ella no estaba en San Andrés, era más grande que San Andrés, nos superaba a todos, nos incluía. Me llevaba en su regazo. Me perdonaba. Su mente volaba lejos de la mía. Toda unión con ella sería siempre imperfecta, delicada, preciosa. Su estado salvaje era más impredecible de lo que yo podía tolerar. Una estatua que cobra vida. Un día me lo demostró. Osó ejercer la libertad de abandonarme, de abandonar el amor que sentía por mí. Ignoraba que poseyera esa facultad: anticiparse a mis órdenes, transgredirlas antes de que las hubiera formulado. En un principio, sentí rabia. Furia y asco. Asco de imaginar que el mismo cuerpo que yo había tocado estuviera siendo acariciado por otra mujer. Este pensamiento me vinculaba con algo insoportable, superior a mis fuerzas. Imaginaba los besos, y cada uno de ellos me alejaba más de Duval. La odiaba, y al mismo tiempo, me empeñaba en conservarla cerca, atrapada en la dimensión de mis sueños. Quizá para recordarme la traición y dejar crecer mi odio, evitando la nostalgia, el temido perdón. Perdonarla hubiera sido como reconocer que yo no existía, que nunca había existido. Que nunca fui quien pensaba ser. Imaginaba largos discursos y se los transmitía en silencio. Se los recitaba a la parte de Duval que residía en mí. Eran discursos interminables. El contenido siempre era el mismo: le hablaba de mi vida, de cómo habían cambiado las cosas desde que se fue y de cómo todos aquellos cambios eran culpa suya. He paseado durante horas por estas calles, con aquella voz encerrada en mi mente, perdido. Y juro que ella me contestaba. Era mi deber inventar sus respuestas, como siempre había hecho. Siempre súplicas, confesiones. Ella pedía perdón. Obligué a la parte de Duval que seguía existiendo en mí a humillarse. La denigré. Me atemoriza recordar esa crueldad. Es peor que matar. La muerte es silenciosa. Aquello era una selva de lenguaje. No pude soportarlo. Poco a poco, las voces fueron acallándose. Los discursos perdieron su ferocidad a fuerza de repetirse. Quedaron reducidos a un eco lejano, cada vez más parecido a la quietud. Duval empezó a morir. No murió hoy, no morirá mañana, empezó a morir desde ese día. Esa fue mi verdadera traición, el auténtico motivo del rencor que me guardo. Pero el eco de su muerte jamás desapareció. Aún me acompaña, no sé cuándo se irá. Es una nota persistente, asordinada, punzante. A veces pienso que estoy loco. El eco dice: atraviesa el telón invisible. Es una orden, una necesidad. Yo le temo al telón invisible. Temo desaparecer si me atrevo a cruzarlo.
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8:15 p. m.

Que tal, soy Josué Barrera. Una pregunta: ¿este cuento es tuyo? Y si es así: ¿te gustaría que saliera publicado en una revista local que un amigo y yo andamos armando?
Avísame, por favor. O escríbeme a: josuebarsa@gmail.com

Un saludo,
Josué    



11:27 p. m.

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