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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Detrás del muro

- Lo que tenemos aquí es un muro sencillo - continuó Murks -. Seiscientos metros de largo y seis metros de alto, diez hileras de mil piedras cada una. Ni curvas ni esquinas, ni arcos, ni columnas, nada de adornos de ninguna clase. Simplemente un muro liso y recto.
- Seiscientos metros - dijo Nashe -. Más de medio kilómetro.
- Eso es lo que trato de deciros. Este niño es un gigante.

- No lo acabaremos nunca - dijo Pozzi -. Es completamente imposible que dos hombres puedan construir ese monstruo en cincuenta días.
- Según creo - dijo Murks -, no tenéis que hacerlo. Simplemente cumplís vuestro tiempo, hacéis lo que podáis y ya está.
- Así es, amigo - dijo Pozzi -. Exactamente.
(Paul Auster. La música del azar, 1990).

Jack Pozzi y Jim Nashe están atrapados. El primero es un chiquillo de jeans sucios y casaca de cuero que suele rondar los casinos de las Vegas cazando un golpe de suerte que nunca llegará, y el segundo es un hombre de cuarenta años que ha sido abandonado por su mujer y se dedica a conducir, viajar de acá para allá por los Estados Unidos mientras espera a que se le acabe el dinero. Se conocieron hace poco, en una encrucijada de la carretera, y aunque no puede decirse que sean amigos, desde ahora se convertirán en compañeros de trabajo. Su misión es satisfacer el capricho de Flower y Stone, dos millonarios excéntricos y presuntos enfermos mentales que acaban de ganarles la última partida de póker. Luego de despilfarrar todo su dinero en una serie de derrotas facilitadas por la temeridad de dos vagabundos sin nada que perder, Pozzi y Nashe han apostado lo único que les queda: su fuerza física para levantar piedras y depositarlas una sobre la otra. El muro que están obligados a construir es una edificación sin sentido. Flower jamás revelará el propósito de la obra, y Stone lo secundará en su silencio. Tan sólo construyan el muro, les dicen, que lo demás nos corresponde a nosotros. Su trabajo no es hacer preguntas.
Once años después, el escritor norteamericano Chuck Palahniuk (en la foto) publica Asfixia (2001), una novela que narra la historia de Victor Mancini y su camarada Denny, dos inadaptados con vagas reminiscencias de los memorables Nashe y Pozzi. Victor, el narrador, es un estudiante de medicina que nunca terminó la carrera y se dedica a estafar a los comensales de los restaurantes que visita cada noche, todo con la intención de reunir dinero para los gastos de hospitalización de su madre, una hippie con demencia senil. Durante el día, Victor trabaja junto a Denny en un parque temático dedicado a la América colonial, donde ambos representan el papel de campesinos. Para redondear un argumento extravagante, Victor es un adicto sexual en recuperación y Denny es un subnormal que no puede pasar un día completo sin masturbarse treinta veces. La mayor parte de su vida transcurre en el cepo del parque temático, donde suele ser castigado por atentar contra la verosimilitud histórica: llevar un reloj de pulsera o dejar visible un tatuaje. Victor se encarga de convencernos de la estupidez de su amigo, pero también de su voluntad de superación. A la mitad de la novela nos enteramos de que ha conseguido una novia (el antídoto perfecto para el onanista compulsivo) y de que juntos han emprendido una extraña aventura: recolectar piedras para levantar un edificio. Cuando le preguntan de qué clase de edificio se trata, Denny responde que no lo sabe. Lo suyo es construir, interesarse por el proceso y no por el resultado. Sin embargo Palahniuk, el autor, no es tan evasivo como su personaje y se anima a escribir lo siguiente en la última página de su novela:

Es grotesco, pero aquí estamos, los pioneros, los zumbados de nuestra época, intentando construir nuestra realidad alternativa. Construir un mundo a partir de piedras y caos.

La novela termina dos párrafos después, pero la idea de aquel "mundo" nuevo, aquella utópica sociedad norteamericana creada por los marginales sin destino, por los excluidos de la radiante cultura del progreso a partir de sus propias debilidades e insuficiencias, ocupará para siempre un lugar privilegiado en mi memoria, indivisiblemente unida a mi opinión sobre la obra de Chuck Palahniuk. Un recodo lejano, por supuesto, del muro que siguen construyendo Jim Nashe y Jack Pozzi, tan silenciosos y perplejos.
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