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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Un personaje de ficción (sobre Solaris de Tarkovsky)



La mayoría de las películas de ciencia ficción que estamos acostumbrados a ver suele compartir una visión idealizada de la tecnología que se manifiesta especialmente en la construcción de los escenarios: espacios dominados por la pulcritud y la perfección, atmósferas silenciosas, metálicas y luminosas que representan el triunfo de la arquitectura y parecen monumentos al orden y a la razón. Pero nada de esto existe para recibir al doctor Kris Kelvin (Donatas Banionis) cuando llega por primera vez a Solaris, una estación espacial que orbita un planeta enteramente cubierto por un océano desconocido que parece ejercer una influencia misteriosa sobre los científicos que pretenden estudiarlo. Solaris es una estación en ruinas, un esqueleto espacial que reproduce en sus oscuros y tortuosos pasillos, en sus recintos deshabitados y en su caótica distribución espacial una suerte de infierno interior del que ninguno de los personajes podrá escapar. La inmensidad del espacio abierto contrasta con el hermetismo de este bosque de metal, el lugar propicio para la maravilla o la aparición: luego de confirmar que el doctor Guibariane se ha suicidado después de perder la razón y que los dos únicos sobrevivientes, Snout y Sartorius, están más preocupados por mantener la cordura que por conducir una verdadera investigación científica, Kelvin decidirá tomar una siesta en su camarote tras la cual lo espera un reencuentro perturbador que se consolidará como el núcleo de la película.
Apenas abre los ojos, descubre que una mujer lo está observando desde la oscuridad. Por unos instantes es incapaz de reconocer lo insólito de la aparición y no se sorprende cuando la mujer se acerca a su cama y se inclina para besarlo. Aceptar el saludo de Hari (Natalya Bondarchuk), su esposa muerta diez años atrás, empieza siendo un acto natural, un reflejo automático que no tarda en dar paso al pavor. Vemos el desconcierto, la absoluta perplejidad en el rostro de Kelvin, pero también sus esfuerzos por mantener el control y ofrecer a la mujer resucitada una respuesta tierna, delicada. Hari está de regreso y Kelvin se debate entre la incredulidad y la gratitud por este milagro aparentemente inexplicable. La primera hipótesis racional, que descartamos rápidamente, es que se trata de una visión, un fantasma generado por el sueño. Sartorius ofrece una explicación científica: el océano de Solaris no es sola una gigantesca masa de agua sino una suerte de cerebro cósmico, un organismo pensante que se infiltra en la memoria y el corazón de los hombres para extraer imágenes y proyectarlas como encarnaciones físicas, cuerpos materiales de apariencia humana que hablan, piensan y sienten como los seres humanos. Sin embargo, en un contexto donde la ciencia aparece devaluada y es incapaz de construir teorías plausibles, Kelvin solo cuenta con sus emociones para interpretar la realidad. Y sus recuerdos lo traicionan: se considera a sí mismo parcialmente responsable de la muerte de Hari, mejor dicho, de su suicidio. Encontrarse una vez más con ella, sea un fantasma, una mera proyección o un ser humano real, es una segunda oportunidad para negociar con la culpa y para demostrar su amor.
Tarkovsky nunca responde a la pregunta por la identidad de Hari, pero nada nos impide tomarla como un personaje de ficción. Surgido de los recuerdos más traumáticos de Kelvin, el espectro de la mujer proviene del sueño, de un tumultuoso océano inconsciente, como todos los personajes que tienen la capacidad de conmover a su creador. En primer término, Hari carece de memoria y de una percepción de su propio ser, hasta el momento en que se detiene a comparar su imagen en el espejo con una fotografía guardada por el científico y llega a la conclusión de que su existencia es una imposibilidad. La supuesta Hari experimenta un proceso de autorreconocimiento que termina con esta declaración: "Yo no soy Hari. Ella está muerta. Sin embargo, estoy convirtiéndome en un ser humano". Este descubrimiento de la autonomía es una toma de conciencia, la confirmación de que su única oportunidad para existir fuera de la mente de Kelvin es aceptar su propia originalidad radical. Si bien su apariencia externa es idéntica a la de una mujer que se suicidió diez años atrás, ella es otra persona y su derecho a vivir no depende de los deseos o las frustraciones del hombre que propició su ingreso al mundo. La identidad de la nueva Hari es el producto de un despojamiento, de la ruptura entre el creador y su creación. El efecto final es el descubrimiento de una maravillosa individualidad.

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7:16 p. m.

Muy bueno tu blog. Saludo desde Argentina e invito a pasar al mío    



2:10 a. m.

Nunca entendi la pelicula    



4:44 p. m.

Una de mis películas favoritas, aguanté las 3 horas y cacho. Creo que fue la primera película de arte que vi en la Pacific Cinematheque de Vancouver, de donde tuve que afiliarme para continuar asistiendo cada día.    



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