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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Todos llevaban un verde gabán



Hace un par de años conseguí mi primer trabajo. Pagaban poco y exigían mucho, pero aun así yo me sentía el desempleado más feliz del mundo. Ya no era solo un simple estudiante, sino también un miembro de aquella especie conocida como “los jefes de práctica”, o sea el factótum del profesor en una prestigiosa universidad limeña. El curso era narrativa y yo tenía 22 estudiantes a mi cargo. La tarea era sencilla: enseñarles todo lo que hay que saber sobre Cervantes y el Quijote en tres módicas sesiones de clase de 120 minutos de duración cada una.
Cerré los ojos y empecé a rezar. Le pedí a Dios que me iluminara para poder lograr mi cometido, y como no respondió, lo intenté con Satanás. Le hablé de mis alumnos: todos tenían entre 19 y 21 años (o sea, mi misma edad) y eran futuros practicantes de derecho, publicistas en potencia, ingenieros o físicos nucleares. Sospecho que sabían tanto de literatura como Sancho Panza, y ninguno había leído el Quijote. Ni siquiera querían leerlo. De eso me di cuenta el primer día de clases. De modo que mi estrategia pedagógica tendría que ser extraordinaria, por no decir milagrosa. ¿Cómo empezar a hablarles sobre Cervantes en esas condiciones? Pero Satanás tampoco escuchó mis oraciones. No me quedó otra salida que abrir mi libro del Quijote y suplicarle una respuesta a Rocinante.
Así llegué a un famoso episodio de la segunda parte, el encuentro de Don Quijote con Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán. Al leer las siguientes líneas, se me ocurrió una idea: “En estas razones estaban, cuando los alcanzó (a Don Quijote y Sancho) un hombre que detrás de ellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido con un gabán de paño fino verde, jironeado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo”.¿Qué habrá pensado este rico, elegante y respetable caballero al ver a Don Quijote en su traje de harapos, convertido en un mendigo loco que recorría los caminos montado sobre un caballo famélico, creyendo que enfrentaba gigantes en vez de molinos de viento? Su locura se le hizo evidente a Don Diego desde el primer momento, pero, como muchos otros personajes de la segunda parte, decidió seguirle la cuerda. Incluso se animó a contarle cosas de su vida: le contó que en aquel tiempo se sentía especialmente preocupado porque uno de sus hijos, un muchacho que debía tener 20 o 21 años (es decir, la misma edad de mis alumnos), había decidido dedicarse a la poesía en vez de emprender un oficio más provechoso, seguro y rentable. En ese momento, Don Quijote lo hace callar y le ruega que no se preocupe por su hijo, pues la poesía no es oficio para hombres de poco entendimiento. A continuación, inicia uno de sus discursos más famosos, un discurso de alabanza y celebración de la poesía y la literatura.
En mi segundo día de clases, leí este discurso en voz alta. Mis alumnos me escucharon hablar como si yo fuera Don Quijote. Dije que los padres deben permitir que sus hijos elijan la ciencia que más les guste. Que la poesía es menos útil que deleitable, pero no suele deshonrar a quienes hacen de ella su señora. La poesía, señor hidalgo de Miranda, señores estudiantes de narrativa, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella”. Después de leer, les pregunté a mis alumnos si ellos creían que un mendigo loco sería capaz de decir cosas tan ciertas, inteligentes y bellas. Y les revelé mi teoría. Les dije que yo no pensaba que Don Quijote estuviera loco. Yo me lo imaginaba, más bien, como un señor muy cuerdo y sensato, que había leído muchos libros y que precisamente gracias a ello, a los libros, podía ver más allá de las apariencias. Una persona que ha leído tanto como Don Quijote no puede observar la realidad como si fuera solo eso, la realidad, porque la realidad siempre es o puede ser más que ella misma. Cuando una persona ha leído lo suficiente, cada hombre le trae a la mente un personaje, cada situación le recuerda un episodio de novela, cada molino de viento le parece un gigante cuyo rostro solo ha visto en la página de un libro. Hablé de estas cosas durante, más o menos, media hora, y podría jurar que vi algunos ojos vagamente interesados al fondo de la clase. Eso fue suficiente para mantenerme contento durante el resto del día. Incluso llegué a pensar que había triunfado, les di gracias a Dios, a Satanás y a Rocinante, y aquella noche me acosté tranquilo. No recuerdo si tuve alguna pesadilla especialmente cruel, pero a la mañana siguiente me desperté con un extraño malestar que no se me quitó en todo ese día, ni en toda esa semana, ni en todo ese mes, ni siquiera, a decir verdad, en todo ese año. Es un extraño malestar que me acompaña todavía. Lo conozco perfectamente. Es una sensación oscura que viene acompañada de una duda. A veces me pregunto si esos ojos vagamente interesados que creí ver después de mi discurso, si esas sonrisas de alegría y comprensión, no eran, en el fondo, una huella de ironía. De sarcasmo, burla y rencor, como los que tuvo que soportar Don Quijote en su entrevista con Don Diego de Molina.

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