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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

La obra flotante de John Barth

miércoles, mayo 25


Llegué a saber que John Barth existía gracias a los comentarios poco generosos que le dedica John Gardner (otro escritor norteamericano, pero diez veces menos talentoso) en El arte de escribir novelas. Este libro de Gardner es un fino compendio de dogmas, prejuicios y normas anacrónicas para jóvenes escritores que desean aprender a escribir novelas, como su título lo indica, ya que no podría ser de otro modo: es seguro que quien decida seguir paso a paso los consejos de este peculiar maestro, no hará más que eso, "escribir novelas". Gardner utilizaba la obra de Barth como un contraejemplo, como una penosa muestra de aquello que "jamás debe hacerse": interrumpir el sueño de la ficción con molestos comentarios introducidos por el narrador en el curso de la ficción, digamos que comentarios "metaliterarios", para utilizar un adjetivo bastante cotizado aunque poco preciso. Es el sueño del programa narrativo de grandes escritores como Vargas Llosa, que buscan - y logran - crear con la forma y el tiempo narrativos un andamiaje invisible para el lector común, aunque exquisitamente presente para el crítico perspicaz. El arte de enmascarar la voluntad, los designios y méritos formales del narrador tras la inmediatez de un mundo ficcional que parece haberse creado solo, sin intervención de una inteligencia externa, plantea al escritor un camino muy difícil de seguir que es, por cierto, enteramente legítimo, y que solo se torna criticable cuando sus seguidores lo asumen con fanatismo y pretensiones universalistas que niegan la validez de otros rumbos alternativos. Es el caso de John Barth y su Ópera flotante (1967), una novela que empieza, como muy pocas actualmente, con una especie de prólogo cervantino titulado Afinando mi piano en el que el narrador, un carismático, excéntrico y excesivamente racional abogado-escritor que combina las mejores cualidades del crítico de Pálido Fuego, del Bernardo Soares del Libro del desasosiego y del ubicuo, discreto y jocoso Sancho Panza - aunque parezca increíble -, explica el porqué del curioso título con que ha venido a bautizar su novela. En sus propias palabras:

Siempre me pareció una buena idea construir un barco de espectáculos con nada más que una gran cubierta y hacer que allí se interpretase sin cesar una obra de teatro. El barco no estaría amarrado, sino que flotaría arriba y abajo del río y el público se sentaría en ambas márgenes. Podrían ver cualquier parte de la obra que se interpretase cuando el barco pasase flotando, luego tendrían que esperar a que volviera con la marea para repescar otra parte si todavía estuvieran allí sentados. Para rellenar los vacíos, tendrían que usar la imaginación, o preguntarle a vecinos más atentos, u oír las palabras que se dicen y pasan de una punta a otra del río. La mayor parte del tiempo, no comprenderían nada de lo que sucede, o pensarían que lo saben cuando en realidad no es así. Muchas veces podrían ver a nuestros amigos, los actores, pero no oírlos; ellos pasan flotando; nosotros les prestamos nuestra atención y debemos depender de los rumores o perderles de vista por completo; regresan flotando y nosotros renovamos nuestra amistad - para ponernos al día - o nos damos cuenta de que nosotros y ellos ya no nos comprendemos más. Y estoy seguro de que así será como funcionará este libro. Es una ópera flotante, amigo, cargada de curiosidades, melodrama, espectáculo, instrucción y entretenimiento, pero flota al azar en la corriente de mi prosa vagabunda. Aparecerá ante tu vista, desaparecerá, espíala de nuevo; y puede requerir los mejores esfuerzos de tu atención e imaginación - además de cierta paciencia, si eres una persona corriente - para seguir el argumento a medida que aparece y desaparece de tu vista.

John Barth es un auténtico heredero de Laurence Sterne y de las digresiones del Tristram Shandy. Antes que de vacíos, el argumento de su novela está lleno de meandros, repliegues, curvas y momentos de reposo que nos permiten enriquecer nuestra experiencia de la ficción con una lucidez que descarta la facilidad de los sueños.

La habitación cerrada: Ciudad de Cristal y Mulholland Drive

martes, mayo 3
Nueva York

Casi al final de Ciudad de Cristal, una de las mejores novelas de Paul Auster, Daniel Quinn, el detective protagonista, pierde el rastro de su caso y termina volviéndose loco. Virginia Stillman, la mujer que lo contrató para proteger a su esposo Peter de las secretas intenciones del padre de este, deja de contestarle el teléfono y nunca más volvemos a saber de ella. Peter Stillman padre, el erudito demente al que Quinn ha estado siguiendo en las últimas semanas, desaparece sin dejar rastro y luego nos enteramos de que se ha suicidado.
Aparentemente, ya no hay más por hacer. Quinn debería regresar a su casa y decirse a sí mismo que todo ha terminado. Sin embargo, el caso que empezó como una farsa, como una impostación o un juego de identidades cambiadas, se ha convertido en una cuestión personal y el detective es incapaz de dejarlo, porque esto implicaría perderse a sí mismo. Quinn decide montar guardia las venticuatro horas del día frente al departamento de Peter y Virginia Stillman para socorrerlos en caso de peligro. Se transforma en un mendigo, pierde la razón de tanto observar las imperceptibles evoluciones de las nubes en el cielo. Finalmente, tras varios meses de espera sin sentido, se queda sin dinero y decide volver a su departamento. Allí descubre que hay una nueva inquilina viviendo en su propia casa y entonces se da cuenta de que lo ha perdido todo, que no es nadie en absoluto.

Los Ángeles

En una escena que trabaja con claves muy parecidas, casi a la mitad de Mulholland Drive, la película de David Lynch, el espectador descubre que todo ha sido un sueño. Como en el cuento cortazariano La noche boca arriba, la realidad no es lo que parecía ser. Betty, la mujer que ha estado soñando con la posibilidad de recuperar la ingenuidad de sus fantasías, se llama en realidad Diane y es una mujer arruinada como actriz y como amante, además de ser una asesina y una suicida en potencia. Frente a la crudeza de su vida real, Diane logra imaginar una existencia alternativa en la que puede salvar a la mujer que ha mandado asesinar, Camilla Rhodes, su propia ex-novia, a la que además todavía ama.
En el sueño, todo es distinto y mejor, pero falso al fin y al cabo. Diane no es Betty y en el fondo es imposible que lo ignore. Los Ángeles puede ser una ciudad limpia y soleada en la fantasía, pero la corrupción reinante en los estudios de cine es un hecho que no puede soslayarse. Así, ella se transforma en detective. El caso es su sueño y despertare es la solución del caso. En su intento por salvar a Camilla (que en el sueño asume la falsa identidad de Rita y no ha muerto asesinada por Diane, sino que ha sufrido un accidente automovilístico que le ha hecho perder la memoria), por descubrir la identidad verdadera de su amante, Betty también se busca a sí misma. La escena clave es la llegada de ambas, Betty y Camilla, al departamento de una tercera mujer que se llama Diane, y que en realidad se trata de la misma Betty que proyecta sus temores sobre un fantasma inexistente. Así como Quinn en Ciudad de Cristal, Betty regresa a su propio hogar, pero solo para descubrir que a ella sí le pertenece. Despertar del sueño es reconocer la identidad del que sueña, reconocer su frustración como actriz y asumir la responsabilidad de haber asesinado a Camilla. Todo esto se presenta bajo el modelo del relato policial, donde el caso es la búsqueda, conducida por quien sueña, de despertar a la realidad y aceptar el nombre justo de las cosas.

En un sentido distinto, Quinn también se busca a sí mismo. Salvar a Peter Stillman es tener la segunda oportunidad de salvar a su hijo muerto, y entablar una relación sentimental con Virginia es como volver a ver a su esposa ausente. Quinn deja su departamento, su carrera de escritor y sus libros de Edgar Allan Poe porque todo ello forma parte de una identidad que odia, de una persona que quisiera dejar de ser. En realidad, lo que busca es resucitar el pasado, ser el hombre que ya no es. Por esa razón, cuando regresa a su hogar después de haber montado una admirable vigilancia frente al departamento de los Stillman y encuentra que una nueva inquilina se lo ha arrebatado, no cae en la desesperación. Más bien, opta por regresar de inmediato a su puesto de vigía, a pesar de que sabe que nadie lo está esperando, porque quizá sea justamente eso lo que anhelaba en secreto. Quizá también Diane, mientras soñaba con un Hollywood perfecto y con resucitar la pasión de Camilla, tampoco estuviera tan satisfecha, tan segura de desear la tramposa felicidad que nos ofrecen los sueños. Estar pendiente de Peter y Virginia le permite a Daniel Quinn retirarse del mundo y desaparecer del todo; despertar de su ingenuidad y reconocerse como Diane, la pobre y fracasada, es la salida que Betty ha estado buscando para combatir la dulzura de su pesadilla. Quizá la fantasía de volver al pasado o de admitir el presente no sean sino otra metáfora de la imaginación que se consume a sí misma, cuando solo la crueldad y la belleza del mundo real logran satisfacer nuestros deseos más íntimos.

La mujer del detective



Siri Hustvedt. Poeta y ensayista noruega nacida en Minessota en 1955. Se casó con Auster en 1981.

"En un plano personal, considero que Ciudad de Cristal es un homenaje a mi esposa. Es una especie de autobiografía ficticia y subterránea, un intento por imaginar cómo habría sido mi vida si no la hubiera conocido. Por eso tuve que aparecer en el libro como yo mismo, pero al mismo tiempo Auster es también Quinn, aunque en un universo distinto". (Entrevista a Paul Auster).

Daniel Quinn es un detective entregado a las fuerzas del azar; en otras palabras, un hombre común. Una noche, recibe la llamada de una mujer que pregunta por un tal Paul Auster (personaje homónimo del escritor americano), a quien toma por un detective privado. Quinn, escritor fracasado de novelas policiales baratas, decide hacerse pasar por Auster, asume la identidad del detective y se embarca en un extraño caso que no vale la pena reseñar aquí. Lo importante es que, en determinado punto de la trama, Quinn llega a conocer al Auster verdadero. Entonces descubre que Auster no es quien parecía ser. No es un detective privado, sino un escritor como él. Un personaje ficcional que se parece demasiado al Auster de carne y hueso que escribió Ciudad de cristal.
Este Auster dentro del libro está casado con una mujer llamada Siri. Por cosas del azar, que no es tan azaroso como aparenta, Siri es también el nombre real de la esposa de Paul Auster, el hombre detrás de la escritura. No es difícil darse cuenta de que la línea entre ficción y realidad es aquí demasiado delgada como para no sospechar de las secretas intenciones que alientan la creación. Auster se incluye a sí mismo como personaje de su novela, pero no de la manera directa que podríamos esperar. Porque él también es, de alguna forma, Daniel Quinn. Quinn es un Auster que ha perdido a su esposa y su hijo, un Auster paralelo, un Auster oscuro y miserable para quien Siri es solo un deseo imposible. El autor ficcionaliza su propio yo y lo encarna en dos personajes opuestos: el primero, casi idéntico al real, se llama Auster y es un hombre feliz; su alter ego, Daniel Quinn, lo ha perdido todo, incluso a sí mismo.
En la última parte de la novela, el lector descubre que la narración objetiva, tramada por una tercera voz impersonal que roza la omnisciencia, corresponde en realidad a un testigo oculto, un personaje inscrito en el mundo de la ficción que ha dado con el cuaderno rojo de Quinn y se ha decidido a contar su historia. ¿Quién es este misterioso personaje que nunca revela su identidad y se presenta, simplemente, como alguien que conoce los hechos y se dispone a narrarlos sin querer intervenir? ¿Debemos aceptar que se trata de un anónimo, un extra que actúa como un recurso del relato? Parece ser así, pero yo estoy lejos de sentirme satisfecho con una respuesta semejante. Este relator, este cronista de los pasos de Daniel Quinn es – tiene que ser – alguien más. Pero ¿quién?
El mismo Auster – el homónimo ficcional – nos da la respuesta. Cuando se encuentra con Daniel Quinn, los dos escritores conversan sobre Don Quijote y Auster revela una interesante tesis sobre la verdadera identidad de Cide Hamete Benengeli, el supuesto cronista de las aventuras de Don Quijote. Auster nos dice que el verdadero autor del libro no es el árabe que todos suponemos, sino una verdadera conspiración de autores enmascarados. Sancho, que acompañó a su amo en todas sus salidas, guardó en su memoria los hechos acontecidos y se los relató al Cura y al Barbero; ellos escribieron el libro que narraba estos hechos, y el bachiller Sansón Carrasco lo tradujo al árabe. Como último paso, el propio Don Quijote tradujo el manuscrito árabe al castellano. En otras palabras, el personaje ficcional fue también el autor del libro que contaba sus propias aventuras. Don Quijote caballero, Don Quijote escritor. Paul Auster detective, Paul Auster narrador.
Quien narra las aventuras de Daniel Quinn, el narrador en primera persona que revela su existencia al final de la novela, podría no ser otro que el mismo Daniel Quinn. Como Don Quijote, decidió poner por escrito sus propias aventuras y ocultar su identidad de narrador. ¿Por qué habría de hacerlo? Naturalmente, para que nosotros, los lectores, asumamos el rol de detectives y lleguemos solos a la verdad. ¿Podemos quedarnos con esta respuesta? Parece una solución probable para el caso, y sin embargo, si consideramos que el detective es el hombre que descarta lo aparente y toca el fondo de los hechos, ¿qué nos impide dar otro paso y afirmar que si Daniel Quinn es un alter ego de Paul Auster (el escritor dentro de la ficción), Paul Auster (es decir, Daniel Quinn) es también el autor de las aventuras de este falso detective que asume su nombre? Y que lo asume no en vano, sino porque, en realidad, ambos son la misma persona habitando dos universos opuestos, uno luminoso y el otro sombrío. Finalmente, solo nos queda Paul Auster narrando las desventuras nunca ocurridas de una vida que jamás vivió, pero que pudo haber sido la suya si nunca hubiera conocido a su esposa, Siri, una mujer que cruza la línea entre la realidad y la ficción para instalarse como el punto de anclaje entre los fragmentos de una existencia desgarrada. Paul Auster contando la vida de Daniel Quinn, un Paul Auster infeliz: él mismo, una vez más. Pero desechemos por fin esta dudosa línea entre realidad y ficción – que ya se viene haciendo demasiado problemática – y digamos que Paul Auster (el escritor en la ficción) no es otro que Paul Auster (el escritor en la realidad). De esta manera, todo se simplifica. Y solo nos queda la historia de un hombre y su mujer, una mujer que le cambia la existencia y le da un motivo para imaginar la tragedia de una vida que bien pudo haber sido más real que la realidad.

Todos llevaban un verde gabán



Hace un par de años conseguí mi primer trabajo. Pagaban poco y exigían mucho, pero aun así yo me sentía el desempleado más feliz del mundo. Ya no era solo un simple estudiante, sino también un miembro de aquella especie conocida como “los jefes de práctica”, o sea el factótum del profesor en una prestigiosa universidad limeña. El curso era narrativa y yo tenía 22 estudiantes a mi cargo. La tarea era sencilla: enseñarles todo lo que hay que saber sobre Cervantes y el Quijote en tres módicas sesiones de clase de 120 minutos de duración cada una.
Cerré los ojos y empecé a rezar. Le pedí a Dios que me iluminara para poder lograr mi cometido, y como no respondió, lo intenté con Satanás. Le hablé de mis alumnos: todos tenían entre 19 y 21 años (o sea, mi misma edad) y eran futuros practicantes de derecho, publicistas en potencia, ingenieros o físicos nucleares. Sospecho que sabían tanto de literatura como Sancho Panza, y ninguno había leído el Quijote. Ni siquiera querían leerlo. De eso me di cuenta el primer día de clases. De modo que mi estrategia pedagógica tendría que ser extraordinaria, por no decir milagrosa. ¿Cómo empezar a hablarles sobre Cervantes en esas condiciones? Pero Satanás tampoco escuchó mis oraciones. No me quedó otra salida que abrir mi libro del Quijote y suplicarle una respuesta a Rocinante.
Así llegué a un famoso episodio de la segunda parte, el encuentro de Don Quijote con Don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán. Al leer las siguientes líneas, se me ocurrió una idea: “En estas razones estaban, cuando los alcanzó (a Don Quijote y Sancho) un hombre que detrás de ellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido con un gabán de paño fino verde, jironeado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo”.¿Qué habrá pensado este rico, elegante y respetable caballero al ver a Don Quijote en su traje de harapos, convertido en un mendigo loco que recorría los caminos montado sobre un caballo famélico, creyendo que enfrentaba gigantes en vez de molinos de viento? Su locura se le hizo evidente a Don Diego desde el primer momento, pero, como muchos otros personajes de la segunda parte, decidió seguirle la cuerda. Incluso se animó a contarle cosas de su vida: le contó que en aquel tiempo se sentía especialmente preocupado porque uno de sus hijos, un muchacho que debía tener 20 o 21 años (es decir, la misma edad de mis alumnos), había decidido dedicarse a la poesía en vez de emprender un oficio más provechoso, seguro y rentable. En ese momento, Don Quijote lo hace callar y le ruega que no se preocupe por su hijo, pues la poesía no es oficio para hombres de poco entendimiento. A continuación, inicia uno de sus discursos más famosos, un discurso de alabanza y celebración de la poesía y la literatura.
En mi segundo día de clases, leí este discurso en voz alta. Mis alumnos me escucharon hablar como si yo fuera Don Quijote. Dije que los padres deben permitir que sus hijos elijan la ciencia que más les guste. Que la poesía es menos útil que deleitable, pero no suele deshonrar a quienes hacen de ella su señora. La poesía, señor hidalgo de Miranda, señores estudiantes de narrativa, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella”. Después de leer, les pregunté a mis alumnos si ellos creían que un mendigo loco sería capaz de decir cosas tan ciertas, inteligentes y bellas. Y les revelé mi teoría. Les dije que yo no pensaba que Don Quijote estuviera loco. Yo me lo imaginaba, más bien, como un señor muy cuerdo y sensato, que había leído muchos libros y que precisamente gracias a ello, a los libros, podía ver más allá de las apariencias. Una persona que ha leído tanto como Don Quijote no puede observar la realidad como si fuera solo eso, la realidad, porque la realidad siempre es o puede ser más que ella misma. Cuando una persona ha leído lo suficiente, cada hombre le trae a la mente un personaje, cada situación le recuerda un episodio de novela, cada molino de viento le parece un gigante cuyo rostro solo ha visto en la página de un libro. Hablé de estas cosas durante, más o menos, media hora, y podría jurar que vi algunos ojos vagamente interesados al fondo de la clase. Eso fue suficiente para mantenerme contento durante el resto del día. Incluso llegué a pensar que había triunfado, les di gracias a Dios, a Satanás y a Rocinante, y aquella noche me acosté tranquilo. No recuerdo si tuve alguna pesadilla especialmente cruel, pero a la mañana siguiente me desperté con un extraño malestar que no se me quitó en todo ese día, ni en toda esa semana, ni en todo ese mes, ni siquiera, a decir verdad, en todo ese año. Es un extraño malestar que me acompaña todavía. Lo conozco perfectamente. Es una sensación oscura que viene acompañada de una duda. A veces me pregunto si esos ojos vagamente interesados que creí ver después de mi discurso, si esas sonrisas de alegría y comprensión, no eran, en el fondo, una huella de ironía. De sarcasmo, burla y rencor, como los que tuvo que soportar Don Quijote en su entrevista con Don Diego de Molina.

Martín Adán y el viaje de las palabras

lunes, mayo 2

Adán Martín, presidente del Gobierno de Canarias

Nadie que conozca un poco el mundo de los weblogs dedicados a la literatura podrá negar que uno de los sites más peculiares es la página de coincidencias y datos extraños del escritor judío Jakob Firsch. Si bien el diseño del blog parece primitivo y poco sofisticado, limitación que lo diferencia de otras páginas de escritores más atentos al aspecto gráfico, Firsch es de los pocos que no caen en el difundido vicio de tratar de escribir "de acuerdo con las circunstancias". El lenguaje es tan poco interesante que en ocasiones el visitante cree estar leyendo textos producidos por una solitaria máquina de escribir. Se puede especular sobre la posibilidad de que un lector poco informado que llegue a la página de Firsch sin conocer previamente su vasta obra narrativa pueda pensar que se trata del weblog de un detective de la información, un coleccionista de objetos imaginarios que se limita a desperdigar datos ocultos sin prever sus posibles consecuencias ni preocuparse por las maneras de la literatura.
Hace unos meses visitaba la página de Firsch y me encontré con un extraño post que llevaba este título: "Adán Martín aboga por erradicar la violencia de género desde los colegios". Me llamó la atención el nombre del personaje y decidí seguir leyendo. Era el fragmento de una noticia e incluía además un link al diario ABC. El texto decía: "El presidente del Gobierno de Canarias, Adán Martín, consideró este miércoles que la violencia de género sólo se podrá erradicar completamente si se consigue que desde niños se conciba el respeto a la vida como algo fundamental y confió en que el Archipiélago algún día sea un ejemplo mundial en el tema". Eso era. No hallé comentarios ni explicaciones. Un clásico texto de Firsch, que se caracteriza por su amor a la información y su odio al lenguaje. Recuerdo novelas suyas que son prácticamente transcripciones de textos ajenos en las cuales quizá se pueda desentrañar, aunque nadie lo ha comprobado, una breve cita textual de Philip McGrath. El texto terminaba con un fragmento de las declaraciones del presidente Adán Martín: "Manuel Firgas, el jefe de policía de Tenerife, ha hablado conmigo personalmente y me ha asegurado que tomará medidas para evitar que se siga produciendo esta forma de violencia". Firsch no decía más. Lo único destacable aquí – lo único que yo podía comprender – era la curiosa inversión del nombre del reconocido poeta peruano Martín Adán, y su atribución a una persona que nada podía tener que ver con él.
Días después encontré un segundo post titulado: "Adán Martín confirma que el mando aéreo canario prestará apoyo en las maniobras militares de Estados Unidos y Marruecos". Según lo que pude entender, el presidente del Gobierno de Canarias confirmaba que el mando aéreo canario había sido requerido para prestar apoyo a las maniobras militares navales de Estados Unidos y Marruecos en aguas internacionales cercanas de la costa alauita, entre el 10 y el 17 de julio del año en cuestión. El jefe del Ejecutivo secundaba el mensaje tranquilizador del Gobierno estatal y confirmaba, además, que dichas operaciones se celebrarían entre Agadir y Casablanca. Ante la duda de que se pudieran volver a producir afecciones medioambientales, como la muerte de algo más de una decena de cetáceos frente a las costas de Fuerteventura y Lanzarote, ocurrida en septiembre de 2002, Martín respondía: "Creer todo lo que dice en el momento mismo en que lo dice quizá no sea lo más adecuado en este caso". Sin duda era una declaración extraña para un presidente. No tenía relación con la pregunta que le hicieron. ¿Y creer todo lo que dice quién? Era una respuesta sin contexto. Quizá ese fuera el sentido que Firsch quería hacernos ver, cómo las palabras más concretas pueden asumir un significado distinto. Pero no había forma de saberlo.
El tercer post decía: "Adán Martín cuestiona llegada de barco de inmigrantes". Martín aseguraba que la llegada a Tenerife de un barco con 227 inmigrantes a bordo planteaba, más allá de un problema de inmigración, una cuestión de seguridad de las costas de las Islas. Como en los dos primeros posts, el esquema era el mismo: el título de la noticia, el link a ABC o El País, una breve explicación de la misma y las declaraciones de Adán Martín, que esta vez decía: "Por lo tanto, el más seguro de los hombres es aquel que golpea la sombra con sus rodillas y dice que no". Como en el caso anterior, era imposible ver una relación. Quizá se trataba de una arenga del presidente, que instaba a los ciudadanos a protestar contra la llegada del barco. Sin embargo, estas no parecían las palabras de un dignatario. Tenían una cualidad aforística, un aire de incoherencia casi lírica que resultaba impropio, incomprensible en alguien como el presidente del Gobierno de Canarias, que ahora venía a ser una especie de gemelo perverso del poeta peruano. Entonces, eso era: mis conjeturas no anduvieron descaminadas cuando intuí que Firsch quería plantear una reflexión sobre el aspecto impredecible del lenguaje. Hacía desvariar a Martín, sacaba sus declaraciones de contexto para demostrar alguna tesis demasiado vaga aún para que yo me atreviera a formularla antes que su autor lo hiciera. Acostumbrado a las novelas de Firsch, decidí armarme de paciencia y empecé a visitar su página con cierta frecuencia en busca de alguna clave.
La respuesta – o aquello que, según Jakob Firsch, es una respuesta – no tardó en aparecer. "Las claves del discurso de Adán Martín", se llamaba el post. Presentaba una serie de claves o consejos del buen político, como una suerte de manual. Cito las claves que encontré:
Clave número 1: La normalidad política es aburrida.
Clave número 2: El eje transinsular de transporte es una prioridad.
Clave número 3: La situación de la vivienda pública como problema de todos.
Clave número 4: La sanidad.
Clave número 5: La educación de los hombres del mañana.
Clave número 6: Infraestructuras comunales y privadas.
Clave número 7: Las palabras ajenas son magníficas.
La clave número 7 perturbó mi imaginación. Como muchas de las declaraciones de Martín, carecía de un sentido obvio. Ni siquiera parecía real. Pensé que Firsch estaba manipulando la información, cambiando algunos datos para hacerlos encajar en sus elucubraciones. No había antecedentes de un recurso semejante en su obra narrativa, pero nada costaba probar. Para despejar mis dudas visité el link de ABC y descubrí que Firsch no mentía. Por el contrario, era escrupulosamente honesto, y en más sentidos de los que pude haber sospechado entonces. Cualquiera que tenga la fuerza de espíritu suficiente para internarse en la página del escritor puede comprobar que su amor por la información es como un imperativo que le impide tergiversar la veracidad de las palabras. El realismo perfecto, diría yo: fidelidad al discurso antes que a los hechos.
Después del cuarto post, estas pesquisas mías quedaron más o menos en el olvido. Volví a visitar en varias ocasiones la página de Jakob Firsch, pero no encontré más alusiones a Adán Martín. Los herméticos envíos del escritor cesaron por completo y, hasta ahora, no tengo noticia de que se hayan reanudado. Durante un tiempo me sentí burlado, como si la súbita revelación que esperaba fuera solo una jugarreta del autor para mantener en vilo a sus lectores y dejarlos confundidos para siempre. Como un libro cuyo autor hubiese muerto poco después de su publicación y ya no quedara nadie para aclarar las inevitables preguntas.
El misterio se resolvió hace poco. Con motivo de un trabajo académico sobre la obra del poeta Martín Adán, yo visitaba una Biblioteca en busca de fuentes. En la revista Amauta #10 (Lima, diciembre de 1927), p.16, encontré un fragmento de La casa de cartón que fue omitido en la primera edición del libro y que yo nunca había leído. Es un fragmento breve, probablemente el último que escribió Adán para su Casa. Carece de lujo metafórico, pero es una lección para cualquier escritor que desee aprender el arte de resumir el espíritu de un personaje en solo unas pocas líneas. De un tal Lucho Mos se dice lo siguiente: "Era terriblemente socialista; llevaba una caricatura verduzca de Marx y una lista de ajusticiables en la cartera; no oía misa los domingos y fiestas de guardar, aunque comulgaba en la cuaresama". Más allá de esto, la escritura es definitiva, como si fuera consciente de su propia mortalidad. Queda claro que es el final, la conclusión de un libro que puede volverse a leer, pero que nunca se volverá a escribir. De manera que así terminaba La casa de cartón y yo había tardado demasiado en descubrirlo. Copié el fragmento a mano: "¿Cuáles era nuestras ideas?", comienza, y "La verdad, no las teníamos". El final es muy bello: "Manuel creía todo lo que decía en el momento mismo de decirlo, y era, por lo tanto, el más seguro en sus palabras, ajenas pero magníficas". Al terminar de copiar esta oración, algo despertó en mi memoria. No supe qué había sido hasta esa noche, cuando visité la página de Jakob Firsch y revisé, guiado por una corazonada, los posts dedicados a Adán Martín.
"Manuel Firgas, el jefe de policía de Tenerife, ha hablado conmigo personalmente (...)". "Creer todo lo que dice en el momento mismo en que lo dice quizá no sea lo más adecuado en este caso". "Por lo tanto, el más seguro de los hombres es aquel que golpea la sombra con sus rodillas y dice que no". "Clave número 7: Las palabras ajenas son magníficas". Eran las declaraciones del presidente Adán. Estoy seguro o me parece que fue la clave número 7 la que desató el viaje de las palabras a su contexto de origen. Una a una, las palabras fueron asumiendo su verdadero lugar, su correcta organización. Manuel Firgas, es decir Manuel, había creído (siempre creyó) en todo lo que decía en el momento mismo en que lo decía, y era, por lo tanto, el hombre más seguro en sus palabras, todas ellas ajenas, magníficas. Eran, pues, las palabras de Martín Adán llevadas, por encima del tiempo y del océano, a una nueva residencia, a unos labios distintos que las fueron pronunciando poco a poco, sin darse cuenta, en ocasiones distintas y en preciso desorden, quizá durante un aburrido discurso político o al responder las preguntas de un periodista, hasta dar con la solución del misterio, con las últimas palabras de un libro. Las pobres palabras finales de un libro, vagando sin destino por fronteras invisibles, buscándose unas a las otras, hasta acomodarse una vez más con la torpeza y el descuido del azar que las reúne. Como una novela de Jakob Firsch, recuerdo que pensé, el gran escritor, sobrecogido por un tumulto de sentimientos que no atino a enumerar.