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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Mística contemporánea

El terreno que ocupa el colegio secundario es un triángulo equilátero cercado por una alambrada metálica; en cada una de las esquinas se alza un edificio gris de cinco pisos, y en el área central se extiende un patio de guijarros donde en otros tiempos solían oficiarse las ceremonias escolares. El taxi nos deja frente al portón de entrada, y noto que lo resguarda una pareja de vigías adolescentes perfectamente disfrazados para Halloween, con idénticas túnicas sangrientas como la que lleva Salvador. Ambos empuñan puntiagudas lanzas de madera, flameantes como antorchas de vacilante melena azulada. Apenas identifican a mi acompañante, los vigías se hacen a un lado y abren el portón para dejarnos entrar al patio, que está vacío a esta hora de la noche. Los elementos del decorado, sin embargo, ya se encuentran todos en posición: un tabladillo de madera techado por un toldo de tela negra y un conjunto de sillas plegables dispuestas frente al escenario, sobre el cual despunta un grueso tronco de madera y una soga acurrucada sobre el tabladillo. Por un instante me pregunto qué desean hacer conmigo, pero no experimento ningún temor; ya Salvador se me ha adelantado y lo sigo casi a la carrera por una senda de antorchas clavadas entre los guijarros que va culebreando entre las sombras de los árboles que circundan la alambrada hasta la pequeña entrada de uno de los edificios angulares.
- Inclina un poco la cabeza - me ordena.
La sala es un aula escolar común y corriente. Pero me extraña descubrir que han retirado todas las carpetas y en su lugar veo dispuesta una multitud de sacos negros que rebosan de frutas y hortalizas frescas, naranjas brillantes y redondas, plátanos maduros, hojas rizadas de lechuga y tomates, zanahorias, patatas abundantes, desparramadas. Contra las esquinas, arrumbada en cajas de cartón, se oculta la mercancía más valiosa: televisores importados, equipos de video, estéreos de parlantes inmensos, y una surtida variedad de apartos electrodomésticos para satisfacer los caprichos del ama de casa más exigente.
- Me siento en un mercado - le digo a Salvador.
- Habla más bajo - dice él -. Pueden escucharnos. No estás muy lejos de la verdad. ¿Ves todo esto? Son productos de contrabando. Los traen aquí y luego los distribuyen en el pueblo. No toques nada, ¿sí?
- Pero tengo hambre.
- Pues aguántate.
- Lo siento mucho. Soy la invitada de honor y me muero de hambre, dudo que alguien se moleste.
Cojo una manzana, le doy un mordisco y se la alargo a Salvador. Él observa la fruta con verdadero terror, como si fuera una bomba a punto de estallar, y se lleva las manos a la cabeza; me la arrebata con violencia y vuelve a colocarla en su lugar, volteada, para que no se vea la parte mordida en la superficie roja y lisa.
- ¿Eres imbécil? Compórtate, vendrán en cualquier momento.
- Dime algo, Salvador: ¿me crees sorda o es que acabas de insultarme?
- Sí, lo hice, pero fue por tu bien. ¿Acaso quieres terminar muerta?
- Escúchame, hijo de puta. Fue solo una manzana de mierda, ¿qué podrían hacerme? Además, son niños, ¿me crees incapaz de defenderme?
- Está bien, te pido perdón, pero quédate quieta y no hagas tonterías. Vendrán en un momento.
- Disculpas aceptadas. Pero la próxima vez te pondré de rodillas, ¿me oíste? Ahora, si no te molesta, terminaré mi aperitivo.
Antes de que pueda coger la manzana, alguien empuja la puerta y entra al salón. Es un hombre mayor de cabello gris, lleva una camisa azul y una chompa roja. Me observa con sorpresa, parpadeando tras unos gruesos anteojos dorados. Al ver a Salvador, sonríe y camina hacia él renqueando de la pierna izquierda. Estrecha su mano vigorosamente, como si quisiera felicitarlo.
- Buen trabajo - le dice -. Es perfecta.
- Si hablas de mí, muchas gracias, de veras. Pero sácame de una duda: en primer lugar, quién eres tú, y en segundo lugar, perfecta para qué.
El hombre de las gafas me escruta sin dejar de sonreír y sigue hablando con Salvador.
- Primera fila, por supuesto, escoge el asiento que quieras. Yo me ocuparé de ella, déjalo todo en mis manos.
- Gracias, muchas gracias - dice Salvador. Me guiña un ojo y sale al patio sin dar ninguna explicación.
El hombre de las gafas lo acompaña hasta la puerta, cierra con llave y lanza una risita de pavo nervioso. Viene hacia mí renqueando de la pierna izquierda y toma mis dos manos entre las suyas.
- Buenas noches, señorita, bienvenida. Disculpe la rudeza, por favor, deje que me presente. Yo solía enseñar aquí. Ahora soy el portero. Todos me llaman el Profesor. Es usted preciosa, ¿se lo habían dicho? Será perfecta para el espectáculo.
- ¿A qué espectáculo te refieres? Yo no sé nada de espectáculos. Estoy aquí para conocer a los amigos de Salvador, no para ver ningún espectáculo.
- Descuide, descuide, no tardará demasiado. Será un gran espectáculo. Todos han venido a verla y esperan ansiosos que haga su aparición. Han venido por usted, ¿entiende?, usted es la estrella del espectáculo.
- ¿Yo? No puede ser, nadie me avisó nada. Es imposible.
- Es posible, créame usted, es posible.
- Pero no sé nada de espectáculos. Ni siquiera sé de qué se trata.
- No importa, confíe en mí. Es lo de menos. La idea es que improvise.
- ¿Y qué esperan de mí? ¿Que baile, que cante, que actúe? Porque no sé hacer ninguna de las tres cosas.
- ¿Actuar? Oh, claro que no, olvídese de actuar. Tampoco tendrá que cantar o bailar, ni siquiera tendrá que decir una palabra. No tendrá que hacer nada. Usted solo confíe en mí y el espectáculo marchará a la perfección. ¿De acuerdo?
- No sé qué decir. No entiendo nada. ¿Dónde está Salvador?
- No hay nada que entender, es solo un espectáculo. Salvador está en el patio, con los otros, esperando su aparición. Espere un segundo, ¿puede ver esta venda? Es todo el vestuario que necesitaremos, ni siquiera tendrá que cambiarse de ropa. Ahora, si me hace el favor, quédese quieta mientras la preparo.
El hombre que se hace llamar Profesor ha extraído una venda negra de su bolsillo y camina hacia mí con la tira de tela colgando de sus dedos. Sigo sin comprender, pero la situación me produce curiosidad y quiero ver hasta dónde me conduce, así que no opongo resistencia cuando me pide cerrar los ojos y ata la venda alrededor de mi cabeza. La noche me envuelve de súbito y la oscuridad se llena de crujidos antes imperceptibles.
- Muy bien, perfecto. Ponga sus manos sobre mis hombros y sígame con cuidado. Yo la guiaré hasta el escenario.
Estamos en camino. Mi guía el Profesor avanza un paso y yo, obediente, doy el otro. Apenas el aire nocturno toca mi rostro, alguien chilla y una lluvia de aplausos y rugidos cae sobre nosotros. Estamos pasando entre las sillas del público, siento manos que acarician mis piernas y tratan de rasgar la minifalda, hasta que el Profesor sube unas escalerillas y nos libramos por fin del asedio invisible. Nuestros pasos crujen sobre un suelo de madera y de pronto mi guía susurra que me detenga.
- Apóyese aquí - me empuja con suavidad, y yo siento contra mi espalda la superficie dura y curva del tronco que vi sobre el tabladillo -. Ahora procederé a amarrarla y luego tendré que despedirme.
Una soga, seguro también la misma que vi a mi llegada, se tensa sobre mi pecho y aprisiona mis senos hasta casi cortarme la respiración. El estruendo del público ensordece, azota mi cabeza, se eleva y avanza como una presencia compacta, palpable, cercana, escucho tabletear un tambor, luego se une otro y otro más, llega a formarse un concierto de timbales y bongóes que percuten con sonidos huecos, templados, metálicos, produciendo un ritmo oscuro, seductor, tropical, hasta que un grito frío lanzado a pocos metros de distancia corta el bullicio como una guadaña y ordena callar a todos los presentes con rotunda, implacable efectividad. El silencio se instala súbito, como una pared de acero. El viento que viene del lago ha vuelto a silbar entre los árboles.
- En el nombre del Padre - regresa la voz -, del Hijo y del Espíritu Santo.
- Amén - corea el público.
- Oremos.
- Así sea - responden todos.
- Hermanos, esta noche estamos aquí, reunidos en presencia del Señor, para honrar su Presencia y agradecer su Bendición. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, gloria a Satán, Príncipe de las Tinieblas Eternas, y gloria al Cordero de Dios, que trae el pecado al mundo: danos hoy la guerra, nuestro Señor y Salvador, y danos el pan nuestro de cada día, por los siglos de los siglos, amén. ¡Gloria a Dios!
- ¡Bendito seas, Señor nuestro, gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu! ¡Amén!
Los tambores vuelven a redoblar, esta vez con furia mayor. Un olor extraño, un aroma a incienso y carne chamuscada, flota hasta mi nariz y amenaza con ahogarme. Esa voz, pienso, debe ser de Barzini, el líder de los niños según explicaba Salvador: una especie de sacerdote, un Castañeda en miniatura pero más ostentoso y ceremonial. Quisiera ver cómo va vestido, su atuendo debe ser notable, quizá espectacular; intento aflojar la cuerda, forcejeo para liberarme, pero me han atado las manos y no hay nada que pueda hacer. Espero que Salvador llegue a tomar las fotografías que prometió, lleva mi cámara escondida en su toga y su argumento final para convencerme de venir fue que una crónica sin documentación de las Misas Negras que celebran los niños de San Andrés resultará insuficiente, una frustrante deformación de la realidad.
- Queridos hermanos - continúa Barzini -, sean todos bienvenidos en esta noche de algarabía y celebración. Estamos aquí reunidos, en presencia de Satán Nuestro Señor, para conmemorar un aniversario más de la Sagrada Iglesia de la Oscuridad y para presentar nuestro voto de corazón por el futuro de nuestro amado pueblo, por las nuevas generaciones de los hijos de San Andrés. Quisiera aprovechar esta magna ocasión para saludar a nuestros fieles amigos, los que siempre nos acompañan, y para manifestar un abrazo entusiasta, unánime y santificador a los nuevos miembros de nuestra comunidad, aquellos que asisten a la Sagrada Misa por primera vez y abren sus corazones como una ofrenda magnífica que todos aceptamos con regocijo y amistad. Hermanos de ayer, de hoy y de siempre, quisiera expresar mi más cordial saludo a todos ustedes y quisiera pedirles, para iniciar la ceremonia, que elevemos juntos una plegaria de Salvación. Ahora nos ponemos todos de pie para alabar al cordero de Dios...
Los tambores callan una vez más y el patio se llena de murmullos reverentes. Rendida, cuando he dejado ya de forcejear, una mano desconocida palpa mi rostro y suelta el nudo de la cuerda, que cae ondulando hasta mis pies. Me veo rodeada por un círculo de velas negras, ocupando la posición estelar, atada al madero con los brazos desplegados en forma de cruz, frente a una multitud de cabezas bajas que supera fácilmente la centena, a cortos metros de un pequeño altar de piedra armado a mi derecha. No puedo girar a observarlo, pues mi cabeza continúa amarrada, pero consigo intuir las formas del sacerdote por el rabillo del ojo. En la marea de túnicas y gorros rojos, Salvador resulta irreconocible, pero a quienes sí puedo identificar y con suma claridad, pues se encuentran en primera fila, es a la misma pareja de playboys vestidos de seda azul que vi hace muy poco cenando en la plaza, en el restaurante de comida italiana: el de cabello azabache está rezando con los ojos en el piso, pero el otro, el castaño que me bautizó como Rizos de Oro, no deja de contemplarme. Es hermoso. Parece que sonríe.
- Amén, por los siglos de los siglos. Y ahora, queridos hermanos, quisiera que demos la bienvenida a una ilustre visitante, una gran amiga del pueblo y amante de todos los niños del mundo, que ha viajado largas noches para poder acompañarnos y esta aquí, en este preciso instante, con nosotros, dispuesta a abrir su corazón, abrazar la fe verdadera y sacrificar su cuerpo en nombre de Satán Nuestro Señor. A ella le doy las gracias en nombre de todos mis hermanos y pido a ustedes, por favor, un gran aplauso para la señorita, la preciosa señorita periodista: para Alison.
Cien pares de ojos me asaltan al unísono y las palmas baten, enloquecidas, febriles, vibrantes. Sin pensarlo, en un reflejo automático, intento inclinarme para agradecer el amor del público, alzar la palma de la mano como una reina de belleza, pero la soga me lo impide y me limito a picotear en el aire, como una marioneta mecánica. Los playboys de enfrente son los más rabiosos, se han puesto de pie y aplauden sin detenerse. Si quieren matarme, estoy a su merced. Mi situación actual es la más propicia a sus deseos.
- Finalmente, las Escrituras se han cumplido. Descúbrete la cabeza y sal a las calles, pueblo de San Andrés, humilde y agradecido ante esta gracia de Nuestro Señor. Ha llegado la hora de los Hijos de la Oscuridad. El amor se presenta de formas diversas y en momentos inesperados; nadie sabe cuándo aparecerá, pero tras un largo y secreto período de gestación, el amor nace, destruyendo la soledad. Sal de tu guarida, divino Baphomet, manifiesta tu poder aquí y ahora, como está prometido.
Rumor de asombro, ojos dilatados y bocas entreabiertas, manos que viajan con pavor a las cabezas y niños que caen de rodillas, un gruñido de compuertas metálicas en algún recodo de la noche, detrás de mí, en la zona invisible, y una voz inhumana, un bufido de toro o becerro invadiendo el silencio, pasos de cierto animal que arrastra cadenas, se acerca a mi cruz sin que yo pueda verlo y queda inmóvil, enorme, bestial, pesado, gruñendo, transpirando, palpitando a mis espaldas. La mano desconocida conquista otra vez mis ojos, la venda negra reinstaura la oscuridad y me encuentro, por segunda vez, perdida en la noche. Algo avanza rozando mi pierna izquierda, una lengua dura, húmeda, pegajosa, se desprende de las tinieblas y se desliza, como una larga serpiente erecta, horizontal, lustrosa, lamiendo, erizando la piel de mi pierna, proyectando su inmensa longitud hacia los fieles que observan extasiados, incrédulos: por una esquina del ojo, por debajo de la venda, se asoma monstruosa, y yo también puedo verla: gruesa como la pierna de un niño, hinchada la cabeza, el tronco firme y potente, surcado de venas azules.
- ¡Traición, traición! ¡Maldita traición, todos al suelo!
Aquello no lo vi, tuvieron que contármelo. El hombrecillo de túnica roja que gritó de esa manera se irguió de una fila trasera, caminó hacia el altar con una mano en el bolsillo, se detuvo casi al borde del tabladillo y sacó una pistola, apuntó al pecho de alguien sentado en la primera fila: la detonación se torna silbido, blancura, ceguera, el toro que me acecha tras la cruz empieza a bufar ebrio de furia y la voz del sacerdote se mezcla con los gritos, los llantos, las carreras, las sillas ruedan, las luces se apagan, los niños caen, se pisan entre sí, huyen despavoridos, yo cierro los ojos y me abandono a la marea hasta que unos brazos poderosos me arrancan de las cuerdas, me jalan de una mano y me enseñan la salida, corro sin ver nada a través de la tormenta y atrás queda el estruendo, los tambores, la locura, solo unas pisadas que se pierden en la noche, el trote regular de mi guía invisible, el chirrido regular de unos grillos solitarios y yo corriendo sin cesar en dirección hacia el silencio, escuchando mi respiración y sorprendida de estar viva, hasta que pienso en Salvador y el miedo me derrumba.
- Tranquila, estás a salvo - dice una voz dulce, femenina -. No te pasará nada. Ahora estás con nosotras.
Me dejo caer, caigo sin final sobre una tierra dura, pedregosa. Mis miembros pierden fuerza, se desprenden de mi cuerpo. Alguien, otra mano amable, retira la venda con cuidado, con delicadeza, y mis ojos se elevan hacia un cielo estrellado, pacífico, profundo, cruzado por ramas negras y hojas verdes, mecidas por un viento sereno y constante. Un rostro precioso, hermoso hasta la perfección, se desliza entre los árboles y vela por mí como un astro, tranquilo y brillante, desde las alturas: reconozco el cabello castaño, la misma mirada irónica, la misma sonrisa andrógina que antes creí hostil, amenazante, y que ahora descubro aliada, familiar, protectora.
- Descansa un poco, mi querida Rizos de Oro. Puedes dormir, Duval seguirá aquí cuando despiertes.
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2:06 p. m.

muy largo para leerlo en una pc... sobre todo con un fondo oscuro...    



12:27 p. m.

Saludos, suscribase a www.blogsperu.com la comunidad de bloggers peruanos.    



1:40 p. m.

muy largo para leerlo en una pc? perdone ud Señor 'F' pero a mi me parecio perfecto,me mantuvo en suspenso durante todo el rato que lo lei...


Buen trabajo Ludo    



5:18 p. m.

Bello...    



2:04 p. m.

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.    



12:24 a. m.

Merry Christmas !

Frohe Weihnachten!

¡Feliz navidad!    



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