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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Letea no quiere despertar

Monsieur Reverdy es un hijo de puta, dictaminó una vez Letea y nadie vio el fuego que ardía en sus ojos amarillos. ¿Quién se acuerda de la rabia de Áyax? Me escabullí en sus narices y ni cuenta se dio, se jactaba, orgullosa, y nadie vio el fuego de sus ojos. ¿Quién se acuerda de esa neblina, del vapor de pescados y mariscos podridos que llegaba del mar y flotaba durante días sobre el colegio? Había una red, yo estoy seguro, un tejido vibrante o una ciudad de miradas curiosas y el monumento central de esa urbe atentísima era la estatua de Letea silente en su pupitre: ídolo tutelar de la promoción ese último año, ya se acaba la vaina, finalmente, yo estudiaré ingeniería, yo nada. La recuerdo, lectora tenaz de los clásicos griegos y la única estudiante capaz de desafiar a madame Vitrac, ¿No escucharon a esa estúpida dizque licenciada en literatura?, “como sabemos, Sófocles, nacido en Egina ...”, ¡inmenso desliz, bruta!, ¿Por qué desliz?, Porque Sófocles nació en Atenas, fue Platón el de Egina, ignorantes, ¿no han leído a Sófocles?

Así nos bañabas de petulancia casi todos los días, aunque a mí nunca me interesó tu erudición, Letea, solo quería saber por qué, por qué razón llevaste a Mario y no a mí, por qué me dejaste atenazado en la pesadilla de verlos juntos, no de la mano, pero cerca, demasiado cerca, alientos fundidos, casi corriendo y empujando a los niños en el patio, de espaldas la imagen, daban ganas de pegarte, te advierto, Mario, tu mamá ya viene a recogerte, no estarás en la puerta, madame Aragon ya te está llamando y adónde vas con Letea después de la clase de química, seguro a preparar el proyecto de ciencias, seguro a preparar el proyecto de ciencias, adónde quiere llevarte, los escuché, los escuchamos, oigan todos, miren a esos dos, qué parlanchines, ¿serán enamorados?, por supuesto que no, puras mentiras, ella es demasiado esnob para él, pero ¿no los ves yéndose juntos, no recogen sus cuadernos y cargan sus mochilas y desaparecen tras los arbustos de neoporo?, tras los arbustos de neoporo, tras los arbustos de neoporo, yo los seguí con el pecho muerto tras los arbustos de neoporo y los vi secretear ante la puerta cerrada del pabellón gris del laboratorio de ciencias, después Mario me contó la historia, puta madre, está loca, ¿será cierto que la vieron en la Arequipa ofreciéndose con un sostén plateado?, ella sacó un extraño fierrito retorcido que parecía un aguijón de alacrán y ¿no me crees?, si yo digo la verdad, hermano, dejaron la puerta abierta y yo los seguí de cerca y vi los tubos de ensayo sobre las mesas y los mecheros brillantes y espigados y los afiches de las paredes con los elementos y la puertita batiente y por allí entramos, yo dije tengo miedo y ella cobarde de mierda, mirada de reto, prometiste ayudarme y yo está bien, te sigo, las escalerillas de roca estaban húmedas, casi me resbalo en un líquido rojo, estragos de experimentos fallidos, ¿mercurio, algún ácido?, no sabría decirlo, estaba oscuro como una catacumba, me quedé escuchando, parlamentaban, gotas de voces punzaban la quietud como un concilio de ratones, hasta que, de repente, estalló el grito, el prolongado alarido de orangután colérico rasgando la noche y retumbando en mil ecos violentísimos mientras yo huía manoteando y me convencía a la fuerza de lo imposible y por lo que más quieras créeme, hermano, no gritó ella, no fui yo, si lo vi con mis propios ojos, Mario me agarró de los hombros y juró por su vida que allí abajo, en el depósito subterráneo del laboratorio de ciencias, hay un hombre encerrado que no se viste como nosotros y grita muy fuerte cuando lo miran.


Quédate quieto o te saco la mierda. Las manitos tiemblan inútilmente cubriendo la cara congestionada, cruzada de rasguños y moretones violáceos. Te lo advertí, amenaza Vicente y dispara un puntapié fortísimo en el estómago del niño, que ya no tiene aliento para llorar. Escupe un chorrito de sangre en su camisa blanca y se retuerce adolorido en la grama. Vicente lo observa sin piedad: Perro, tú y los demás me la pagarán, también tú. Levanta al niño apretándole el cuello, lo avienta contra la pared y le incrusta un puñetazo en el ojo antes de que caiga. El niño gime sin sonido. Tomando aire, articula una súplica: Por favor, ¿qué quieres?, ¿mi plata?. No quiero nada de ti. Rebusca en su bolsillo, extrae unas monedas y las arroja al techo. Descarga un último manotazo sobre la pequeña cabeza pelada y parte la carrera, si me encuentran aquí me expulsan.

Más tarde, durante la clase de trigonometría, su indignación no amengua. Se pregunta, iracundo, por qué el llanto fingido de los niños que llegan al colegio en la mañana engatusa con tanta facilidad a los padres de familia. Los ve todos los días y es igual: pucheros, ojitos brillosos, caritas de susto y bracitos aferrados desesperadamente al cuerpo de la madre, siempre el chantaje, el patético espectáculo repetido diariamente ante el portón. Claro, seguro que los mayores se tragaron el cuento del pequeño huérfano, del niñito indefenso que extraña el calor de mamá cuando se queda solo en la inmensidad del colegio, con sus niños grandes tan propensos a robar loncheras y sus profesores violentos tan apegados al castigo como norma. Qué gracioso, en sus épocas él también empleaba esa estrategia. Mediante rabietas perfectamente calculadas conseguía que su madre se sintiera lo suficientemente culpable como para ofrecerle consuelos nada desdeñables a cambio de moderar su conducta: si vas al colegio, te compro un muñeco a la salida, pero no llores, te lo ruego. Vicente conocía esa debilidad suya y la aprovechaba para incrementar su colección de juguetes. Si la niñez no había cambiado en los últimos tiempos, creía tener argumentos suficientes para fundamentar la existencia de una conspiración infantil facilitada por la estupidez paterna.

Los niños son asesinos en potencia, como tú. Su poder era demasiado grande, demasiado profundo, y nadie lo percibía. Detenerlos como sea, aunque haya sangre. Si solo abriesen los ojos... se había topado con una resistencia insalvable cuando intentó reclutar adeptos para su causa. Todos sus compañeros se burlaron de la idea, imbécil, qué te pasa, qué tienes con los chibolos, déjalos en paz. ¿Dejarlos en paz? Apatía, indiferencia, o peor aún, compasión, era todo lo que los niños necesitaban para adueñarse del colegio. Los veía secreteando en las esquinas, con sus ojitos relucientes de malicia y sus boquitas torcidas en un gesto espantoso. Conocía muy bien sus corazones, eran crueles, traicioneros y más oscuros que los trozos de mierda que una vez le había embutido en la boca a una niña en un estallido de furia. Lo asaltaban estos arranques siempre que, atizado por la frustración, imaginaba las posibles consecuencias del dominio de los niños y sentía la necesidad de detener la perversa maquinaria lo antes posible, un solo hombre enfrentado a la terrible realidad de un mundo controlado por bestezuelas. Sin embargo, sus precarios ataques individuales, ojos morados en el recreo, narices sangrantes a la salida, algún hueso roto si tenía suerte, no hacían mella en el núcleo de una organización que se nutría de la ignorancia para sembrar sus parásitos en el vientre de las víctimas.

Volverá. Cuando timbra la campana del recreo, un ramalazo de terror enfría su espina. Tengo que encontrarlo antes. Conociendo su naturaleza vengativa, sabe que es necesario eliminar definitivamente al renacuajo para evitar las represalias. Ahora todos vendrían contra él; ya había sucedido; terminó con la camisa rasgada; si un puñado de niños se unía en su contra, no podría defenderse. Retorciéndose las manos, recuerda brumosamente la cara, huesuda, pecosa, quizás bonita, ¿así será la tuya?; tendrá que buscarlo en el patio de primaria. Lo llevará tras los árboles y se ensañará. No hay duda en el día soleado, ya se acerca el verano, pronto saldremos de la cárcel y él se aposta a la sombra de una pared para observar el panorama: niñas juegan a la rayuela, niños bailan sus trompos, otros vuelan cometas entre el griterío y allí está el maldito: sentadito bajo la arcada, ojos resentidos y aire compungido, aún le duele la paliza. Aprieta los dientes y, decidido, cruza el patio interrumpiendo las rayuelas y repartiendo cachetadas hasta pararse delante del niño, que va elevando la vista desde sus pies hasta su cara sin reconocerlo de inmediato.
— Vengo por ti. ¡De una vez!
El niño asiente sin resistencia y se levanta en silencio. Obediente, se deja atrapar del brazo y avanza lloriqueando hacia el jardín de grama alta y tupidos arbolillos de cucarda. El follaje los oculta de los profesores; Vicente lo empuja suavemente y el niño cae a tierra. El niño se abraza a sus zapatos y los moja con lágrimas y mocos, Perdón, señor, no sé qué hice mal, le ruega por favor que lo deje ir, porque ya ahorita llegan los otros y usted piensa en su salud, ¿no es así?

Se escucha una risita extraña. Hay un peso negro, una malla de miradas acechantes colgando de las hojas. Vicente siente una punzada en la espalda y de pronto empieza la lluvia de piedras. Se acuesta en la grama con las manos sobre la cabeza, cierra los ojos deseando estar en una pesadilla y casi no siente la primera patada en los testículos, Ya está resignado, salgan todos, al ataque. Entre lágrimas temblorosas vislumbra al niño delator, está muy cerca, dice algo así como te jodiste, estás muerto, y Vicente no le calcula más de diez años.

Desnudo, cuenta sus heridas ante el espejo. Tiene un corte largo en la frente, un moretón en el pómulo y varios arañazos en el pecho, como relámpagos. Por un momento cree que es la imagen y no su cuerpo lo que sufre. Está bien, admite, se lo tiene merecido por incauto. De ahora en adelante ya no podrá andar tan descuidado, necesita un aliado que guarde sus espaldas. ¿Quién podría ser? Quizás esa chica rara que no conversa con nadie y siempre parece molesta por algo. ¿Podrá utilizar esa rabia a su favor? Mira el absceso purulento, su barriga redonda y más prominente que nunca, y se repite una vez más que a pesar de la guerra, el verdadero enemigo habita adentro. Esperar los nueve meses enteros, ver por fin el rostro de su hijo y retorcer su cuellito con dos dedos, disfrutándolo intensamente ...


Tirando los libros que dormían entre sus mantas, Letea despegó un ojo y pensó tiritando: hoy tengo cita con mi superyó. La cara negra del hombre simiesco iba dibujándose poco a poco en su mente como las manos asesinas de un hado maligno, mientras cantaba bajo el agua y decidía no ponerse la bata para bajar así, desnuda y fresca a la mesa del desayuno, con ganas de escandalizar a todos y mira qué casualidad, buenas días abuelita, buenas días Mariana, su familia vestía de blanco ese día: como una cita textual. Borregos, pensó, todos borregos o payasos, inmundos animales cómicos disfrazados con chompas lanudas, casacas abrigadoras, chalinas y mitones de seres humanos, yo quisiera ser borrego en tus manos, Áyax, pero no esa aberración de oveja con forma de madre comedida que le sirvió la leche caliente y le recordó, como si pudiera olvidarlo, que su padre había llamado anoche y la esperaba temprano en el café de siempre en Miraflores.
— Te escribí el número de cuenta — dijo entregándole un papelito —. Que se acuerde de la matrícula de Marianita, ayer me llamó la directora del colegio.

La vincha de felpa rosada le quedaba bien, por supuesto, y había pruebas innegables de fuentes diversas: aquel hombre infecto que la violó con los ojos en el microbús pareció notar la bella curvatura de su frente y cómo el cabello recogido hacia atrás despejaba su fino rostro moreno y agrandaba sus intensos ojos amarillos. Muchas veces le habían elogiado la fiereza de su mirada y ahora, aspirando jirones de neblina por la ventana abierta, ironizó sobre el desperdicio de aquellos ojos tan populares, pues no solía mirar con ellos a ningún ser viviente: las páginas no tienen ojos, pensó, ¿o será que mientras yo leía mis tragedias los héroes de Troya me espiaban admirados y luego alguno, el único que importa, se enamoró de mí creyéndome Tecmesa? Quiso jugarle una broma a la realidad y, cuando el cobrador le pidió el dinero del pasaje, ella se inclinó para susurrarle: ¿tú también me quieres?, justo antes de saltar del microbús soltando una estela de carcajadas amarillas y correr como una cérvida azul entre las bocinas chirriantes de los automóviles. Se colgó de un poste telefónico y bailó en derredor imaginando que era un falo empapelado con avisos publicitarios, luego sacó el plumón negro de su bolsillo: “Áyax está vivo”, escribió sobre el aviso, y sonrió contemplando su niñería. Áyax está vivo: ¿quién entendería el criptograma? Nadie, mejor así, cuando él venga será el único en descifrarlo. Su nueva teoría del universo le parecía bastante original, aun en sus vacíos. Por ejemplo, las condiciones de la transmigración ficcional no estaban definidas: ¿cómo podría reconocerlo cuando lo viera cuajar en un grumo de aire? La sangre rojísima en las manos, manchando el vientre, coloreando el pelo, parecía un buen indicio, aunque nada certero. Desconfiar de su imaginación era un acto cotidiano: Ingenua cartesiana, echó a reír, ¿cómo dominar a tu genio? Había hecho y desecho mil sueños en una noche, pero esta vez se sentía afortunada. Estudió una vez más la frase: Áyax está vivo, y derivó: Porque está muerto. Si los suicidas de los libros pululan por doquier, ¿cómo defenderse de un Harry Haller y su posible tentación de convertirla en Armanda? Ella no quería ser musa, era un rol muy exigente, y, además, carecía de magia. Por eso todavía estaba aquí, ¿verdad?, porque la magia es una potencia de la voluntad y hasta ahora no reunía el coraje para matarse: naturalmente, Áyax era un héroe reconocido y no una niña cobarde como ella, de ahí su deseo de conocerlo muy pronto. Áyax, como tantos otros personajes que no le interesaban, había arrojado sus armas guerreras para cruzar el umbral que comunica el mundo de los cuentos con el mundo de la sombra: la única llave es la muerte premeditada, la conciencia del otro lado. Así había escrito en su cuaderno de lógica: “La literatura es una vida que aún no prueba la muerte, y la vida es un borrador que solo vivirá con su aniquilación: ambas se tocan, como los cuerpos trenzados por el amor”. Debía confiar a ciegas en esa máxima, más que en su propia existencia y en los míseros quinientos soles que estaba obligada a sacarle a su padre esa mañana si quería pagar la cuota de su examen de admisión y cancelar la luz ese mes, resulta imposible leer con velas y además es muy romántico.

Tras el vidrio pintado con plantas artificiales, el hombre aplastó su cigarrillo y arqueó las comisuras con impaciencia. Miró su reloj: nueve y media, Ya sé que quedamos a las nueve en punto, ¿qué te cuesta esperar si igual no me ves en todo el año y ni siquiera recuerdas mi rostro desde que huiste? Yo tenía tres años, ahora tengo dieciséis y mis senos te impresionarían. Parada en la vereda frente al café, maquinaba un plan inconcebible: seducir a su padre y chantajearlo con su cuerpo, ¿lo había intentado alguna vez? Por eso se había maquillado como sus amiguitas alegres, la sombra violeta de los ojos fortalecía aun más su mirada y el rosa de sus labios carnosos invitaba al mordisco, no lo niegues, papito. Sujetaba el plumón en la mano, lo miraba satisfecha. Se agachó un momento y buscó un lugar en la acera: “¿Cuándo, Áyax, cuándo?” Era el título de una historia que había escrito en el cuaderno: ella iba de madrugada al aeropuerto y lo veía bajar del avión vestido como todo un hombre de mundo, elegante y perfumado, convenientemente enfundado en un sobrio abrigo de piel de camello. ¿Así sería? Ésa, o alguna de las múltiples posibilidades que había imaginado y escrito se cumpliría tarde o temprano: estaba segura. Nerviosa, se aclaró la garganta y ensayó con voz insinuante: ¿cómo estás, padre? Cruzó la pista. Casi la atropellan. El hombre levantó la mirada y esbozó una sonrisa débil.
— ¿Quieres un café?
— No, gracias. Desayuné temprano.
Hablaron unos veinte minutos. Cuando subió al microbús, Letea tenía un cheque por quinientos soles en la cartera y se arrepentía de haber hecho la promesa de matricularse en Contabilidad:
— Que se vaya a la mierda, estudiaré Literatura. Y si no viene a mi graduación, él se la pierde.

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