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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Diane Arbus

Es curioso, pensé, Maité siempre decía que no era de ningún lugar y quizá tenga razón, quizá haya nacido en plena frontera de las aguas sin nombre. Qué pasaría, imaginé, si la lluvia no cesara mañana, si el pueblo se convirtiera en un lago y yo muriera ahogada en esas aguas. Entonces podría verte de nuevo, pequeño Franz, sabría de ti y de la tierra que habitas o que habitarás dentro de muy poco tiempo. Sabré que sigues vivo a pesar de mí, a pesar de todo. Dentro de mí, estaría segura de que vivimos cerca, muy cerca uno del otro, una madre y su hijo: solo tendré que concentrarme y estarás conmigo, aun cuando ya no estés o quizá por ello mismo. Algunas veces, cuando esté a punto de quedarme dormida, podré sentirte, te sentiré respirar sobre mi cara y tocar mi mano con la tuya. Dentro de poco vivirás otra vida, pero aun así podremos alcanzarnos. No existen las líneas divisorias, los muros irremontables. Me pregunto cómo lucirá la realidad allá donde irá a vivir mi niño pequeño. Sé que no puedo describirla. Quizá sea un mundo de emociones liberadas, de ideas puras o imágenes infinitas, imposible saberlo, imposible. Deben existir innumerables realidades, no solo la que podemos conocer y respirar utilizando nuestros pobres sentidos, sino un tumulto de realidades distintas proliferando unas junto a las otras. Es solo miedo y estupidez creer en los límites. No hay límites. No hay fronteras. No hay muros ni obstáculos, no para las emociones y tampoco para el pensamiento.
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