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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Clare Torry toma la palabra

Ambos teníamos los ojos cerrados. No estoy segura si Salvador también, hablo por él porque prefiero pensar que fue así, ya que en caso contrario habría estado observándome sin que lo viera, estudiando mis facciones en silencio y con todo detenimiento, y el pudor me mataría. El pudor, volví sobre mis propios pensamientos, yo, hablando de pudor en mis actuales condiciones, cuando de todas las palabras que existen, la que menos se me aplica, la que menos me pertenece, la que he venido perdiendo como briznas de cabello hasta quedar completamente calva en los últimos tiempos, convertida en una vieja, en una horrible y sucia vieja disfrazada de modelo, de estúpida china girl sin destino ni país de procedencia, tocada por todos, manoseada por todos, escupida por todos, lo cual obviamente no me afectaba en lo más mínimo, porque soy una chica moderna y sé que mi cuerpo existe para aprovechar sus ventajas, sus beneficios, lo que tenga que ofrecer este pobre cuerpo mío, que es distinto de mi mente y puede ser tocado, deseado, envilecido, incluso encarcelado mientras ella, la que existe en mí y alberga mis pensamientos y siento lo que yo siento, siga libre, salvaje, pura, es justamente esa, el pudor, junto a la decencia, el respeto, unas pocas migajas de autoestima y toda palabra amable que pudiera haber guardado para mí misma, todo perdido, todo manchado, todo invertido en un proyecto inverosímil que no reconocía, que no podía reconocer, que me era ajeno, que me excluía, que había emprendido con una fe infinita, sin saber muy bien adónde me conduciría, pero con una fe infinita en sus azares y paraderos, guiada más por la intuición que por la cabeza, más por la fe infinita que por sus posibles resultados, más por el corazón y una emoción parecida al amor, un calor secreto sin objetivo ni destinatario más allá de mí misma, yo que invertiría mis noches, mis días, todos mis ánimos y también mis pesadillas, yo que no pensaba ni en el bien de la empresa, ni el dinero ni en los sueldos, pero que esperaba, tal vez ilusamente, alguna retribución, alguna forma de ganancia, algo que asir como el producto de mi cuerpo, algo parecido a un hijo, quizá, que fuera enteramente mío, que solo a mí perteneciera, que pudiera palpar y acariciar como la piel del hombre que amo y que no existe, no la piel de todos ellos que vienen por mí y me poseen, sino la piel que yo deseo y que no existe, así como Duval y la piel de Duval bajo las manos de Maité ambas juntas en silencio y en las noches de lluvia, cuando logran creer que nadie las escucha y se tocan, se besan como amantes y quizá sientan amor y quizá sean felices, ellas sí, pero nosotros no, nunca nosotros, nunca yo, porque aquí el amor es para otros, para los que saben y pueden y logran atraparlo, los que abren los brazos y extienden las manos y separan los dedos y levantan el vuelo y tocan el aire, los que respiran, respiran el aire y cuando se cansan, cuando ya no quieren volar, buscan un refugio donde posar sus alas y a ese refugio le llaman casa, hogar, mi hogar, el que yo he elegido y me pertenece y es mío, aunque sea aquí en este hotel y en este pueblo donde haya encontrado finalmente los brazos que me esperan, los labios que sonríen, las alas que se pliegan y la piel que acaricio, el amor inexistente que me doy a mí misma y que nadie más podría darme. nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun)
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1:57 p. m.

excelente blog :D    



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