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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Belleza de Duval

No sé muchas cosas del pasado de Alison. Sé que no es de aquí, que vino de algún país alejado y perdido en el mapa, que habla nuestro idioma aunque su entonación es distinta, y que sus intenciones son tan misteriosas como el silencio que la rodea. Sé algo más, un detalle que ella nunca reveló, que siempre quiso ocultar de Maité y de mí, pero que a los ojos expertos de mamá resulta más que evidente: Alison está enferma. En realidad, gravemente enferma, no al borde de la muerte, pero cerca. Su enfermedad es de aquellas que permiten a su víctima llevar una vida normal en apariencia, hasta que llega el momento preciso y todo cambia. Alison no parecía ser consciente de ello, o quizá lo supiera y ocultara su miedo de nosotras, como tantas otras cosas que nunca sabremos. Era una enfermedad contagiosa, ella tenía que saberlo, y sin embargo nunca puso reparos a recibir clientes en el Scorpia. No podía ignorar que al hacerlo los estaba condenando, pero aun así lo hizo y esa frialdad despertaba mi simpatía. Odiaba a los hombres casi tanto como nosotras. Nunca se lo dije a Maité, porque la conozco y a veces le oculto cosas. Ahora que puedo mirar atrás y analizarlo todo con cierta perspectiva, creo que el silencio fue nuestra mejor estrategia: la mía y también la suya.
Cuando la conocimos, nos pareció una chiquilla vacía, insignificante, confiada, manipulable. Útil para nosotras, en otras palabras, alguien a quien sería fácil mentir y engañar durante meses, quizá años, por los siglos de los siglos, sin que nunca se diera cuenta y sin que nunca se rebelara. Acordamos que la pondríamos a trabajar en nuestra causa, la explotaríamos sin misericordia y le haríamos creer que era un favor, una dádiva generosa, hasta que al fin llegara a amarnos más allá de toda duda, de toda traición: entonces sería nuestra. Un miembro adicional, como un brazo o una pierna. Maité estaba completamente segura de que podíamos contar con su estupidez y sentirnos tranquilas, pero creo recordar, amada amiga, que nunca destacaste por tu perspicacia. Una chiquilla estúpida no mira de la forma en que Alison nos miraba. Por esa razón nunca dejé que me conociera realmente. No quería caer en sus redes como tú, querida. Preferí dejarla pensar que era una muñeca, una marioneta de Maité, y me dediqué estudiarla con cautela y desde cerca, sin temer su desconfianza. Algo que sospeché desde un primer momento es que ocultaba demasiado. Su silencio, su decisión de callarlo todo y jamás hablar de su vida anterior, sugerían algo más que una mera decisión de empezar de nuevo, que un mero deseo de olvidar el pasado y reiniciar la existencia desde cero, como dijo que venía a hacer aquí, lejos de su país, de su familia y sus amigos, quizá de hipotéticos amores fracasados sobre los que apenas tejemos conjeturas. Tal vez especule demasiado, pero estoy casi segura de que mentía. Nos mentía en lo básico, en lo simple y lo visible, y más allá no quiero aventurarme, pues lo otro, lo complejo y lo difícil, lo que dependía de las palabras que no dijo y de las historias que no contó, aún es un misterio y quizá siga siéndolo para siempre, si Alison así lo quiere.
Cuando nos cansamos de huir y decidimos sentar cabeza, Alison estuvo ahí y presenció el inicio de nuestra nueva y segunda vida. Presenció el nacimiento del Scorpia, estuvo presente cuando trajimos a las primeras chicas y participó también del inicio de nuestro triunfo, de la victoria que le arrancamos a Dios cuando menos se lo esperaba. Nos ayudó a remodelar las derruidas instalaciones del viejo hotel del centro, nos ayudó a barrer las calles repartiendo folletos y publicitando la apertura, ofreció su cuerpo y su condición de extranjera y nunca protestó ni alzó la voz ni acusó el abuso en todo ese tiempo; ahora que recuerdo, ni siquiera pronunció una sola, leve queja. Incluso las más estúpidas se quejan, todas sabemos cuando alguien nos maltrata o se aprovecha de nosotras o nos miente en nuestra cara, y llega un punto en que todas estallan, todas se quejan y todas se rebelan; esto le aprendí de mis días en la Casa. Mi experiencia con los románticos me dio una lección que guardará su utilidad hasta el final de mis días: recuerda que nadie es para siempre, que nadie es eterna; llegado un punto, todas las chicas se hartan, todas dicen basta y escapan. Pero Alison era distinta. Siempre sonreía. Nunca nos dejó entender que estuviera descontenta. En un inicio, cuando recién nos conocimos, llegamos a un acuerdo: las tres, Maité, ella y yo, seríamos socias, compartiríamos las ganancias y nos trataríamos como iguales. Como es natural, Maité no tardó en mostrar los colmillos y las cosas tomaron otro rumbo: ella era la jefa, eso estaba claro, y nosotras simples, prescindibles empleadas. Me limité a servirle de mano derecha y Alison se deslizó a la categoría de esclava. Pronto fue obvio que no recibiría un centavo. Tampoco Salvador, un chiquillo sin cerebro que recogió de la calle y que un principio participaba del acuerdo, salió mejor librado que su protectora. Alison estaba ahí, el cambio no pudo pasarle inadvertido, y sin embargo no alzó una ceja, siguió trabajando como si todo marchara perfectamente. Empecé a temer que estuviera tramando algo; me despertaba por las noches al escuchar algún ruido en el pasillo, temía que fuera ella, viniendo a cortarnos el cuello. Mis miedos nunca se cumplieron y Alison demostró ser una empleada extraordinaria. La veía recibir a los clientes, la veía atenderlos y dejarlos ir exhibiendo su sonrisa de perpetua alegría, imperturbable buen humor y conformidad a prueba de desengaños. Maité estaba feliz con ella, eso le bastaba y no sentía curiosidad por conocerla más a fondo. Yo sabía muy bien que su sonrisa era una máscara pero nunca se lo dije a Maité, porque la conozco bien y a veces le oculto cosas. Me preguntaba en secreto por la verdad de Alison, por aquello que escondía, que ocultaba con maestría bajo su persuasivo disfraz de simpatía y eficiencia. Llegué a pensar que no le interesaba el dinero. Su forma de ser monstruosa era ajena a la avaricia, a los juegos de poder, incluso a la justicia. Se acostaba con diez hombres distintos cada día y no esperaba nada a cambio. Quizá sí lo hacía y nadie se percataba. Sus ganancias no podían contabilizarse en un balance mensual, un organigrama o jerarquía. Está enferma, pensé una vez, la clave es que está enferma y cree que todos lo ignoran. ¿Le dará placer guardar el secreto? ¿Le dará placer el que todos los hombres que se acuestan con ella salgan contaminados de su habitación sin siquiera sospecharlo, que vayan a morir sin siquiera sospecharlo, que los esté asesinando sin siquiera sospecharlo, que crean usarla mientras ella los engaña sin siquiera sospecharlo? Mi Alison perfecta, mi Alison ideal, carecía de escrúpulos y actuaba con la frialdad de un animal o un demonio. Toda su retribución y todo su placer debían residir en algún episodio o alguna faceta o algún destino de su vida ignorada, que destruyó su corazón y nos la trajo así como nosotras la conocimos: bellamente devastada.
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