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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Allison en la ciudad

Ahora que lo pienso, querido Rothko, ha llegado el momento de la sinceridad: soy la chica más dichosa del mundo y también la más infeliz; la estrella más brillante de este puto cielo extranjero y también el agujero negro más profundo y seductor. En este pueblo extraño, al que he llegado hace menos de seis meses, tengo más dinero del que nunca soñé, vivo rodeada de hombres que me adoran, mis caprichos son órdenes que ni Dios podría cuestionar, y sin embargo sería capaz de cambiar mi apasionante vida porno por la maravillosa existencia anodina que dejé atrás en mi país, sin vacilar: como una estúpida modelo internacional, dejaría las pasarelas por una sola mirada amable, una fingida palabra de consuelo que no ocultara su mentira pero que al menos dejara soñar. Llegó el momento de decirlo, por más que quiera engañarme, no hay marcha atrás: cuando una persona empieza a escribir sobre su vida y se impone la meta de ser escrupulosamente honesta, es porque algo salió mal, terriblemente mal, porque en algún punto del camino tomó un atajo que la extravió y quiere regresar a casa con papá y mamá, pero el único hogar que le queda es esta tierra de crepúsculos cortos y fríos nocturnos donde nadie te conoce ni desea conocerte, donde escribes cartas que nadie leerá porque aún no consigo enseñarte el alfabeto, mi único amigo, aunque seas un artista magnífico, mucho mejor que yo en cualquier caso. ¿En qué momento dejé de ser una turista común y corriente, enviada a realizar un trabajo rápido y sin consecuencias, y me convertí en la prisionera de mis propias fuerzas extrañas, de mis fuerzas inagotables, que me trajeron hasta aquí sin preguntar mi opinión? Estoy sentada en mi lujoso penthouse de cinco estrellas, escribiendo frente a la ventana que mira sobre la plaza, y está oscureciendo de un modo extraño, del mismo modo en realidad, como si fuera la primera vez, y esto parece un círculo de nunca acabar: oscurecía así como hoy, vorazmente, sobre un páramo erizado de grama y salpicado de abruptos charcos rojos, es la única impresión que conservo de mi llegada a San Andrés; en algunos lugares del mundo mi edad me impediría comprar una cerveza, pero aquí es imposible mentir, silenciar la amargura que deparan los triunfos abrumadores: si pido un pitillo de marihuana me traerán un costal de cocaína y seguirán esperando tras la puerta por si se me antoja algo más. Yo buscaba el placer sin medida, lo buscaba desesperadamente, y ahora que lo pienso, no puedo culpar a nadie si mis deseos se hicieron realidad. (nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun - pp1).
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