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El diario de Antoine Doinel

Apuntes de un escritor francés que jamás escribió sobre Francia

Mística contemporánea

jueves, enero 27
El terreno que ocupa el colegio secundario es un triángulo equilátero cercado por una alambrada metálica; en cada una de las esquinas se alza un edificio gris de cinco pisos, y en el área central se extiende un patio de guijarros donde en otros tiempos solían oficiarse las ceremonias escolares. El taxi nos deja frente al portón de entrada, y noto que lo resguarda una pareja de vigías adolescentes perfectamente disfrazados para Halloween, con idénticas túnicas sangrientas como la que lleva Salvador. Ambos empuñan puntiagudas lanzas de madera, flameantes como antorchas de vacilante melena azulada. Apenas identifican a mi acompañante, los vigías se hacen a un lado y abren el portón para dejarnos entrar al patio, que está vacío a esta hora de la noche. Los elementos del decorado, sin embargo, ya se encuentran todos en posición: un tabladillo de madera techado por un toldo de tela negra y un conjunto de sillas plegables dispuestas frente al escenario, sobre el cual despunta un grueso tronco de madera y una soga acurrucada sobre el tabladillo. Por un instante me pregunto qué desean hacer conmigo, pero no experimento ningún temor; ya Salvador se me ha adelantado y lo sigo casi a la carrera por una senda de antorchas clavadas entre los guijarros que va culebreando entre las sombras de los árboles que circundan la alambrada hasta la pequeña entrada de uno de los edificios angulares.
- Inclina un poco la cabeza - me ordena.
La sala es un aula escolar común y corriente. Pero me extraña descubrir que han retirado todas las carpetas y en su lugar veo dispuesta una multitud de sacos negros que rebosan de frutas y hortalizas frescas, naranjas brillantes y redondas, plátanos maduros, hojas rizadas de lechuga y tomates, zanahorias, patatas abundantes, desparramadas. Contra las esquinas, arrumbada en cajas de cartón, se oculta la mercancía más valiosa: televisores importados, equipos de video, estéreos de parlantes inmensos, y una surtida variedad de apartos electrodomésticos para satisfacer los caprichos del ama de casa más exigente.
- Me siento en un mercado - le digo a Salvador.
- Habla más bajo - dice él -. Pueden escucharnos. No estás muy lejos de la verdad. ¿Ves todo esto? Son productos de contrabando. Los traen aquí y luego los distribuyen en el pueblo. No toques nada, ¿sí?
- Pero tengo hambre.
- Pues aguántate.
- Lo siento mucho. Soy la invitada de honor y me muero de hambre, dudo que alguien se moleste.
Cojo una manzana, le doy un mordisco y se la alargo a Salvador. Él observa la fruta con verdadero terror, como si fuera una bomba a punto de estallar, y se lleva las manos a la cabeza; me la arrebata con violencia y vuelve a colocarla en su lugar, volteada, para que no se vea la parte mordida en la superficie roja y lisa.
- ¿Eres imbécil? Compórtate, vendrán en cualquier momento.
- Dime algo, Salvador: ¿me crees sorda o es que acabas de insultarme?
- Sí, lo hice, pero fue por tu bien. ¿Acaso quieres terminar muerta?
- Escúchame, hijo de puta. Fue solo una manzana de mierda, ¿qué podrían hacerme? Además, son niños, ¿me crees incapaz de defenderme?
- Está bien, te pido perdón, pero quédate quieta y no hagas tonterías. Vendrán en un momento.
- Disculpas aceptadas. Pero la próxima vez te pondré de rodillas, ¿me oíste? Ahora, si no te molesta, terminaré mi aperitivo.
Antes de que pueda coger la manzana, alguien empuja la puerta y entra al salón. Es un hombre mayor de cabello gris, lleva una camisa azul y una chompa roja. Me observa con sorpresa, parpadeando tras unos gruesos anteojos dorados. Al ver a Salvador, sonríe y camina hacia él renqueando de la pierna izquierda. Estrecha su mano vigorosamente, como si quisiera felicitarlo.
- Buen trabajo - le dice -. Es perfecta.
- Si hablas de mí, muchas gracias, de veras. Pero sácame de una duda: en primer lugar, quién eres tú, y en segundo lugar, perfecta para qué.
El hombre de las gafas me escruta sin dejar de sonreír y sigue hablando con Salvador.
- Primera fila, por supuesto, escoge el asiento que quieras. Yo me ocuparé de ella, déjalo todo en mis manos.
- Gracias, muchas gracias - dice Salvador. Me guiña un ojo y sale al patio sin dar ninguna explicación.
El hombre de las gafas lo acompaña hasta la puerta, cierra con llave y lanza una risita de pavo nervioso. Viene hacia mí renqueando de la pierna izquierda y toma mis dos manos entre las suyas.
- Buenas noches, señorita, bienvenida. Disculpe la rudeza, por favor, deje que me presente. Yo solía enseñar aquí. Ahora soy el portero. Todos me llaman el Profesor. Es usted preciosa, ¿se lo habían dicho? Será perfecta para el espectáculo.
- ¿A qué espectáculo te refieres? Yo no sé nada de espectáculos. Estoy aquí para conocer a los amigos de Salvador, no para ver ningún espectáculo.
- Descuide, descuide, no tardará demasiado. Será un gran espectáculo. Todos han venido a verla y esperan ansiosos que haga su aparición. Han venido por usted, ¿entiende?, usted es la estrella del espectáculo.
- ¿Yo? No puede ser, nadie me avisó nada. Es imposible.
- Es posible, créame usted, es posible.
- Pero no sé nada de espectáculos. Ni siquiera sé de qué se trata.
- No importa, confíe en mí. Es lo de menos. La idea es que improvise.
- ¿Y qué esperan de mí? ¿Que baile, que cante, que actúe? Porque no sé hacer ninguna de las tres cosas.
- ¿Actuar? Oh, claro que no, olvídese de actuar. Tampoco tendrá que cantar o bailar, ni siquiera tendrá que decir una palabra. No tendrá que hacer nada. Usted solo confíe en mí y el espectáculo marchará a la perfección. ¿De acuerdo?
- No sé qué decir. No entiendo nada. ¿Dónde está Salvador?
- No hay nada que entender, es solo un espectáculo. Salvador está en el patio, con los otros, esperando su aparición. Espere un segundo, ¿puede ver esta venda? Es todo el vestuario que necesitaremos, ni siquiera tendrá que cambiarse de ropa. Ahora, si me hace el favor, quédese quieta mientras la preparo.
El hombre que se hace llamar Profesor ha extraído una venda negra de su bolsillo y camina hacia mí con la tira de tela colgando de sus dedos. Sigo sin comprender, pero la situación me produce curiosidad y quiero ver hasta dónde me conduce, así que no opongo resistencia cuando me pide cerrar los ojos y ata la venda alrededor de mi cabeza. La noche me envuelve de súbito y la oscuridad se llena de crujidos antes imperceptibles.
- Muy bien, perfecto. Ponga sus manos sobre mis hombros y sígame con cuidado. Yo la guiaré hasta el escenario.
Estamos en camino. Mi guía el Profesor avanza un paso y yo, obediente, doy el otro. Apenas el aire nocturno toca mi rostro, alguien chilla y una lluvia de aplausos y rugidos cae sobre nosotros. Estamos pasando entre las sillas del público, siento manos que acarician mis piernas y tratan de rasgar la minifalda, hasta que el Profesor sube unas escalerillas y nos libramos por fin del asedio invisible. Nuestros pasos crujen sobre un suelo de madera y de pronto mi guía susurra que me detenga.
- Apóyese aquí - me empuja con suavidad, y yo siento contra mi espalda la superficie dura y curva del tronco que vi sobre el tabladillo -. Ahora procederé a amarrarla y luego tendré que despedirme.
Una soga, seguro también la misma que vi a mi llegada, se tensa sobre mi pecho y aprisiona mis senos hasta casi cortarme la respiración. El estruendo del público ensordece, azota mi cabeza, se eleva y avanza como una presencia compacta, palpable, cercana, escucho tabletear un tambor, luego se une otro y otro más, llega a formarse un concierto de timbales y bongóes que percuten con sonidos huecos, templados, metálicos, produciendo un ritmo oscuro, seductor, tropical, hasta que un grito frío lanzado a pocos metros de distancia corta el bullicio como una guadaña y ordena callar a todos los presentes con rotunda, implacable efectividad. El silencio se instala súbito, como una pared de acero. El viento que viene del lago ha vuelto a silbar entre los árboles.
- En el nombre del Padre - regresa la voz -, del Hijo y del Espíritu Santo.
- Amén - corea el público.
- Oremos.
- Así sea - responden todos.
- Hermanos, esta noche estamos aquí, reunidos en presencia del Señor, para honrar su Presencia y agradecer su Bendición. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, gloria a Satán, Príncipe de las Tinieblas Eternas, y gloria al Cordero de Dios, que trae el pecado al mundo: danos hoy la guerra, nuestro Señor y Salvador, y danos el pan nuestro de cada día, por los siglos de los siglos, amén. ¡Gloria a Dios!
- ¡Bendito seas, Señor nuestro, gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu! ¡Amén!
Los tambores vuelven a redoblar, esta vez con furia mayor. Un olor extraño, un aroma a incienso y carne chamuscada, flota hasta mi nariz y amenaza con ahogarme. Esa voz, pienso, debe ser de Barzini, el líder de los niños según explicaba Salvador: una especie de sacerdote, un Castañeda en miniatura pero más ostentoso y ceremonial. Quisiera ver cómo va vestido, su atuendo debe ser notable, quizá espectacular; intento aflojar la cuerda, forcejeo para liberarme, pero me han atado las manos y no hay nada que pueda hacer. Espero que Salvador llegue a tomar las fotografías que prometió, lleva mi cámara escondida en su toga y su argumento final para convencerme de venir fue que una crónica sin documentación de las Misas Negras que celebran los niños de San Andrés resultará insuficiente, una frustrante deformación de la realidad.
- Queridos hermanos - continúa Barzini -, sean todos bienvenidos en esta noche de algarabía y celebración. Estamos aquí reunidos, en presencia de Satán Nuestro Señor, para conmemorar un aniversario más de la Sagrada Iglesia de la Oscuridad y para presentar nuestro voto de corazón por el futuro de nuestro amado pueblo, por las nuevas generaciones de los hijos de San Andrés. Quisiera aprovechar esta magna ocasión para saludar a nuestros fieles amigos, los que siempre nos acompañan, y para manifestar un abrazo entusiasta, unánime y santificador a los nuevos miembros de nuestra comunidad, aquellos que asisten a la Sagrada Misa por primera vez y abren sus corazones como una ofrenda magnífica que todos aceptamos con regocijo y amistad. Hermanos de ayer, de hoy y de siempre, quisiera expresar mi más cordial saludo a todos ustedes y quisiera pedirles, para iniciar la ceremonia, que elevemos juntos una plegaria de Salvación. Ahora nos ponemos todos de pie para alabar al cordero de Dios...
Los tambores callan una vez más y el patio se llena de murmullos reverentes. Rendida, cuando he dejado ya de forcejear, una mano desconocida palpa mi rostro y suelta el nudo de la cuerda, que cae ondulando hasta mis pies. Me veo rodeada por un círculo de velas negras, ocupando la posición estelar, atada al madero con los brazos desplegados en forma de cruz, frente a una multitud de cabezas bajas que supera fácilmente la centena, a cortos metros de un pequeño altar de piedra armado a mi derecha. No puedo girar a observarlo, pues mi cabeza continúa amarrada, pero consigo intuir las formas del sacerdote por el rabillo del ojo. En la marea de túnicas y gorros rojos, Salvador resulta irreconocible, pero a quienes sí puedo identificar y con suma claridad, pues se encuentran en primera fila, es a la misma pareja de playboys vestidos de seda azul que vi hace muy poco cenando en la plaza, en el restaurante de comida italiana: el de cabello azabache está rezando con los ojos en el piso, pero el otro, el castaño que me bautizó como Rizos de Oro, no deja de contemplarme. Es hermoso. Parece que sonríe.
- Amén, por los siglos de los siglos. Y ahora, queridos hermanos, quisiera que demos la bienvenida a una ilustre visitante, una gran amiga del pueblo y amante de todos los niños del mundo, que ha viajado largas noches para poder acompañarnos y esta aquí, en este preciso instante, con nosotros, dispuesta a abrir su corazón, abrazar la fe verdadera y sacrificar su cuerpo en nombre de Satán Nuestro Señor. A ella le doy las gracias en nombre de todos mis hermanos y pido a ustedes, por favor, un gran aplauso para la señorita, la preciosa señorita periodista: para Alison.
Cien pares de ojos me asaltan al unísono y las palmas baten, enloquecidas, febriles, vibrantes. Sin pensarlo, en un reflejo automático, intento inclinarme para agradecer el amor del público, alzar la palma de la mano como una reina de belleza, pero la soga me lo impide y me limito a picotear en el aire, como una marioneta mecánica. Los playboys de enfrente son los más rabiosos, se han puesto de pie y aplauden sin detenerse. Si quieren matarme, estoy a su merced. Mi situación actual es la más propicia a sus deseos.
- Finalmente, las Escrituras se han cumplido. Descúbrete la cabeza y sal a las calles, pueblo de San Andrés, humilde y agradecido ante esta gracia de Nuestro Señor. Ha llegado la hora de los Hijos de la Oscuridad. El amor se presenta de formas diversas y en momentos inesperados; nadie sabe cuándo aparecerá, pero tras un largo y secreto período de gestación, el amor nace, destruyendo la soledad. Sal de tu guarida, divino Baphomet, manifiesta tu poder aquí y ahora, como está prometido.
Rumor de asombro, ojos dilatados y bocas entreabiertas, manos que viajan con pavor a las cabezas y niños que caen de rodillas, un gruñido de compuertas metálicas en algún recodo de la noche, detrás de mí, en la zona invisible, y una voz inhumana, un bufido de toro o becerro invadiendo el silencio, pasos de cierto animal que arrastra cadenas, se acerca a mi cruz sin que yo pueda verlo y queda inmóvil, enorme, bestial, pesado, gruñendo, transpirando, palpitando a mis espaldas. La mano desconocida conquista otra vez mis ojos, la venda negra reinstaura la oscuridad y me encuentro, por segunda vez, perdida en la noche. Algo avanza rozando mi pierna izquierda, una lengua dura, húmeda, pegajosa, se desprende de las tinieblas y se desliza, como una larga serpiente erecta, horizontal, lustrosa, lamiendo, erizando la piel de mi pierna, proyectando su inmensa longitud hacia los fieles que observan extasiados, incrédulos: por una esquina del ojo, por debajo de la venda, se asoma monstruosa, y yo también puedo verla: gruesa como la pierna de un niño, hinchada la cabeza, el tronco firme y potente, surcado de venas azules.
- ¡Traición, traición! ¡Maldita traición, todos al suelo!
Aquello no lo vi, tuvieron que contármelo. El hombrecillo de túnica roja que gritó de esa manera se irguió de una fila trasera, caminó hacia el altar con una mano en el bolsillo, se detuvo casi al borde del tabladillo y sacó una pistola, apuntó al pecho de alguien sentado en la primera fila: la detonación se torna silbido, blancura, ceguera, el toro que me acecha tras la cruz empieza a bufar ebrio de furia y la voz del sacerdote se mezcla con los gritos, los llantos, las carreras, las sillas ruedan, las luces se apagan, los niños caen, se pisan entre sí, huyen despavoridos, yo cierro los ojos y me abandono a la marea hasta que unos brazos poderosos me arrancan de las cuerdas, me jalan de una mano y me enseñan la salida, corro sin ver nada a través de la tormenta y atrás queda el estruendo, los tambores, la locura, solo unas pisadas que se pierden en la noche, el trote regular de mi guía invisible, el chirrido regular de unos grillos solitarios y yo corriendo sin cesar en dirección hacia el silencio, escuchando mi respiración y sorprendida de estar viva, hasta que pienso en Salvador y el miedo me derrumba.
- Tranquila, estás a salvo - dice una voz dulce, femenina -. No te pasará nada. Ahora estás con nosotras.
Me dejo caer, caigo sin final sobre una tierra dura, pedregosa. Mis miembros pierden fuerza, se desprenden de mi cuerpo. Alguien, otra mano amable, retira la venda con cuidado, con delicadeza, y mis ojos se elevan hacia un cielo estrellado, pacífico, profundo, cruzado por ramas negras y hojas verdes, mecidas por un viento sereno y constante. Un rostro precioso, hermoso hasta la perfección, se desliza entre los árboles y vela por mí como un astro, tranquilo y brillante, desde las alturas: reconozco el cabello castaño, la misma mirada irónica, la misma sonrisa andrógina que antes creí hostil, amenazante, y que ahora descubro aliada, familiar, protectora.
- Descansa un poco, mi querida Rizos de Oro. Puedes dormir, Duval seguirá aquí cuando despiertes.

Diane Arbus

viernes, enero 21
Es curioso, pensé, Maité siempre decía que no era de ningún lugar y quizá tenga razón, quizá haya nacido en plena frontera de las aguas sin nombre. Qué pasaría, imaginé, si la lluvia no cesara mañana, si el pueblo se convirtiera en un lago y yo muriera ahogada en esas aguas. Entonces podría verte de nuevo, pequeño Franz, sabría de ti y de la tierra que habitas o que habitarás dentro de muy poco tiempo. Sabré que sigues vivo a pesar de mí, a pesar de todo. Dentro de mí, estaría segura de que vivimos cerca, muy cerca uno del otro, una madre y su hijo: solo tendré que concentrarme y estarás conmigo, aun cuando ya no estés o quizá por ello mismo. Algunas veces, cuando esté a punto de quedarme dormida, podré sentirte, te sentiré respirar sobre mi cara y tocar mi mano con la tuya. Dentro de poco vivirás otra vida, pero aun así podremos alcanzarnos. No existen las líneas divisorias, los muros irremontables. Me pregunto cómo lucirá la realidad allá donde irá a vivir mi niño pequeño. Sé que no puedo describirla. Quizá sea un mundo de emociones liberadas, de ideas puras o imágenes infinitas, imposible saberlo, imposible. Deben existir innumerables realidades, no solo la que podemos conocer y respirar utilizando nuestros pobres sentidos, sino un tumulto de realidades distintas proliferando unas junto a las otras. Es solo miedo y estupidez creer en los límites. No hay límites. No hay fronteras. No hay muros ni obstáculos, no para las emociones y tampoco para el pensamiento.

Belleza de Duval

miércoles, enero 19
No sé muchas cosas del pasado de Alison. Sé que no es de aquí, que vino de algún país alejado y perdido en el mapa, que habla nuestro idioma aunque su entonación es distinta, y que sus intenciones son tan misteriosas como el silencio que la rodea. Sé algo más, un detalle que ella nunca reveló, que siempre quiso ocultar de Maité y de mí, pero que a los ojos expertos de mamá resulta más que evidente: Alison está enferma. En realidad, gravemente enferma, no al borde de la muerte, pero cerca. Su enfermedad es de aquellas que permiten a su víctima llevar una vida normal en apariencia, hasta que llega el momento preciso y todo cambia. Alison no parecía ser consciente de ello, o quizá lo supiera y ocultara su miedo de nosotras, como tantas otras cosas que nunca sabremos. Era una enfermedad contagiosa, ella tenía que saberlo, y sin embargo nunca puso reparos a recibir clientes en el Scorpia. No podía ignorar que al hacerlo los estaba condenando, pero aun así lo hizo y esa frialdad despertaba mi simpatía. Odiaba a los hombres casi tanto como nosotras. Nunca se lo dije a Maité, porque la conozco y a veces le oculto cosas. Ahora que puedo mirar atrás y analizarlo todo con cierta perspectiva, creo que el silencio fue nuestra mejor estrategia: la mía y también la suya.
Cuando la conocimos, nos pareció una chiquilla vacía, insignificante, confiada, manipulable. Útil para nosotras, en otras palabras, alguien a quien sería fácil mentir y engañar durante meses, quizá años, por los siglos de los siglos, sin que nunca se diera cuenta y sin que nunca se rebelara. Acordamos que la pondríamos a trabajar en nuestra causa, la explotaríamos sin misericordia y le haríamos creer que era un favor, una dádiva generosa, hasta que al fin llegara a amarnos más allá de toda duda, de toda traición: entonces sería nuestra. Un miembro adicional, como un brazo o una pierna. Maité estaba completamente segura de que podíamos contar con su estupidez y sentirnos tranquilas, pero creo recordar, amada amiga, que nunca destacaste por tu perspicacia. Una chiquilla estúpida no mira de la forma en que Alison nos miraba. Por esa razón nunca dejé que me conociera realmente. No quería caer en sus redes como tú, querida. Preferí dejarla pensar que era una muñeca, una marioneta de Maité, y me dediqué estudiarla con cautela y desde cerca, sin temer su desconfianza. Algo que sospeché desde un primer momento es que ocultaba demasiado. Su silencio, su decisión de callarlo todo y jamás hablar de su vida anterior, sugerían algo más que una mera decisión de empezar de nuevo, que un mero deseo de olvidar el pasado y reiniciar la existencia desde cero, como dijo que venía a hacer aquí, lejos de su país, de su familia y sus amigos, quizá de hipotéticos amores fracasados sobre los que apenas tejemos conjeturas. Tal vez especule demasiado, pero estoy casi segura de que mentía. Nos mentía en lo básico, en lo simple y lo visible, y más allá no quiero aventurarme, pues lo otro, lo complejo y lo difícil, lo que dependía de las palabras que no dijo y de las historias que no contó, aún es un misterio y quizá siga siéndolo para siempre, si Alison así lo quiere.
Cuando nos cansamos de huir y decidimos sentar cabeza, Alison estuvo ahí y presenció el inicio de nuestra nueva y segunda vida. Presenció el nacimiento del Scorpia, estuvo presente cuando trajimos a las primeras chicas y participó también del inicio de nuestro triunfo, de la victoria que le arrancamos a Dios cuando menos se lo esperaba. Nos ayudó a remodelar las derruidas instalaciones del viejo hotel del centro, nos ayudó a barrer las calles repartiendo folletos y publicitando la apertura, ofreció su cuerpo y su condición de extranjera y nunca protestó ni alzó la voz ni acusó el abuso en todo ese tiempo; ahora que recuerdo, ni siquiera pronunció una sola, leve queja. Incluso las más estúpidas se quejan, todas sabemos cuando alguien nos maltrata o se aprovecha de nosotras o nos miente en nuestra cara, y llega un punto en que todas estallan, todas se quejan y todas se rebelan; esto le aprendí de mis días en la Casa. Mi experiencia con los románticos me dio una lección que guardará su utilidad hasta el final de mis días: recuerda que nadie es para siempre, que nadie es eterna; llegado un punto, todas las chicas se hartan, todas dicen basta y escapan. Pero Alison era distinta. Siempre sonreía. Nunca nos dejó entender que estuviera descontenta. En un inicio, cuando recién nos conocimos, llegamos a un acuerdo: las tres, Maité, ella y yo, seríamos socias, compartiríamos las ganancias y nos trataríamos como iguales. Como es natural, Maité no tardó en mostrar los colmillos y las cosas tomaron otro rumbo: ella era la jefa, eso estaba claro, y nosotras simples, prescindibles empleadas. Me limité a servirle de mano derecha y Alison se deslizó a la categoría de esclava. Pronto fue obvio que no recibiría un centavo. Tampoco Salvador, un chiquillo sin cerebro que recogió de la calle y que un principio participaba del acuerdo, salió mejor librado que su protectora. Alison estaba ahí, el cambio no pudo pasarle inadvertido, y sin embargo no alzó una ceja, siguió trabajando como si todo marchara perfectamente. Empecé a temer que estuviera tramando algo; me despertaba por las noches al escuchar algún ruido en el pasillo, temía que fuera ella, viniendo a cortarnos el cuello. Mis miedos nunca se cumplieron y Alison demostró ser una empleada extraordinaria. La veía recibir a los clientes, la veía atenderlos y dejarlos ir exhibiendo su sonrisa de perpetua alegría, imperturbable buen humor y conformidad a prueba de desengaños. Maité estaba feliz con ella, eso le bastaba y no sentía curiosidad por conocerla más a fondo. Yo sabía muy bien que su sonrisa era una máscara pero nunca se lo dije a Maité, porque la conozco bien y a veces le oculto cosas. Me preguntaba en secreto por la verdad de Alison, por aquello que escondía, que ocultaba con maestría bajo su persuasivo disfraz de simpatía y eficiencia. Llegué a pensar que no le interesaba el dinero. Su forma de ser monstruosa era ajena a la avaricia, a los juegos de poder, incluso a la justicia. Se acostaba con diez hombres distintos cada día y no esperaba nada a cambio. Quizá sí lo hacía y nadie se percataba. Sus ganancias no podían contabilizarse en un balance mensual, un organigrama o jerarquía. Está enferma, pensé una vez, la clave es que está enferma y cree que todos lo ignoran. ¿Le dará placer guardar el secreto? ¿Le dará placer el que todos los hombres que se acuestan con ella salgan contaminados de su habitación sin siquiera sospecharlo, que vayan a morir sin siquiera sospecharlo, que los esté asesinando sin siquiera sospecharlo, que crean usarla mientras ella los engaña sin siquiera sospecharlo? Mi Alison perfecta, mi Alison ideal, carecía de escrúpulos y actuaba con la frialdad de un animal o un demonio. Toda su retribución y todo su placer debían residir en algún episodio o alguna faceta o algún destino de su vida ignorada, que destruyó su corazón y nos la trajo así como nosotras la conocimos: bellamente devastada.

Clare Torry toma la palabra

viernes, enero 14
Ambos teníamos los ojos cerrados. No estoy segura si Salvador también, hablo por él porque prefiero pensar que fue así, ya que en caso contrario habría estado observándome sin que lo viera, estudiando mis facciones en silencio y con todo detenimiento, y el pudor me mataría. El pudor, volví sobre mis propios pensamientos, yo, hablando de pudor en mis actuales condiciones, cuando de todas las palabras que existen, la que menos se me aplica, la que menos me pertenece, la que he venido perdiendo como briznas de cabello hasta quedar completamente calva en los últimos tiempos, convertida en una vieja, en una horrible y sucia vieja disfrazada de modelo, de estúpida china girl sin destino ni país de procedencia, tocada por todos, manoseada por todos, escupida por todos, lo cual obviamente no me afectaba en lo más mínimo, porque soy una chica moderna y sé que mi cuerpo existe para aprovechar sus ventajas, sus beneficios, lo que tenga que ofrecer este pobre cuerpo mío, que es distinto de mi mente y puede ser tocado, deseado, envilecido, incluso encarcelado mientras ella, la que existe en mí y alberga mis pensamientos y siento lo que yo siento, siga libre, salvaje, pura, es justamente esa, el pudor, junto a la decencia, el respeto, unas pocas migajas de autoestima y toda palabra amable que pudiera haber guardado para mí misma, todo perdido, todo manchado, todo invertido en un proyecto inverosímil que no reconocía, que no podía reconocer, que me era ajeno, que me excluía, que había emprendido con una fe infinita, sin saber muy bien adónde me conduciría, pero con una fe infinita en sus azares y paraderos, guiada más por la intuición que por la cabeza, más por la fe infinita que por sus posibles resultados, más por el corazón y una emoción parecida al amor, un calor secreto sin objetivo ni destinatario más allá de mí misma, yo que invertiría mis noches, mis días, todos mis ánimos y también mis pesadillas, yo que no pensaba ni en el bien de la empresa, ni el dinero ni en los sueldos, pero que esperaba, tal vez ilusamente, alguna retribución, alguna forma de ganancia, algo que asir como el producto de mi cuerpo, algo parecido a un hijo, quizá, que fuera enteramente mío, que solo a mí perteneciera, que pudiera palpar y acariciar como la piel del hombre que amo y que no existe, no la piel de todos ellos que vienen por mí y me poseen, sino la piel que yo deseo y que no existe, así como Duval y la piel de Duval bajo las manos de Maité ambas juntas en silencio y en las noches de lluvia, cuando logran creer que nadie las escucha y se tocan, se besan como amantes y quizá sientan amor y quizá sean felices, ellas sí, pero nosotros no, nunca nosotros, nunca yo, porque aquí el amor es para otros, para los que saben y pueden y logran atraparlo, los que abren los brazos y extienden las manos y separan los dedos y levantan el vuelo y tocan el aire, los que respiran, respiran el aire y cuando se cansan, cuando ya no quieren volar, buscan un refugio donde posar sus alas y a ese refugio le llaman casa, hogar, mi hogar, el que yo he elegido y me pertenece y es mío, aunque sea aquí en este hotel y en este pueblo donde haya encontrado finalmente los brazos que me esperan, los labios que sonríen, las alas que se pliegan y la piel que acaricio, el amor inexistente que me doy a mí misma y que nadie más podría darme. nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun)

Resilencia al dolor

Pero faltaba demasiado para eso, si llegaba a suceder alguna vez en el futuro abierto. Ni siquiera podía decir que estuviera enferma. Las manchas de mi piel no me inquietaban, me sentía más fuerte y saludable que nunca y planeaba seguir así hasta el final de mis días. Tampoco había nadie a quien culpar; podía señalar algunos rostros, todos imprecisos, pero nunca con malicia ni venganzas en la mira. Me parecía infantil volver al pasado. No soy una persona que se defina por su historia, a ellos nunca volveré a verlos y donde estén se quedarán. Besé sus labios en las habitaciones de la memoria y les deseé la misma suerte que aguardaba para mí. En realidad, no me preocupaba; pensé en mi futuro, desdeñé todo temor con la prisa de la felicidad y adiviné que me adentraría en el dolor suave, conocido y compañero de una dolencia crónica, el recordatorio de un resfriado pertinaz o un dolor de muelas, de la que una en realidad no va a morir, porque ya solo sería posible morir con ella. nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun).

Quote de hoy: ¿dónde está el poder?

jueves, enero 13
"La elección racional en la época de la instantaneidad significa buscar gratificación evitando las consecuencias".

Letea no quiere despertar

Monsieur Reverdy es un hijo de puta, dictaminó una vez Letea y nadie vio el fuego que ardía en sus ojos amarillos. ¿Quién se acuerda de la rabia de Áyax? Me escabullí en sus narices y ni cuenta se dio, se jactaba, orgullosa, y nadie vio el fuego de sus ojos. ¿Quién se acuerda de esa neblina, del vapor de pescados y mariscos podridos que llegaba del mar y flotaba durante días sobre el colegio? Había una red, yo estoy seguro, un tejido vibrante o una ciudad de miradas curiosas y el monumento central de esa urbe atentísima era la estatua de Letea silente en su pupitre: ídolo tutelar de la promoción ese último año, ya se acaba la vaina, finalmente, yo estudiaré ingeniería, yo nada. La recuerdo, lectora tenaz de los clásicos griegos y la única estudiante capaz de desafiar a madame Vitrac, ¿No escucharon a esa estúpida dizque licenciada en literatura?, “como sabemos, Sófocles, nacido en Egina ...”, ¡inmenso desliz, bruta!, ¿Por qué desliz?, Porque Sófocles nació en Atenas, fue Platón el de Egina, ignorantes, ¿no han leído a Sófocles?

Así nos bañabas de petulancia casi todos los días, aunque a mí nunca me interesó tu erudición, Letea, solo quería saber por qué, por qué razón llevaste a Mario y no a mí, por qué me dejaste atenazado en la pesadilla de verlos juntos, no de la mano, pero cerca, demasiado cerca, alientos fundidos, casi corriendo y empujando a los niños en el patio, de espaldas la imagen, daban ganas de pegarte, te advierto, Mario, tu mamá ya viene a recogerte, no estarás en la puerta, madame Aragon ya te está llamando y adónde vas con Letea después de la clase de química, seguro a preparar el proyecto de ciencias, seguro a preparar el proyecto de ciencias, adónde quiere llevarte, los escuché, los escuchamos, oigan todos, miren a esos dos, qué parlanchines, ¿serán enamorados?, por supuesto que no, puras mentiras, ella es demasiado esnob para él, pero ¿no los ves yéndose juntos, no recogen sus cuadernos y cargan sus mochilas y desaparecen tras los arbustos de neoporo?, tras los arbustos de neoporo, tras los arbustos de neoporo, yo los seguí con el pecho muerto tras los arbustos de neoporo y los vi secretear ante la puerta cerrada del pabellón gris del laboratorio de ciencias, después Mario me contó la historia, puta madre, está loca, ¿será cierto que la vieron en la Arequipa ofreciéndose con un sostén plateado?, ella sacó un extraño fierrito retorcido que parecía un aguijón de alacrán y ¿no me crees?, si yo digo la verdad, hermano, dejaron la puerta abierta y yo los seguí de cerca y vi los tubos de ensayo sobre las mesas y los mecheros brillantes y espigados y los afiches de las paredes con los elementos y la puertita batiente y por allí entramos, yo dije tengo miedo y ella cobarde de mierda, mirada de reto, prometiste ayudarme y yo está bien, te sigo, las escalerillas de roca estaban húmedas, casi me resbalo en un líquido rojo, estragos de experimentos fallidos, ¿mercurio, algún ácido?, no sabría decirlo, estaba oscuro como una catacumba, me quedé escuchando, parlamentaban, gotas de voces punzaban la quietud como un concilio de ratones, hasta que, de repente, estalló el grito, el prolongado alarido de orangután colérico rasgando la noche y retumbando en mil ecos violentísimos mientras yo huía manoteando y me convencía a la fuerza de lo imposible y por lo que más quieras créeme, hermano, no gritó ella, no fui yo, si lo vi con mis propios ojos, Mario me agarró de los hombros y juró por su vida que allí abajo, en el depósito subterráneo del laboratorio de ciencias, hay un hombre encerrado que no se viste como nosotros y grita muy fuerte cuando lo miran.


Quédate quieto o te saco la mierda. Las manitos tiemblan inútilmente cubriendo la cara congestionada, cruzada de rasguños y moretones violáceos. Te lo advertí, amenaza Vicente y dispara un puntapié fortísimo en el estómago del niño, que ya no tiene aliento para llorar. Escupe un chorrito de sangre en su camisa blanca y se retuerce adolorido en la grama. Vicente lo observa sin piedad: Perro, tú y los demás me la pagarán, también tú. Levanta al niño apretándole el cuello, lo avienta contra la pared y le incrusta un puñetazo en el ojo antes de que caiga. El niño gime sin sonido. Tomando aire, articula una súplica: Por favor, ¿qué quieres?, ¿mi plata?. No quiero nada de ti. Rebusca en su bolsillo, extrae unas monedas y las arroja al techo. Descarga un último manotazo sobre la pequeña cabeza pelada y parte la carrera, si me encuentran aquí me expulsan.

Más tarde, durante la clase de trigonometría, su indignación no amengua. Se pregunta, iracundo, por qué el llanto fingido de los niños que llegan al colegio en la mañana engatusa con tanta facilidad a los padres de familia. Los ve todos los días y es igual: pucheros, ojitos brillosos, caritas de susto y bracitos aferrados desesperadamente al cuerpo de la madre, siempre el chantaje, el patético espectáculo repetido diariamente ante el portón. Claro, seguro que los mayores se tragaron el cuento del pequeño huérfano, del niñito indefenso que extraña el calor de mamá cuando se queda solo en la inmensidad del colegio, con sus niños grandes tan propensos a robar loncheras y sus profesores violentos tan apegados al castigo como norma. Qué gracioso, en sus épocas él también empleaba esa estrategia. Mediante rabietas perfectamente calculadas conseguía que su madre se sintiera lo suficientemente culpable como para ofrecerle consuelos nada desdeñables a cambio de moderar su conducta: si vas al colegio, te compro un muñeco a la salida, pero no llores, te lo ruego. Vicente conocía esa debilidad suya y la aprovechaba para incrementar su colección de juguetes. Si la niñez no había cambiado en los últimos tiempos, creía tener argumentos suficientes para fundamentar la existencia de una conspiración infantil facilitada por la estupidez paterna.

Los niños son asesinos en potencia, como tú. Su poder era demasiado grande, demasiado profundo, y nadie lo percibía. Detenerlos como sea, aunque haya sangre. Si solo abriesen los ojos... se había topado con una resistencia insalvable cuando intentó reclutar adeptos para su causa. Todos sus compañeros se burlaron de la idea, imbécil, qué te pasa, qué tienes con los chibolos, déjalos en paz. ¿Dejarlos en paz? Apatía, indiferencia, o peor aún, compasión, era todo lo que los niños necesitaban para adueñarse del colegio. Los veía secreteando en las esquinas, con sus ojitos relucientes de malicia y sus boquitas torcidas en un gesto espantoso. Conocía muy bien sus corazones, eran crueles, traicioneros y más oscuros que los trozos de mierda que una vez le había embutido en la boca a una niña en un estallido de furia. Lo asaltaban estos arranques siempre que, atizado por la frustración, imaginaba las posibles consecuencias del dominio de los niños y sentía la necesidad de detener la perversa maquinaria lo antes posible, un solo hombre enfrentado a la terrible realidad de un mundo controlado por bestezuelas. Sin embargo, sus precarios ataques individuales, ojos morados en el recreo, narices sangrantes a la salida, algún hueso roto si tenía suerte, no hacían mella en el núcleo de una organización que se nutría de la ignorancia para sembrar sus parásitos en el vientre de las víctimas.

Volverá. Cuando timbra la campana del recreo, un ramalazo de terror enfría su espina. Tengo que encontrarlo antes. Conociendo su naturaleza vengativa, sabe que es necesario eliminar definitivamente al renacuajo para evitar las represalias. Ahora todos vendrían contra él; ya había sucedido; terminó con la camisa rasgada; si un puñado de niños se unía en su contra, no podría defenderse. Retorciéndose las manos, recuerda brumosamente la cara, huesuda, pecosa, quizás bonita, ¿así será la tuya?; tendrá que buscarlo en el patio de primaria. Lo llevará tras los árboles y se ensañará. No hay duda en el día soleado, ya se acerca el verano, pronto saldremos de la cárcel y él se aposta a la sombra de una pared para observar el panorama: niñas juegan a la rayuela, niños bailan sus trompos, otros vuelan cometas entre el griterío y allí está el maldito: sentadito bajo la arcada, ojos resentidos y aire compungido, aún le duele la paliza. Aprieta los dientes y, decidido, cruza el patio interrumpiendo las rayuelas y repartiendo cachetadas hasta pararse delante del niño, que va elevando la vista desde sus pies hasta su cara sin reconocerlo de inmediato.
— Vengo por ti. ¡De una vez!
El niño asiente sin resistencia y se levanta en silencio. Obediente, se deja atrapar del brazo y avanza lloriqueando hacia el jardín de grama alta y tupidos arbolillos de cucarda. El follaje los oculta de los profesores; Vicente lo empuja suavemente y el niño cae a tierra. El niño se abraza a sus zapatos y los moja con lágrimas y mocos, Perdón, señor, no sé qué hice mal, le ruega por favor que lo deje ir, porque ya ahorita llegan los otros y usted piensa en su salud, ¿no es así?

Se escucha una risita extraña. Hay un peso negro, una malla de miradas acechantes colgando de las hojas. Vicente siente una punzada en la espalda y de pronto empieza la lluvia de piedras. Se acuesta en la grama con las manos sobre la cabeza, cierra los ojos deseando estar en una pesadilla y casi no siente la primera patada en los testículos, Ya está resignado, salgan todos, al ataque. Entre lágrimas temblorosas vislumbra al niño delator, está muy cerca, dice algo así como te jodiste, estás muerto, y Vicente no le calcula más de diez años.

Desnudo, cuenta sus heridas ante el espejo. Tiene un corte largo en la frente, un moretón en el pómulo y varios arañazos en el pecho, como relámpagos. Por un momento cree que es la imagen y no su cuerpo lo que sufre. Está bien, admite, se lo tiene merecido por incauto. De ahora en adelante ya no podrá andar tan descuidado, necesita un aliado que guarde sus espaldas. ¿Quién podría ser? Quizás esa chica rara que no conversa con nadie y siempre parece molesta por algo. ¿Podrá utilizar esa rabia a su favor? Mira el absceso purulento, su barriga redonda y más prominente que nunca, y se repite una vez más que a pesar de la guerra, el verdadero enemigo habita adentro. Esperar los nueve meses enteros, ver por fin el rostro de su hijo y retorcer su cuellito con dos dedos, disfrutándolo intensamente ...


Tirando los libros que dormían entre sus mantas, Letea despegó un ojo y pensó tiritando: hoy tengo cita con mi superyó. La cara negra del hombre simiesco iba dibujándose poco a poco en su mente como las manos asesinas de un hado maligno, mientras cantaba bajo el agua y decidía no ponerse la bata para bajar así, desnuda y fresca a la mesa del desayuno, con ganas de escandalizar a todos y mira qué casualidad, buenas días abuelita, buenas días Mariana, su familia vestía de blanco ese día: como una cita textual. Borregos, pensó, todos borregos o payasos, inmundos animales cómicos disfrazados con chompas lanudas, casacas abrigadoras, chalinas y mitones de seres humanos, yo quisiera ser borrego en tus manos, Áyax, pero no esa aberración de oveja con forma de madre comedida que le sirvió la leche caliente y le recordó, como si pudiera olvidarlo, que su padre había llamado anoche y la esperaba temprano en el café de siempre en Miraflores.
— Te escribí el número de cuenta — dijo entregándole un papelito —. Que se acuerde de la matrícula de Marianita, ayer me llamó la directora del colegio.

La vincha de felpa rosada le quedaba bien, por supuesto, y había pruebas innegables de fuentes diversas: aquel hombre infecto que la violó con los ojos en el microbús pareció notar la bella curvatura de su frente y cómo el cabello recogido hacia atrás despejaba su fino rostro moreno y agrandaba sus intensos ojos amarillos. Muchas veces le habían elogiado la fiereza de su mirada y ahora, aspirando jirones de neblina por la ventana abierta, ironizó sobre el desperdicio de aquellos ojos tan populares, pues no solía mirar con ellos a ningún ser viviente: las páginas no tienen ojos, pensó, ¿o será que mientras yo leía mis tragedias los héroes de Troya me espiaban admirados y luego alguno, el único que importa, se enamoró de mí creyéndome Tecmesa? Quiso jugarle una broma a la realidad y, cuando el cobrador le pidió el dinero del pasaje, ella se inclinó para susurrarle: ¿tú también me quieres?, justo antes de saltar del microbús soltando una estela de carcajadas amarillas y correr como una cérvida azul entre las bocinas chirriantes de los automóviles. Se colgó de un poste telefónico y bailó en derredor imaginando que era un falo empapelado con avisos publicitarios, luego sacó el plumón negro de su bolsillo: “Áyax está vivo”, escribió sobre el aviso, y sonrió contemplando su niñería. Áyax está vivo: ¿quién entendería el criptograma? Nadie, mejor así, cuando él venga será el único en descifrarlo. Su nueva teoría del universo le parecía bastante original, aun en sus vacíos. Por ejemplo, las condiciones de la transmigración ficcional no estaban definidas: ¿cómo podría reconocerlo cuando lo viera cuajar en un grumo de aire? La sangre rojísima en las manos, manchando el vientre, coloreando el pelo, parecía un buen indicio, aunque nada certero. Desconfiar de su imaginación era un acto cotidiano: Ingenua cartesiana, echó a reír, ¿cómo dominar a tu genio? Había hecho y desecho mil sueños en una noche, pero esta vez se sentía afortunada. Estudió una vez más la frase: Áyax está vivo, y derivó: Porque está muerto. Si los suicidas de los libros pululan por doquier, ¿cómo defenderse de un Harry Haller y su posible tentación de convertirla en Armanda? Ella no quería ser musa, era un rol muy exigente, y, además, carecía de magia. Por eso todavía estaba aquí, ¿verdad?, porque la magia es una potencia de la voluntad y hasta ahora no reunía el coraje para matarse: naturalmente, Áyax era un héroe reconocido y no una niña cobarde como ella, de ahí su deseo de conocerlo muy pronto. Áyax, como tantos otros personajes que no le interesaban, había arrojado sus armas guerreras para cruzar el umbral que comunica el mundo de los cuentos con el mundo de la sombra: la única llave es la muerte premeditada, la conciencia del otro lado. Así había escrito en su cuaderno de lógica: “La literatura es una vida que aún no prueba la muerte, y la vida es un borrador que solo vivirá con su aniquilación: ambas se tocan, como los cuerpos trenzados por el amor”. Debía confiar a ciegas en esa máxima, más que en su propia existencia y en los míseros quinientos soles que estaba obligada a sacarle a su padre esa mañana si quería pagar la cuota de su examen de admisión y cancelar la luz ese mes, resulta imposible leer con velas y además es muy romántico.

Tras el vidrio pintado con plantas artificiales, el hombre aplastó su cigarrillo y arqueó las comisuras con impaciencia. Miró su reloj: nueve y media, Ya sé que quedamos a las nueve en punto, ¿qué te cuesta esperar si igual no me ves en todo el año y ni siquiera recuerdas mi rostro desde que huiste? Yo tenía tres años, ahora tengo dieciséis y mis senos te impresionarían. Parada en la vereda frente al café, maquinaba un plan inconcebible: seducir a su padre y chantajearlo con su cuerpo, ¿lo había intentado alguna vez? Por eso se había maquillado como sus amiguitas alegres, la sombra violeta de los ojos fortalecía aun más su mirada y el rosa de sus labios carnosos invitaba al mordisco, no lo niegues, papito. Sujetaba el plumón en la mano, lo miraba satisfecha. Se agachó un momento y buscó un lugar en la acera: “¿Cuándo, Áyax, cuándo?” Era el título de una historia que había escrito en el cuaderno: ella iba de madrugada al aeropuerto y lo veía bajar del avión vestido como todo un hombre de mundo, elegante y perfumado, convenientemente enfundado en un sobrio abrigo de piel de camello. ¿Así sería? Ésa, o alguna de las múltiples posibilidades que había imaginado y escrito se cumpliría tarde o temprano: estaba segura. Nerviosa, se aclaró la garganta y ensayó con voz insinuante: ¿cómo estás, padre? Cruzó la pista. Casi la atropellan. El hombre levantó la mirada y esbozó una sonrisa débil.
— ¿Quieres un café?
— No, gracias. Desayuné temprano.
Hablaron unos veinte minutos. Cuando subió al microbús, Letea tenía un cheque por quinientos soles en la cartera y se arrepentía de haber hecho la promesa de matricularse en Contabilidad:
— Que se vaya a la mierda, estudiaré Literatura. Y si no viene a mi graduación, él se la pierde.

Buenos muchachos

miércoles, enero 12
Recuerdo perfectamente que, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un romántico. Entre las innumerables opciones que te ofrece la vida, siempre estuve convencido: no había otra para mí, fue amor a primera vista. En mi opinión, y no he visto a un chiquillo con mejor juicio que el mío, ser un romántico era infinitamente superior que ser el presidente de los Estados Unidos. Desde siempre, incluso antes de haber comprendido las razones profundas, el mayor de mis deseos fue formar parte de la organización, pertenecer al grupo, ser uno más de ellos, un romántico verdadero. Nunca quise hacer otra cosa. Si alguien me lo hubiese preguntado, yo habría respondido que ser un romántico significaba ser alguien en un vecindario lleno de pobres diablos. Los románticos no eran como los demás. Podían hacer lo que quisieran y nadie se animaba a criticarlos. Durante el verano, cuando permanecían toda la noche jugando cartas frente a la Casa de la Alegría, nadie llamaba a la policía, ni siquiera se atrevían a asomarse por la ventana, porque los respetaban. Gracias a ellos podía ir donde quisiera, comprar lo que se me antojara, y, por supuesto, tirarme a todas las perras del barrio; en fin, conocía a todo el mundo y todos me conocían a mí, pero lo más importante de todo es que nosotros, y solamente nosotros, sabíamos la verdad; para ser más exacto, la inventábamos, la prostituíamos, nos la culéabamos. ¿Qué podía importarnos que los santurrones del pueblo se machacaran el cerebro tratando de explicar la supuesta desaparición de las mujeres, que los enfermos habitantes del Barrio Prohibido se amputaran el miembro y pasearan por ahí en perfecta impunidad, ofreciendo la raja en son de paz o como forma de consuelo, si nuestros negocios se deslizaban suavemente a través de sus quejas, lloriqueos y perversiones, como una verga cortando océanos de deliciosa vaselina con sabor a victoria? Ellos, los románticos, guardaban silencio ante todo esto, pero si por casualidad veían pasar un rostro inquieto, y si el dueño de aquel rostro parecía tener dinero, nadie perdía el tiempo y la pregunta se formulaba sola: hey, ¿estás interesado?, y también oiga, teniente, escuche, soldado, ¿busca compañía, quiere divertirse esta noche? Los románticos no hacían diferencias entre sadomasoquistas, niños o sacerdotes, solo entre pobres y ricos, entre buenos clientes y basura sin crédito, cesantes sin chequera ni esperanza de coños; a mí, por lo menos, me trataban como a un adulto con plenos derechos, me encargaban trabajos reales y me dejaban manejar sus autos, a pesar de mis escasos diecisiete años. Nadie se cruzaba en mi camino, y yo, como es obvio, me sentía algo así como el rey del universo.
Quizá por esa razón siento la necesidad de pagar una deuda. Todos lo hacen, es común entre los más experimentados y nadie pregunta si está o no obligado. Cuando alguno de los chicos nuevos decide contarme la historia de su relación personal con nuestra casona, lo menos que puedo hacer es pedir dos whiskies, ofrecerle un cigarrillo - los novatos se excitan cuando ven un cigarrillo -, abrir mis recuerdos y relatar mi experiencia. El edificio donde habitamos, y esto no es un secreto para nadie, solía ser un prostíbulo de tradición reconocida en el pueblo. Sin ánimo de exagerar, podría decirse que los antiguos usos de esta vestusta casona de paredes derruidas y cañerías rotas, ubicada en el área más tugurizada del centro que algunos todavía llaman el Barrio Prohibido, llegaron a granjearle el nombre de auténtica institución, ello debido a las sabrosas anécdotas que solían relatar nuestros padres antes de la catástrofe, cuando la voluntad de contar historias no había sucumbido ante el apremio de necesidades más básicas. Aquí tenían de todo: viejas asquerosas con tetas de elefante, culos inmensos con espacio para dos o tres puños y niñitas recién escapadas de su casa de muñecas que se dejaban golpear y llamaban “papᔠal complacido cliente. La Casa de la Alegría, como se le conocía entonces, perturbó mi imaginación desde la niñez, aunque entonces solo existiera para mí como una fuente de ensoñación que transformaba mis pesadillas en puentes hacia la oscuridad: tarde en la noche, mientras mamá dormía, mi padre salía conmigo en su hermoso Cadillac negro y se sonrojaba al contar sus propias historias. Recuerdo con nostalgia particular los pálidos, gordos, húmedos muslos de una desvaída damisela nórdica que se perdía en lo oscuro de su memoria adolescente, una puta de alta categoría que le hablaba en extraños idiomas imposibles de comprender, y de todos aquellos cuentos, fragmentarios, recurrentes, detalles revelados por descuido a la curiosidad de una mente infantil, yo me valía para dotar de profundidad a las puertas siempre cerradas y a las ventanas indescifrables que me veían pasar todas las mañanas camino al colegio, sin revelar aún el misterio que lentamente he podido ir descubriendo.
Cada vez que me preguntan quién soy, me agrada percibir el desconcierto en los rostros de los recién llegados cuando me escuchan decir que soy el barquero. Mi labor consiste en realizar visitas guiadas a las instalaciones, responder preguntas básicas sobre el Movimiento y conducir a los muchachos hasta la pieza que les han asignado. Muchos se cogen de las puntas de mi camisa y se resisten a mirar a su alrededor mientras avanzamos por las callejuelas del laberinto; no me atrevo a censurar su temor, aunque debería hacerlo, pues está estipulado en el reglamento que una de mis tareas será detectar tempranamente a los cobardes y orientarlos con amabilidad a la salida más cercana; si dejo pasar esos indicios de inaptitud es por una sencilla razón, porque me recuerdan el día de mi llegada, el sobresalto que experimenté cuando mi barquero de turno señaló la escotilla del sótano y me hizo pasar a la cámara subterránea donde conservamos a las prisioneras. Ver a todas esas mujeres cautivas, algunas incluso menores que yo, casi niñas, a esos pequeños y delicados seres, a esos ángeles llenos de belleza y amor más que suficiente para aliviar las penas de todos los pobres diablos que existen sobre la tierra, vilmente encerrados en unas minúsculas celdas claustrofóbicas, privadas de luz solar, sin ductos de ventilación ni calentadores de agua para las frías madrugadas invernales, equipadas únicamente con un agujero para cagar y unas frazadas pulgosas para las noches de insomnio, en que todas se preguntarían, presas de la incertidumbre, qué hago yo aquí, qué piensan hacer conmigo, dónde estás, padre querido, madre de mi corazón, dónde te has ido, atormentadas por la crueldad del mundo en esas preciosas madrigueras de las que solo podrán salir cuando alguien vea una foto que lo encandile y afloje sus bolsillos; en fin, ver todo aquel sufrimiento me provocó una gigantesca erección y le pregunté a mi barquero si le permitían probar la carne antes de haberla vendido, crasa equivocación, pues el hombre me miró con desprecio y respondió, llanamente, que los cazadores tenían ciertos derechos. Algún rato después, ya instalado en la pieza que me ha tocado habitar hasta el día de hoy, me alegró observar que las paredes estaban empapeladas con fotos de mujeres desnudas; si mi condición de aprendiz me impedía divertirme como los cazadores, al menos podría imaginar lo contrario. No era un consuelo desdeñable: gracias a aquel tesoro facilitado liberalmente por la organización, en lo sucesivo no tendría que lidiar con los pornógrafos informales, esos halcones malditos que toman ventaja de su monopolio en el mercado sexual para imponer precios inverosímiles a sus productos. Quedé prendado de una morena de piernas largas que aparecía cabizbaja, vestida con una ligera túnica blanca, y parecía venir hacia mí a través de la imagen. La proyecté en todas las posiciones, me proyecté a mí mismo tumbado sobre un sofá, y sobre mis piernas, inclinada, abrevándose, la negra tremenda, yo mirando, por encima de su ondulante y sudorosa espalda pespunteada por la ristra dorsal, su hermoso culo moreno, redondo, cuya fina piel estaba por desgarrarse de lo tensa y apretada. Entre ambas nalgas corría la raya dotada de fresco vello oscuro; en fin, mi barquero preguntó si yo hubiese deseado ser el fotógrafo que había capturado a la apetitosa modelo en esa postura, y yo, que no venía desprevenido y conocía la naturaleza de la organización, mentí que encontraba mucho más atractiva la pura, abstracta lejanía de la imagen representada, pues de esa manera me sería posible convocar a placer, ayudado por la fantasía, cada vez que yo quisiera, a mi morena ideal, eterna, indestructible. El barquero sonrió con satisfacción y afirmó que mi respuesta era excepcional y merecía un premio por la precocidad que evidenciaba. Esa misma noche me trajeron a una muchacha de piel oscura, idéntica a la de la fotografía, que se acostó en mi cama y separó tímidamente sus rodillas. Era la primera mujer de carne y hueso que tenía realmente a mi disposición: pensé que mis sueños se habían cumplido, pero no fue así aquella noche, no todavía. Yo estaba desempacando mi maleta y no le presté mayor atención, pero cuando sentí sus manos acariciando mi cintura logré fingir, aunque con gran dificultad, que experimentaba una repugnancia invencible y le rogué amablemente que se retirase de mi habitación. Nunca más fui molestado por nadie, jamás escuché un comentario sobre mi actitud de aquella noche, pero poco después comprendí que de haber tasajeado el cuerpo de la morena como realmente deseaba, de haberlo, literalmente, destruido y vuelto a destruir para luego atragantarme con los trozos de sus órganos sangrientos, calientes, humeantes, mi permanencia en la Casa de la Alegría se hubiese visto comprometida. Todos los días expulsamos de aquí a jóvenes incautos que solo tienen ojos para sus propios deseos, o que son incapaces de ocultarlos frente a los superiores jerárquicos. Ley número uno: proteger la mercancía de todo peligro, y, sobre todo, de uno mismo.

Nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun). Luis Hernán Castañeda

Allison en la ciudad

Ahora que lo pienso, querido Rothko, ha llegado el momento de la sinceridad: soy la chica más dichosa del mundo y también la más infeliz; la estrella más brillante de este puto cielo extranjero y también el agujero negro más profundo y seductor. En este pueblo extraño, al que he llegado hace menos de seis meses, tengo más dinero del que nunca soñé, vivo rodeada de hombres que me adoran, mis caprichos son órdenes que ni Dios podría cuestionar, y sin embargo sería capaz de cambiar mi apasionante vida porno por la maravillosa existencia anodina que dejé atrás en mi país, sin vacilar: como una estúpida modelo internacional, dejaría las pasarelas por una sola mirada amable, una fingida palabra de consuelo que no ocultara su mentira pero que al menos dejara soñar. Llegó el momento de decirlo, por más que quiera engañarme, no hay marcha atrás: cuando una persona empieza a escribir sobre su vida y se impone la meta de ser escrupulosamente honesta, es porque algo salió mal, terriblemente mal, porque en algún punto del camino tomó un atajo que la extravió y quiere regresar a casa con papá y mamá, pero el único hogar que le queda es esta tierra de crepúsculos cortos y fríos nocturnos donde nadie te conoce ni desea conocerte, donde escribes cartas que nadie leerá porque aún no consigo enseñarte el alfabeto, mi único amigo, aunque seas un artista magnífico, mucho mejor que yo en cualquier caso. ¿En qué momento dejé de ser una turista común y corriente, enviada a realizar un trabajo rápido y sin consecuencias, y me convertí en la prisionera de mis propias fuerzas extrañas, de mis fuerzas inagotables, que me trajeron hasta aquí sin preguntar mi opinión? Estoy sentada en mi lujoso penthouse de cinco estrellas, escribiendo frente a la ventana que mira sobre la plaza, y está oscureciendo de un modo extraño, del mismo modo en realidad, como si fuera la primera vez, y esto parece un círculo de nunca acabar: oscurecía así como hoy, vorazmente, sobre un páramo erizado de grama y salpicado de abruptos charcos rojos, es la única impresión que conservo de mi llegada a San Andrés; en algunos lugares del mundo mi edad me impediría comprar una cerveza, pero aquí es imposible mentir, silenciar la amargura que deparan los triunfos abrumadores: si pido un pitillo de marihuana me traerán un costal de cocaína y seguirán esperando tras la puerta por si se me antoja algo más. Yo buscaba el placer sin medida, lo buscaba desesperadamente, y ahora que lo pienso, no puedo culpar a nadie si mis deseos se hicieron realidad. (nimbus2005 (set the controls for the heart of the sun - pp1).